martes, 3 de febrero de 2026

Ch. 306 - El peso del movimiento

Al día siguiente.

Esa misma mañana, poco después de desayunar, Marco, Nathalie, Kanu y Sherezade abandonaron Sylvapura sin llamar demasiado la atención. La princesa trazó los vectores en el aire con un gesto preciso, y las flechas de energía se materializaron bajo sus pies, elevándolos con suavidad antes de lanzarlos hacia el horizonte. 

Su objetivo era claro: Luore. Necesitaban encontrar uno de los trenes mágicos que aún permaneciera utilizable y llevarlo de vuelta a la ciudad para comenzar los preparativos del día de la ejecución.

Mientras surcaban el cielo a gran velocidad, siguiendo las trayectorias perfectas marcadas por la magia vectorial de Sherezade, el grupo escudriñaba el terreno desde las alturas. El desierto se extendía bajo ellos como un mar interminable de arena dorada, interrumpido únicamente por vías oxidadas y estructuras abandonadas.

Sabían que aquellos trenes, alimentados en su día por la Gema Infinita, habían quedado inutilizados en el instante exacto en que esta fue destruida. Lo más probable era que se hubieran detenido en mitad de su recorrido… o que el propio entorno los hubiera reclamado. Encontrarlos en una estación era casi imposible.

"¡Oh! ¡He visto algo negro!" exclamó Kanu, señalando con el dedo hacia un punto lejano entre las dunas.

"Oye... un respeto..." se burló Nathalie, ladeando la cabeza con una sonrisa maliciosa.

"¡N-No hablaba de ti!" respondió el arquero, completamente sonrojado, desviando la mirada mientras Marco soltaba una risa breve y Sherezade negaba con la cabeza, divertida.

Siguiendo la indicación de Kanu, la princesa ajustó el ángulo de los vectores y el grupo descendió en picado. El viento rugió a su alrededor mientras la arena se levantaba en espirales, hasta que finalmente aterrizaron junto a un tren volcado en mitad de la vía. La estructura metálica estaba parcialmente enterrada bajo enormes acumulaciones de arena, como si el propio desierto hubiera intentado tragárselo.

"Las tormentas de arena de estos días han debido enterrarlo." teorizó Sherezade, observando los daños mientras descendía de la flecha.

"Sea como sea, yo me encargo." comentó Nathalie con total tranquilidad.

Su sombra se expandió de inmediato, deslizándose por el suelo como un líquido vivo. De ella emergieron varios látigos oscuros que se aferraron al cuerpo del tren con fuerza. En cuestión de segundos, el pesado vehículo chirrió, se sacudió… y terminó incorporándose, liberándose de la arena como si pesara mucho menos de lo que realmente era.

Kanu observó la escena con los ojos muy abiertos.

"Qué útil..." dijo, genuinamente sorprendido.

"Ahora que ya está de pie, tenemos que probar si puedes con ello." dijo Marco, observando el enorme tren con una mezcla de cautela y expectación antes de mirar directamente a la princesa.

"Sí." respondió ella, sin titubear.

Sherezade dio un paso al frente y respiró hondo. Alzó ambas manos hacia el vehículo y, bajo el gigantesco cuerpo de acero, comenzó a dibujar en el aire una flecha vectorial colosal. La magia se solidificó con un brillo azulado y, en cuanto terminó el trazo, el tren se desplazó varios metros sobre la arena con una suavidad antinatural, como si deslizara sobre el aire en lugar de arrastrar toneladas de metal.

"¡Qué buena!" exclamó Nathalie, genuinamente impresionada.

"¿Y bien? ¿Cómo te sientes?" preguntó Kanu, acercándose con cautela, atento a cualquier signo de fatiga.

"Bien..." respondió Sherezade, cerrando un momento los ojos para analizar su propio estado. "Sorprendentemente es como dijeron. El tacto es como si fuera una sola persona… mi consumo ha sido mucho menor que el de traeros a todos aquí."

Marco asintió, pensativo.

"Vale, lo siguiente será probar si el consumo cambia si estamos nosotros cuatro montados encima." propuso, mirando al resto.

"Vamos a ello." dijo Nathalie con una sonrisa confiada.

El grupo subió al vagón principal, caminando con cuidado sobre el metal cubierto aún de arena. Una vez arriba, Sherezade volvió a colocarse en posición, concentrándose. Esta vez no dudó. Dibujó una sola flecha y el tren salió disparado a tal velocidad que el aire rugió a su alrededor. Los cuatro tuvieron que agacharse y aferrarse como pudieron a cualquier saliente para no salir despedidos.

El golpe de viento fue tan brutal que, en medio del caos, los pantalones de Kanu salieron volando sin previo aviso, perdiéndose hacia los vagones traseros.

"¿Y-Y bien?" preguntó Marco cuando el vehículo se detuvo, completamente despeinado y con la ropa hecha un desastre.

"Me ha dejado en ropa interior..." dijo Kanu avergonzado, cruzando las piernas mientras miraba hacia atrás, intentando localizar su prenda con desesperación.

Sherezade, aún respirando con cierta agitación, abrió los ojos con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

"Pues la verdad es que igual que llevar a una sola persona… toda teoría dicha era cierta… ¡Podemos ir todos al Der Fliegende con el tren!" decía, visiblemente emocionada.

Nathalie se acercó a Kanu y le dio una palmada en el hombro. Al instante, una de sus sombras se deslizó hacia los vagones traseros y regresó trayendo los pantalones del joven, dejándolos caer en sus manos.

"¡Gracias!" dijo él, con lágrimas de alivio en los ojos.

Marco, sin embargo, volvió a adoptar un tono serio.

"La única contra que tiene esto... es que no es para nada seguro." añadió, mirando el tren y luego a Sherezade.

"Bueno, podemos pedirle a algún herrero de Sylvapura que ponga unas asas de hierro en el techo para que podamos aferrarnos en los distintos vagones." propuso la semidemonia. "Al final, no es algo que cueste tanto y, con la prisa que tenemos, seguramente lo tengan en medio día."

"Me parece buena idea." comentó Kanu, ya con la dignidad recuperada.

Sherezade los miró a todos, con los ojos brillantes.

"Entonces, ¿confirmamos el plan?" dijo, incapaz de ocultar la emoción.

"Sí… confirmamos." respondió Marco con firmeza. "Ahora probemos a ver qué tal tu aguante. Llévanos a todos a Sylvapura sobre el tren."

"¡Sí!" respondió ella decidida, alzando de nuevo las manos mientras la flecha vectorial comenzaba a tomar forma bajo el tren.

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Der Fliegende, gimnasio.

Monday estaba en mitad de su rutina habitual de flexiones, el cuerpo tenso y el ritmo constante, cuando Marson se le acercó y se sentó en la máquina contigua. El sonido metálico del gimnasio y la respiración acompasada llenaban el espacio, pero aun así algo en el ambiente resultaba distinto. Ella parecía más lenta, más pesada, como si el cansancio no fuera solo físico.

"¿Ha pasado algo?" preguntó el número VII, observándola de reojo. "Te noto más cansada de lo habitual."

"Nada, tuve mala noche." respondió Monday sin detenerse, manteniendo el ritmo aunque sus brazos comenzaban a temblar levemente.

Frente a ellos, Remlin —el pequeño hombre-cabra— levantaba con esfuerzo sus pesas de dos kilos y medio. Aunque fingía estar concentrado en su ejercicio, no se le escapaba ni una palabra de la conversación.

"¿No es por la discusión que tuviste con Rin?" preguntó el pequeño, bajando las pesas con cuidado.

"¿T-Te has vuelto a acercar a esa loca?" dijo Marson, girándose hacia Monday con los ojos abiertos, claramente sorprendido.

"Sí, pero fue una coincidencia." respondió ella al terminar la serie, incorporándose despacio y apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Tras unos segundos de silencio, alzó la mirada. "Sin embargo, hay algo que me dijo que sigue marcado en mi interior y, por ende, me gustaría preguntaros con suma sinceridad… si os arrepentís de haber matado."

La pregunta cayó pesada, casi incómoda.

"No." respondió Marson al instante, sin dudarlo ni un segundo. "Toda esa gente se merecía recibir mi ira por no aceptarme por ser un semi-demonio. No pude tolerar su vulgar racismo aun intentando ser buena persona, así que cumplí sus insultos y me volví la bestia vil que decían que era… y los maté a todos."

Remlin asintió mientras se secaba el sudor de la frente con una toalla.

"Yo tampoco me arrepiento, era la única manera que tenía de ser libre." añadió con una sonrisa apagada, pero honesta.

"Ya veo..." murmuró Monday, bajando la mirada por un instante.

Marson la observó con atención antes de devolverle la pregunta. "¿Y tú?"

Ella tardó unos segundos en responder. Volvió a colocarse en posición, apoyando los puños contra el suelo.

"La verdad, sí…" confesó al fin. "Pero eso es otra historia aparte. Al final, no cambia el hecho de que mis manos están manchadas de sangre." dijo, comenzando una nueva serie de flexiones, esta vez con los dientes apretados.

"Exacto." continuó Marson con voz firme. "Y tienes que darte cuenta de que, si no hemos sido nosotros los condenados a muerte, es gracias a la bondad que tuvo el gobierno imperial al darnos esta segunda oportunidad como ejecutores."

"Sabes que si ignoramos sus órdenes, seremos nosotros los que muramos." añadió Remlin con dramatismo, dejándose caer al suelo como si le hubieran disparado, sacando la lengua de forma exagerada.

Monday soltó un suspiro largo.

"Lo sé…" dijo en voz baja. "Además, le prometí a ella… que viviría en su lugar. Así que… aunque tenga dudas, hay algo claro en mí… y es que el portador debe morir sí o sí, para poder cumplir la promesa que le hice."

Sus ojos se endurecieron, llenándose de determinación poco a poco. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, su corazón seguía dudando, incapaz de acallar del todo aquella voz que le susurraba que algo en todo aquello estaba terriblemente mal.

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Sylvapura.

El grupo apareció sobre Sylvapura arrastrando el tren por los aires, sostenido a duras penas por la magia vectorial de Sherezade. Desde lejos ya era evidente que aquello no iba a terminar bien: frenar semejante masa en pleno vuelo resultó ser muchísimo más complicado de lo esperado. 

La velocidad no disminuyó lo suficiente y, en un último intento desesperado por redirigirlo, el tren terminó estrellándose contra una de las alas del palacio. El vagón principal atravesó el muro como si fuera de papel, levantando una nube de polvo y escombros, y los cuatro salieron despedidos hacia el interior, cayendo entre cascotes justo en mitad de una sala donde Draco se encontraba reunido con dos de los Sagrados.

"El aterrizaje va a ser una cosa muy compleja." comentó Marco, incorporándose lentamente mientras se sacudía la nuca tras el golpe recibido. "¿Estáis bien?"

"¡Sí!" respondió Kanu, levantándose de un salto como si nada hubiera pasado.

"Lo mismo por aquí." dijo la princesa, forzando una sonrisa mientras se recolocaba el vestido.

"Yo estaría mejor con un whiskyto." añadió Nathalie, crujiéndose los nudillos como si el impacto solo hubiera servido para desperezarla.

"O-Oye..." dijo Draco, llamando su atención mientras observaba el enorme agujero en la pared. "Que os habéis cargado el palacio de repuesto..." añadió, mordiéndose los labios con evidente incomodidad.

"¡Pe-Perdón!" dijeron los cuatro al unísono, arrodillándose casi por reflejo.

"¡PERO CÓMO SE OS OCURRE VENIR AQUÍ Y ESTRELLARLO, PANDA DE TONTOS!" rugió Karta, aporreando su bastón contra el suelo con furia contenida.

"Bueno, no podemos quejarnos... al final les destrozamos la ciudad nosotros primero..." suspiró Belial, cruzándose de brazos.

"Eso es cierto." sonrió Draco, cuando de pronto su expresión cambió al fijarse mejor en la princesa. "Oye, ¿estás bien, Sherezade? ¡Estás sangrando!"

Un hilo rojo comenzó a deslizarse por los orificios nasales de la princesa, manchando su labio.

"Oh... vaya..." murmuró ella, limpiándose con el dorso de la mano, restándole importancia.

"¡Espera, ten!" dijo Kanu, apresurándose a darle un pañuelo.

"¿Por qué está sangrando?" preguntó Nathalie, visiblemente sorprendida.

"Es el desgaste físico." respondió Karta con severidad. "Ya fue con vosotros tres a cuestas todo el camino hasta Luore y luego volvió cargando con semejante vehículo. Nada es tan fácil como parece, os lo dije."

"Zade..." dijo Marco, mirándola con preocupación y un nudo en la garganta.

"No te preocupes..." respondió ella, apretando el pañuelo y sonriendo con determinación. "¡Lo lograremos y sobreviviré, lo prometo! ¡Llegaremos al Der Fliegende pase lo que pase!"

Continuará…

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