Una semana después.
Nuestros protagonistas hicieron una pausa en su viaje para comer algo y decidir cuál sería su siguiente destino. Para ello se detuvieron en una pequeña área de descanso situada en mitad del bosque por el que estaban atravesando.
El lugar era sencillo, pero muy práctico para los viajeros. Contaba con una fuente de agua potable, un par de mesas rústicas de madera donde poder sentarse a comer, una pequeña barbacoa de piedra para cocinar lo que hiciera falta y, en el centro, un enorme mapa de Longerville incrustado en un tablón. La madera estaba desgastada por el paso de los años y por las innumerables manos de aventureros que lo habían consultado antes de continuar su camino.
Sentados alrededor de una de las mesas, los tres disfrutaban de una comida sencilla pero reconfortante: arroz blanco recién cocido acompañado de la carne de una liebre que habían cazado esa misma mañana. El aroma de la comida se mezclaba con la brisa fresca que atravesaba el bosque, creando un momento de calma antes de retomar la marcha.
Cuando terminaron de comer, recogieron sus cosas y se acercaron al gran mapa.
"Entonces, ¿qué opináis?" preguntó Marco, señalando varias rutas con el dedo. "No podemos seguir caminando sin rumbo. Necesitamos un plan para continuar nuestro viaje."
"Estoy de acuerdo." respondió Lily, flotando cerca del tablón mientras observaba el mapa. "Pasar por pueblos pequeños está bien, pero no creo que podamos encontrar a otro paladín en lugares donde apenas vive gente."
"Además," añadió Keipi, estudiando el mapa con atención, "las ciudades grandes pueden darnos más oportunidades… y también un poco de anonimato."
Durante unos minutos examinaron las distintas rutas, descartando regiones demasiado aisladas, montañas prácticamente inhabitables y aldeas perdidas en mitad de la nada. Finalmente, una ciudad llamó su atención: Lumanche.
Era conocida en toda la región por su ambiente animado, su vibrante cultura y su fama como punto de encuentro para viajeros, artistas y aventureros.
"¡Perfecto!" exclamó Lily, revoloteando emocionada. "Ciudad grande, muchos viajeros… ¡y tal vez un poco de entretenimiento!"
Marco soltó una pequeña risa. "Sabía que eso te convencería."
Con el estómago lleno y un nuevo destino en mente, el grupo retomó el camino.
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Durante su camino, fueron dejando atrás el denso y verde bosque. Poco a poco, el paisaje cambió por completo hasta transformarse en una vasta zona desértica.
Donde antes había árboles frondosos, animales y aire fresco, ahora solo quedaban rocas erosionadas, extensiones interminables de arena dorada y un calor que se volvía cada vez más insoportable.
El contraste era tan brusco que resultaba casi irreal. Aunque el paisaje se había vuelto árido y monótono, sabían que debían cruzarlo si querían llegar a su destino.
Fue a mitad del trayecto cuando los tres sintieron algo extraño.
Una peculiar anomalía de energía mágica, inestable y caótica, se acercaba rápidamente desde la distancia. Sus cuerpos reaccionaron al instante, poniéndose en alerta.
"¿Q-Qué es esto?" murmuró Lily, alarmada.
De repente, un grito de auxilio rompió el silencio del desierto.
Los tres dirigieron la mirada hacia el origen del sonido y avanzaron a toda prisa. A lo lejos, distinguieron una escena que los dejó completamente perplejos.
La voz, de tono afeminado, provenía de un joven elfo de cabello rosado y gafas que corría desesperadamente. Sobre su espalda cargaba a una mujer elfa de tez oscura y cabello rizado, aparentemente inconsciente.
Pero lo más extraño venía detrás.
Un ejército de ranas del tamaño de un humano los perseguía sin descanso. Vestían armaduras doradas con cascos y portaban largas lanzas mientras avanzaban saltando en formación.
"¡Oh, no! ¡Esos dos están en problemas!" dijo Marco, adoptando una postura ofensiva.
"¡Vamos a echarles una mano!" añadió Keipi.
Los tres salieron disparados hacia ellos tan rápido como pudieron. Sin embargo, a mitad del camino ocurrió lo peor.
El joven elfo tropezó con una roca y cayó de bruces contra la arena. La mujer que llevaba a cuestas salió despedida y rodó varios metros hacia atrás, quedando peligrosamente cerca del avance del ejército de ranas.
"¡Mierda! ¡No vamos a llegar a tiempo!" gritó Lily, angustiada.
"Sí lo haremos." respondió el monje con una sonrisa tranquila.
Priscilla, que descansaba sobre su cabeza en forma de ave, comenzó a brillar con una intensa luz azulada. En cuestión de segundos, su cuerpo se transformó en una elegante katana que Keipi sostuvo con firmeza.
Con un movimiento decidido, el monje blandió la espada.
Al instante, un enorme dragón de agua surgió de la nada con un rugido ensordecedor y se lanzó contra el ejército enemigo, arrasando de un solo golpe a la mitad de las tropas y destrozándolas en un instante.
"¡Yo me encargo del resto!" exclamó Marco, concentrando su magia.
El joven se impulsó hacia el cielo con los pies envueltos en llamas mientras alzaba ambas manos frente a él. Entre sus palmas comenzó a formarse una intensa esfera de fuego, cada vez más brillante y compacta.
Con un gesto firme, la lanzó contra los enemigos. El ataque descendió como un meteorito y estalló al impactar contra las tropas, arrasando por completo con las ranas restantes.
Cuando todo terminó, las criaturas derrotadas no dejaron cadáver alguno. Sus cuerpos comenzaron a deshacerse lentamente hasta convertirse en humo, disipándose en el aire.
Aquello confirmó lo que sospechaban: no eran seres reales, sino simples invocaciones mágicas.
Marco aterrizó en la arena y se acercó al elfo de las gafas, mientras Keipi recogía a la mujer inconsciente y la cargaba cuidadosamente sobre su espalda.
"¿Estáis bien?" preguntó nuestro protagonista.
Pero antes de que pudiera recibir una respuesta, el joven afeminado se lanzó hacia él de repente, envolviéndolo en un abrazo inesperado.
"¡Mis héroes!" sollozó emocionado. "¡Vaya par de tiarrones guapísimos que me han salvado! ¡Os amo! ¡Quiero casarme con vosotros!"
"¿Eh? ¿Qué?" murmuró Marco, completamente desconcertado.
"Jajajaja, parece que da buenos abrazos." comentó Keipi con una sonrisa despreocupada mientras observaba la escena.
"Este tío." dijo Lily al escuchar al monje.
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Más tarde.
El grupo se refugió entre un conjunto de altas rocas que ofrecían algo de sombra y protección frente al implacable sol del desierto. Allí, acomodaron a la mujer inconsciente sobre una manta improvisada mientras el joven elfo intentaba recuperar el aliento.
Tras unos segundos respirando profundamente, se incorporó y sonrió.
"Muchas gracias por echarnos una mano. Dejad que nos presentemos," dijo con un tono animado. "Yo soy Gay, y ella es Lesbiana."
Marco parpadeó varias veces, visiblemente confundido.
"Ah… eso está bien, pero… ¿cómo os llamáis?"
"Gay y Lesbiana." repitió el joven con total naturalidad.
Un breve y algo incómodo silencio se instaló en el ambiente mientras Marco trataba de procesar lo que acababa de escuchar.
"Qué nombres más divertidos, jajajaja." comentó Keipi con una pequeña risa despreocupada.
"¿No son nombres un poco… fuera de lo común?" preguntó Lily, inclinando la cabeza con curiosidad.
"Lo son," respondió Gay con una sonrisa orgullosa. "Pero también es lo que nos hace únicos. Aunque creo que lo entenderéis mejor si os cuento nuestra historia."
El elfo se acomodó sobre una roca y suspiró suavemente antes de comenzar su relato.
"Lesbiana y yo formamos parte de un pequeño grupo de cuatro personas llamado LGBT."
Los tres escuchaban con atención.
"Los cuatro somos elfos de un pequeño pueblo de Longerville," continuó. "Un lugar precioso… pero también cruel. Allí, cualquier elfo que no siga la heteronormatividad es repudiado y apartado de la comunidad. El modelo de familia tradicional es prácticamente una ley no escrita entre nuestra especie, y quienes nos desviamos de ese camino somos tratados como si fuéramos una amenaza."
"Eso es horrible." murmuró Marco, claramente afectado.
"Sí…" añadió Keipi con tono grave. "He leído sobre algo así en los libros del templo. Los elfos se consideran una raza en declive, y su obsesión por preservar su linaje ha terminado volviéndolos intolerantes hacia cualquier forma de vida que no encaje con su visión."
"Exacto." asintió Gay. "Por eso los cuatro decidimos hacer algo simbólico. Dejamos atrás los nombres que nos habían dado nuestras familias… y adoptamos aquellos con los que siempre nos habían atacado."
Sonrió con cierta amargura.
"Las mismas etiquetas que usaban para despreciarnos."
"¿Y quiénes son los otros dos miembros?" preguntó Lily.
"La líder de nuestro grupo, Transexual, y nuestro amigo Bisexual." respondió Gay. "Antes de que partiéramos, el abuelo de Transexual —la única persona del pueblo que nos apoyaba— nos regaló unas pequeñas llaves amarillas. Dijo que simbolizaban nuestra unión… y que algún día serían importantes."
El elfo miró al suelo durante un instante. "Desde entonces se convirtieron en el símbolo de nuestra amistad."
"Qué historia tan conmovedora." comentó Keipi con suavidad.
En ese momento, la mujer comenzó a moverse ligeramente. Poco a poco abrió los ojos y se incorporó con esfuerzo. Vestía un peto vaquero algo desgastado por el viaje. Se llevó una mano a la cabeza antes de mirar a su alrededor y entender la situación.
"¿Y esta gente?" preguntó la elfa, aún algo aturdida.
"Son unos chicos monísimos que nos han salvado de esas ranitas malvadas." respondió Gay con una amplia sonrisa.
"Gra-Gracias por ayudarnos…" añadió ella con voz ronca, todavía recuperándose.
"Es lo menos que podíamos hacer," respondió Marco. "Pero… ¿qué hacíais en un lugar tan peligroso? ¿Y dónde están vuestros otros dos compañeros?"
Los dos elfos intercambiaron una mirada nerviosa antes de que Gay decidiera hablar.
"Bueno… estábamos buscando un lugar donde pasar la noche. En el desierto hace muchísimo frío cuando se pone el sol."
"Sí," añadió Lesbiana. "Vimos un castillo a lo lejos y pensamos que podríamos refugiarnos allí."
"¿Un castillo en medio del desierto?" preguntó Lily, arqueando una ceja.
"Así es. Pero lo que no sabíamos era que pertenecía a una anciana con muy mala hostia… que, encima, tenía una pierna de hueso." explicó Gay.
Keipi frunció el ceño al instante. "¿Baba Yagá?"
"¿Quién es Baba… Baba eso que has dicho?" preguntó Lily, curiosa.
El monje tomó aire antes de responder.
"Es una bruja legendaria conocida por su extraordinaria longevidad. Hace siglos trabajó como una especie de arma al servicio del gobierno general. Sin embargo, se retiró hace mucho tiempo para vivir en aislamiento. Según cuentan, construyó un castillo con su propia magia y decidió apartarse del mundo… aquí, en este desierto."
Marco suspiró y se cruzó de brazos.
"Así que… básicamente invadisteis la propiedad privada de una bruja semiinmortal."
"¡Fue sin querer!" se defendió Lesbiana levantando las manos rápidamente. "¡Solo queríamos un sitio donde pasar la noche! ¡Lo super prometemos!"
"Baba Yagá nos atacó nada más vernos," continuó Gay. "Y terminó capturando a Transexual y Bisexual."
Bajó la mirada, visiblemente afectado.
"Nosotros intentamos escapar para buscar ayuda, pero entonces invocó esas malditas ranas. Nos persiguieron durante todo el camino. Yo apenas tuve tiempo de cargar con Lesbiana —que quedó inconsciente— y salir corriendo."
"Entiendo…" murmuró Marco mientras se rascaba la barbilla pensativo.
Lesbiana miró al grupo con expresión suplicante.
"Necesitamos vuestra ayuda. No podemos dejar a nuestros amigos allí… ¡por favor!"
Los tres protagonistas intercambiaron miradas durante unos segundos.
"Bueno…" dijo finalmente Keipi con tono reflexivo. "Si hablamos con Baba Yagá con respeto, quizá podamos negociar con ella y echarles una mano."
"Es una posibilidad." añadió Marco. "No me sentiría bien ignorando su situación."
Los dos elfos reaccionaron al instante.
"¡Gracias! ¡Super mil gracias!" exclamaron mientras abrazaban a sus salvadores con entusiasmo.
"Bueno, bueno… calma." rió Marco, intentando liberarse del abrazo.
Lily flotó unos metros hacia delante, señalando el horizonte del desierto.
"Pues no perdamos tiempo. Cuanto antes vayamos, antes sabremos en qué lío nos estamos metiendo."
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Tras casi media hora caminando bajo el sol abrasador del desierto, esquivando dunas traicioneras y observando algún que otro estepicursor rodar perezosamente por el terreno, el grupo finalmente alcanzó su destino.
Ante ellos se alzaba un imponente castillo.
Sus paredes, de un negro azabache profundo, reflejaban débilmente la luz del sol, como si la piedra absorbiera el calor y la propia luz que caía sobre ella. Aquella presencia oscura contrastaba con el dorado infinito del desierto que lo rodeaba.
La entrada estaba custodiada por dos enormes puertas de roble macizo, adornadas con intrincadas tallas de figuras retorcidas y símbolos difíciles de descifrar. Las pesadas bisagras de hierro, cubiertas de óxido, parecían haber soportado siglos de silencio.
Keipi avanzó unos pasos, decidido pero manteniendo una actitud respetuosa. Se detuvo frente a las puertas y golpeó suavemente con los nudillos. El sonido produjo un eco grave que se extendió por el interior del castillo, resonando como si el edificio estuviera casi vacío.
"Disculpen," dijo con voz clara y educada. "¿Hay alguien en casa?"
El grupo aguardó en silencio. Sus miradas permanecían fijas en la enorme puerta mientras una brisa caliente levantaba pequeñas nubes de arena a su alrededor. Durante unos segundos no hubo respuesta.
Solo el susurro del viento atravesando las dunas… y el crujido distante de un estepicursor atrapado en alguna grieta cercana.
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Interior del castillo.
En lo más profundo del castillo, en una cámara oscura iluminada únicamente por la tenue luz verdosa de una bola de cristal, la anciana Baba Yagá observaba con una sonrisa torcida a los intrusos que acababan de llegar a su puerta.
Sus dedos huesudos tamborileaban lentamente sobre el bastón de oro que sujetaba con firmeza, mientras su largo cabello blanco y desordenado se movía suavemente, como si estuviera vivo.
"Jajaja… Parece que esos dos elfos descarriados han traído refuerzos." murmuró con un tono cargado de retorcido placer. "Pero no importa… Esta vez mis trampas están más que preparadas."
Con un movimiento brusco, golpeó el suelo con su bastón. El eco resonó por toda la cámara y de las sombras emergieron dos figuras de aspecto amenazante.
"¡Fisher! ¡Wolf! ¡A vuestras posiciones!" ordenó la bruja con voz autoritaria.
"¡Sí, mi señora!" respondieron al unísono antes de inclinar la cabeza y desaparecer nuevamente entre las sombras del castillo.
Baba Yagá se giró entonces hacia un rincón de la estancia.
Allí, encadenados a una fría pared de piedra, se encontraban los dos elfos capturados. Sus armas habían sido confiscadas y sus ropas reducidas al mínimo, una clara humillación destinada a quebrar su orgullo… aunque ninguno de los dos parecía dispuesto a rendirse.
"Y vosotros dos…" dijo la bruja, señalándolos con la punta de su bastón.
La mujer de cabello rosado, Transexual, levantó la mirada con una expresión desafiante. A pesar de las heridas visibles en su rostro, sus ojos seguían llenos de determinación.
"Seréis los espectadores de la tremenda paliza que mis aliados van a darle a esos entrometidos que han venido a rescataros." continuó Baba Yagá con una sonrisa cruel.
Transexual escupió ligeramente a un lado antes de responder.
"Ya veremos, vieja de mierda. ¡Nuestros compis son los mejores huyendo y saliéndose con la suya!"
"¡Cállate, insolente!" rugió la bruja, golpeando el suelo con su bastón.
Un destello dorado iluminó la sala y una descarga eléctrica recorrió las cadenas, arrancando un quejido de dolor a los prisioneros.
Aun así, el hombre de cabello castaño y barba, Bisexual, esbozó una sonrisa sarcástica.
"Ah, claro… La gran Baba Yagá necesita toda una trampa elaborada para enfrentarse a un grupo de viajeros cansados." comentó con ironía. "Muy impresionante."
Los ojos de la bruja se entrecerraron. Durante unos segundos, el silencio llenó la cámara… hasta que la anciana comenzó a reír entre dientes.
"Habláis demasiado para la situación en la que os encontráis." siseó. "Pero no os preocupéis… pronto veremos quién ríe el último."
Sus dedos huesudos acariciaron lentamente el bastón de oro mientras volvía a dirigir la mirada hacia la bola de cristal. En ella se reflejaba la imagen del grupo frente a las puertas del castillo.
"No permitiré que nadie me arrebate este bastón…" murmuró con una avaricia enfermiza en la voz. "Es mío por derecho."
Su sonrisa se ensanchó. "Ahora… que pasen."
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Exterior del castillo.
Tras más de un minuto sin recibir respuesta, Marco volvió a golpear la puerta, esta vez con algo más de fuerza.
Un crujido pesado resonó en el aire. De repente, los enormes portones de roble comenzaron a abrirse lentamente por sí solos, acompañados por el quejido metálico de sus viejas bisagras.
El grupo intercambió miradas llenas de incertidumbre. No había nadie al otro lado para recibirlos.
"Esto no me da buena espina…" murmuró Keipi.
"¿Y si simplemente entramos, hacemos lo que vinimos a hacer y salimos rápido?" sugirió Lily, revoloteando sobre el hombro de Marco con cierta inquietud.
Con cautela, avanzaron juntos y cruzaron el umbral del castillo. Lo que encontraron al otro lado los dejó momentáneamente sin palabras.
El recibidor era enorme y sorprendentemente lujoso. Una decoración de estilo gótico dominaba toda la estancia, combinando elegancia y misterio. Gigantescos cuadros adornaban las paredes, cada uno retratando figuras mágicas importantes de la historia de Pythiria, todos enmarcados en oro macizo que brillaba tenuemente bajo la iluminación.
Las columnas negras, talladas con intrincados patrones de horror vacui, se alzaban hasta sostener un techo abovedado cubierto de frescos. Algunas de las figuras pintadas parecían moverse ligeramente cuando las mirabas de reojo, como si la propia magia impregnara cada rincón del lugar.
El ambiente estaba cargado de una energía extraña: elegante, fascinante… y al mismo tiempo opresiva.
"Increíble…" murmuró Marco mientras sus ojos recorrían cada detalle.
"Esta anciana no solo es poderosa… ¡también está forrada hasta las orejas!" añadió Lily.
"Para alguien que vive en medio del desierto, esto es… demasiado." comentó Lesbiana.
El grupo comenzó a avanzar por una enorme alfombra morada bordada con delicados patrones dorados, que cubría gran parte del suelo de baldosas negras pulidas.
Durante unos segundos, todo parecía demasiado tranquilo. Entonces ocurrió, un sonido profundo y metálico resonó bajo sus pies.
"¿Qué es ese ruido?" preguntó Gay, frunciendo el ceño.
Antes de que nadie pudiera responder, el suelo se abrió de golpe. Las baldosas se separaron como una mandíbula gigantesca, revelando un vacío oscuro bajo ellos.
"¡Era una trampa!" gritó Marco mientras todos comenzaban a caer.
"¡Oh, mierda!" exclamó Lesbiana.
Keipi, al mirar hacia abajo, abrió los ojos al comprender lo que estaba viendo.
"¡Chicos, esos son portales de teletransportación!" gritó señalando el fondo del abismo. "¡Si nos separamos podría ser muy difícil volver a encontrarnos! ¡Agarraos a alguien!"
En medio del caos, Gay logró aferrarse a la pierna de Keipi mientras caían.
Al mismo tiempo, Lesbiana se agarró con fuerza al torso de Marco.
Lily revoloteó frenéticamente en el aire y consiguió posarse en el hombro del emperador justo antes de que todos fueran absorbidos por distintos portales luminosos que brillaban en la oscuridad..
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Cocina del castillo.
Marco, Lily y Lesbiana aterrizaron con un golpe seco sobre una superficie dura y fría.
"Ugh… ¿Todos estáis bien?" preguntó Marco, llevándose una mano a la cabeza mientras se incorporaba lentamente.
"Sí… Lo siento si te he aplastado…" comentó Lesbiana mientras se levantaba con una pequeña sonrisa avergonzada.
"Y yo también estoy bien." añadió Lily, revoloteando tranquilamente alrededor de la estancia.
Cuando por fin se pusieron en pie del todo, se dieron cuenta del lugar en el que habían caído.
Era una cocina gigantesca.
Los muebles estaban tallados en mármol blanco reluciente, y el suelo de madera estaba tan pulido que reflejaba la luz de las lámparas como si fuera un espejo. Cada rincón del lugar desprendía lujo: utensilios de cocina hechos de oro, enormes ollas de cobre perfectamente alineadas y alacenas decoradas con intrincados diseños mágicos grabados en la madera.
"Esto es… apabullante." dijo Lesbiana mientras observaba maravillada las riquezas que los rodeaban.
"Sí, muy bonito, pero no tenemos tiempo para admirar la decoración. Tenemos que encontrar a Keipi y a tu compañero." respondió Marco mientras comenzaba a caminar hacia el otro extremo de la sala.
De repente, se detuvo.
"Un momento…" murmuró, mirando a su alrededor con creciente inquietud.
"¿Qué pasa?" preguntó Lily mientras curioseaba una alacena llena de frascos con especias mágicas de colores imposibles.
"No hay puertas… ni ventanas." señaló Marco.
Antes de que pudieran asimilar la situación, una voz grave y amenazante retumbó en toda la sala.
"¡Pues claro que no hay salida! ¡No podréis escapar de aquí hasta que yo, Wolf, os dé vuestro merecido! O, en el mejor de vuestros sueños… ¡hasta que logréis derrotarme!"
Una figura musculosa emergió lentamente de las sombras del fondo de la cocina.
Era un enorme hombre lobo de pelaje castaño oscuro, con ojos amarillos que brillaban con ferocidad. Sus largas garras se extendían amenazadoramente desde sus manos mientras avanzaba con paso pesado. Un gruñido profundo vibraba en su garganta.
"¡Guardia personal de Baba Yagá, el homúnculo Wolf, listo para castigar a los ladrones!" rugió mientras adoptaba una postura de combate.
Marco dio un paso al frente casi por instinto.
"¿Qué está pasando aquí?" preguntó Lesbiana intentando mantener la calma.
"Estáis en mi terreno ahora…" respondió Wolf mostrando una sonrisa llena de colmillos. "Y no saldréis con vida si no sois dignos."
Lily flotó cerca del hombro de nuestro protagonista y susurró en voz baja: "Esto no pinta bien… Ten cuidado."
"Lo sé." respondió Marco mientras adoptaba una postura ofensiva.
Continuará…
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