Varios años, atrás. Akitazawa.
El festival de veneración a los Kami había comenzado, y todas las ciudades y pueblos del país oriental rebosaban de vida. Las calles estaban abarrotadas de turistas y habitantes que, por una vez, dejaban a un lado la rigidez de sus costumbres para entregarse a la celebración.
Los templos abrían sus puertas engalanados con telas y farolillos, los mercaderes alzaban sus puestos decorados con cintas doradas y la música tradicional resonaba en cada esquina, mezclándose con risas, conversaciones y el estruendo lejano de los fuegos artificiales.