Esa misma tarde, el grupo se reunió en la casa que el gobierno de Sylvapura les había cedido como alojamiento temporal. El lugar, amplio y cálido, contrastaba con el peso de las noticias que Marco estaba a punto de compartir.
Sentados alrededor del salón, entre sofás y sillas improvisadas, todos escucharon cómo nuestro protagonista les confesaba que había revelado su secreto a Draco. La reacción fue inmediata: sorpresa, miradas cruzadas y un silencio denso que se apoderó de la estancia.
"¿Y realmente confías en él?" preguntó Ryan, rompiendo finalmente el silencio, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
"No es que confíe o no." respondió Marco. "Es solo... que creo que ya es hora de dejar de ocultar las cosas. Viendo cómo está el mundo... ya no me puedo quedar atrás."
"¿A qué te refieres con eso?" preguntó Keipi, inclinándose ligeramente hacia delante, atento a cada palabra.
"¿No quieres seguir ocultando que eres el emperador?" dijo Lily, revoloteando a su alrededor con curiosidad, observándole fijamente.
"Algo así..." asintió Marco. "Quiero que la gente como Draco sepa la verdad. Que exista un emperador que quiere solucionar los problemas del mundo, pero que hasta que no llegue a la cima... no podré lograrlo. Quizá así podamos evitar más conflictos bélicos entre naciones tan innecesarios como este." explicaba con calma, aunque su voz dejaba entrever el peso de aquella decisión.
"Bueno, no es mala idea, en verdad." dijo Ashley, tirada despreocupadamente en uno de los sofás, aunque con una sonrisa pensativa.
"Pues no." añadió Nathalie mientras sacaba una cerveza fría de la nevera, apoyándose después en el marco de la cocina. "Al menos suena más honesto que seguir moviéndose entre mentiras."
"¿Y cómo pretendes hacer llegar a todos ese mensaje, Marco?" le preguntó Gretel con genuina curiosidad, ajustándose las gafas.
"Eso... no parece una hazaña nada fácil." añadió Nicole, cruzándose de brazos con gesto serio.
Marco guardó silencio durante unos segundos. Cruzó las manos y se acomodó mejor en el sillón, clavando la mirada en un punto fijo del suelo, como si ya estuviera viendo el futuro que pretendía construir.
"Yo... tengo una idea." dijo finalmente, con determinación. "Mi idea es..."
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Der Fliegende.
Aquel castillo blanco que flotaba en la inmensidad del mar era completamente enorme. Suspendido en el agua como si desafiara a la lógica, su silueta se recortaba contra el cielo con una solemnidad inquietante.
Una elevada muralla lo rodeaba por completo, reforzada con estructuras metálicas y sellos mágicos visibles incluso desde lejos. En su interior se extendía un enorme edificio principal, vasto y laberíntico, del que emergía una gran torre central que dominaba todo el complejo.
Alrededor de esta, numerosas torres secundarias se alzaban esparcidas por el interior de la muralla, conectadas por pasarelas y estructuras aéreas, formando una auténtica fortaleza inexpugnable. En la azotea de la torre central se encontraba la zona de ejecución: un lugar expuesto, pensado para ser visto desde cualquier punto del Der Fliegende… y del mundo.
Fue allí donde la aeronave gubernamental aterrizó con un estruendo metálico. Las escaleras descendieron lentamente y el primero en bajar fue Bucanor, caminando con absoluta seguridad. Tras él descendieron dos guardas que arrastraban a Theo, completamente esposado: ojos vendados, manos encadenadas y un collar metálico alrededor del cuello del que tiraban para obligarlo a avanzar. Cada paso era torpe, desorientado, humillante.
Tras el portador de la deidad descendieron los Tottengräber, uno a uno, como presencias ominosas que parecían devorar el aire a su alrededor. Su sola llegada hizo que el ambiente se volviera más pesado, más frío.
Bucanor se acercó al pequeño y, sin decir palabra, le arrancó la venda de los ojos. La luz lo golpeó de inmediato, obligándolo a parpadear mientras intentaba comprender dónde se encontraba. Su mirada terminó clavándose en la enorme guillotina que se alzaba en la azotea, afilada, imponente, aguardando paciente a cumplir su función dentro de tres días. Justo detrás de ella, un gigantesco mástil ondeaba una colosal bandera del gobierno imperial, como si vigilara cada respiración.
"Bienvenido a mi hogar, el Der Fliegende." dijo el líder con una sonrisa, arrojando al suelo la cinta que le había quitado.
Theo tragó saliva, sintiendo cómo el miedo le atenazaba el pecho. Entonces, León —el número I— le propinó una patada en la espalda que lo lanzó contra el suelo sin miramientos.
"Sé educado y responde a nuestro capitán." dijo aquel hombre de mirada seria, sin rastro de emoción.
"¿Y-y si no quiero? ¿Me matarás?" se burló Theo, forzando una sonrisa temblorosa, sabiendo que no podían hacerle casi nada hasta el día de la ejecución.
León no pronunció palabra. Se agachó frente al pequeño, le sujetó el mentón con la mano izquierda y alzó su rostro sin delicadeza. Luego introdujo dos dedos de la mano derecha en su boca y, al instante, tiró hacia atrás. Una pequeña porción de agua fue arrancada directamente del interior del cuerpo del portador.
"¡GAGH! ¡Mi cuerpo! ¡S-se siente muy seco!" gritó el pequeño, jadeando, con los labios cuarteados y la garganta ardiendo.
"Soy un mago de agua. Puedo extraerla de tu cuerpo así de fácil y hacerte sufrir estos tres días experimentando una sed extrema." dijo León con absoluta tiranía.
Theo tosía, incapaz de responder. Su cuerpo temblaba, débil, traicionado por la falta repentina de agua.
"Ya está bien, León. Devuélvele eso." ordenó Bucanor con calma.
"Sí, señor." respondió él, volviendo a introducir los dedos en su boca y devolviéndole el agua robada.
"Regresemos al interior. Que los guardas lo lleven a su prisión correspondiente." dijo Bucanor, dándose la vuelta y avanzando hacia la entrada al castillo del Der Fliegende.
León y Rin lo siguieron sin mediar palabra, dejando atrás el caos. Theo permaneció unos segundos en el suelo, recuperando el aliento mientras su cuerpo volvía lentamente a la normalidad. Alzó la cabeza entonces y quedó sorprendido al ver a un hombre dormido que se desplazaba flotando sobre una alfombra. Aquel era Somnus.
Tras el dormilón pasaron Stracciatella, que se reía de él señalándolo sin pudor; Remlin y Marson, que caminaban charlando despreocupadamente; y Sergiv, que avanzaba con las manos en los bolsillos, mirando al cielo como si nada de aquello tuviera importancia.
"Mierda..." pensaba el portador, imaginando lo que le esperaba en aquel lugar.
Los guardas tiraron de la cadena de su cuello para levantarlo, pero el pequeño apenas pudo sostenerse y cayó de nuevo al suelo.
"¡EH!" gritó Monday, visiblemente enfurecida. "Que sea un prisionero condenado a muerte no os da derecho a tratarlo como basura. Llevadle con cuidado."
"Sí, señora número III." respondieron ambos de inmediato, ayudando a Theo a incorporarse como lo harían con cualquier otra persona.
"Gra-gracias..." dijo el pequeño, mirándola con sincero agradecimiento.
"Nada." sonrió ella.
Cuando Theo se alejó y dejó de mirarla, la sonrisa de Monday se desvaneció, dando paso a un gesto apenado.
"¿Por qué vamos a ejecutar a un niño inocente?" pensaba, tragando saliva, como si supiera, en lo más profundo, que todo aquello era una terrible equivocación.
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A la noche, edificio principal del Der Fliegende.
La luz de la luna se colaba por la ventana del cuarto de Monday, bañando las paredes con un resplandor pálido y silencioso. Ella daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. El cansancio pesaba sobre su cuerpo, pero su mente se negaba a apagarse. Finalmente, harta de intentarlo, dio una fuerte patada a las sábanas y se incorporó de golpe, respirando con fastidio mientras se sentaba al borde del colchón.
Tomó su bata para no salir al pasillo en pijama y se calzó las zapatillas con movimientos torpes. Necesitaba airearse, despejar la cabeza, sentir el frío nocturno en la piel para calmar el nudo que le oprimía el pecho.
Atravesó los pasillos silenciosos hasta llegar a la cocina. Se sirvió un vaso de agua fresca y lo bebió de un solo trago. El líquido bajó por su garganta, pero no logró aliviar del todo su inquietud. Volvió a llenar el vaso y, sin pensarlo demasiado, salió hacia el patio interior del edificio principal.
Allí se detuvo en seco.
Rin estaba sentada cerca de una de las paredes, afilando su espada con movimientos lentos y precisos, mientras tarareaba una canción de cuna en voz baja. El sonido metálico del filo contrastaba con la melodía suave, creando una escena inquietante. A pocos metros de ella, Remlin, el joven hombre-cabra, dormía plácidamente sobre el césped, completamente relajado, como si aquella sonata lo hubiese arrullado.
"¿No puedes dormir?" preguntó Rin sin levantar la vista, al notar su presencia.
"Veo que me conoces bien." respondió Monday, acercándose despacio.
"Te conozco demasiado." replicó Rin con frialdad. "Y ahora, seguramente me obligues a escuchar tus problemas sin que yo quiera hacerlo. Así que, si vas a hacerlo, sé rápida." añadió, usando un trozo de algodón para limpiar las manchas de sangre seca del filo de Caléndula.
Monday tragó saliva antes de hablar.
"¿Es necesario ejecutar a este pequeño niño solamente por ser un portador?" preguntó. "¿No podemos, aunque sea, pasarle la deidad a un asesino en serie o algo así?"
"¿Qué importa?" respondió Rin sin emoción.
"¿Cómo que qué importa? ¡Es un niño pequeño!" replicó Monday, alzando la voz.
"Por eso." Rin alzó por fin la mirada, clavándola en ella. "¿Qué cojones te importa? No es alguien que conozcas, no es un ser al que tengas aprecio y, además, tu trabajo es ejecutar a cualquiera. Da igual si la situación es turbia y estamos a punto de matar a un inocente. Son órdenes y hay que cumplirlas."
"Lo sé, pero..." murmuró Monday, incapaz de terminar la frase.
De pronto, un dolor insoportable atravesó su pecho.
Monday sintió como si una espada invisible le perforara el corazón. Cayó de rodillas al suelo, soltando el vaso de agua, que se rebotó al estrellarse contra el césped.
Con dificultad, se llevó la mano al pecho… pero no había sangre. No había herida. Su compañera ni siquiera se había movido; seguía limpiando su espada con absoluta calma.
Aquello no había sido un ataque físico.
Fue un escalofrío provocado por la pura sed de sangre de Rin, una amenaza tan real que su cuerpo la había sentido como una muerte segura.
"¿Has notado lo que te pasaría si sigues preguntándote tanto las cosas, no?" le dijo la espadachina con voz baja.
"S-Sí..." respondió, temblando.
"Monday, ¿cuál es tu trabajo aquí?"
"Ejecutar a los culpables."
"Y eso es lo que vamos a hacer." Rin alzó ligeramente el tono. "Así que… si te opones, pienso matarte de la manera más cruel posible, ¿Has entendido?"
En medio de aquella tensión asfixiante, Remlin se removió en sueños.
"Quiero mucho algodón de azúcar..." murmuró, con una burbuja de moco inflándose y desinflándose en su nariz.
Monday apretó los dientes.
"No te preocupes..." dijo finalmente, con la voz rota pero firme. "No haré ninguna locura. Ese niño… morirá." Sus palabras dolían, pero la decisión ya estaba tomada.
"Recuerda una cosa, tetona de la tecnología." añadió Rin mientras se ponía en pie. "Todos los Tottengräber somos asesinos a los que el gobierno imperial nos ha dado una segunda oportunidad. Y eso significa… que tú también tienes las manos manchadas de sangre. Así que ahora no empieces a volverte una pija de cuidado pretendiendo olvidar a las víctimas a las que les arrebataste la vida."
"S-Sí..." respondió Monday, sin levantar la vista.
Rin enfundó su espada y se marchó lentamente del patio.
"Ahora a descansar, que ya es tarde." dijo antes de desaparecer.
Monday permaneció allí unos segundos más. Luego alzó la mirada hacia una de las ventanas del edificio, aquella tras la que sabía que se encontraba la prisión de Theo.
"Lo siento, pequeño..." susurró. "Pero… tienen razón. Seas inocente o no, no queda otra que ejecutarte."
Continuará…
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