Las tres torres conversas.
Las instalaciones se alzaban como una estructura imposible en mitad del complejo: tres torres blancas, estilizadas y perfectamente simétricas, de las que nacía un pasillo desde cada una de ellas. Los tres corredores, suspendidos en el aire y protegidos por paneles translúcidos, convergían en una enorme cúpula central.
Allí, en el corazón de todo, se encontraba el laboratorio de Monday. El interior era completamente blanco, casi cegador, como si la luz brotara de las propias paredes. Cientos de dispositivos tecnológicos colgaban suspendidos a distintas alturas: pantallas holográficas, controladores remotos, brazos mecánicos plegados, cables luminosos que serpenteaban como raíces artificiales y cápsulas de energía que emitían un zumbido constante. Era un santuario de ciencia y control absoluto.