miércoles, 4 de febrero de 2026

Ch. 307 - Un último vistazo a la luna

Al día siguiente, Palacio secundario de Sylvapura.

Draco había convocado con suma urgencia a sus dos Sagrados para una reunión adelantada, algo poco habitual incluso en tiempos convulsos. Karta y Belial avanzaban por los pasillos del palacio con el ceño fruncido, intercambiando miradas cargadas de sospecha. 

No era propio del gobernador alterar el orden de una reunión sin una razón de peso, y ambos lo sabían bien. El sonido seco del bastón de Karta resonaba contra el suelo pulido mientras trataban de imaginar qué podía haber ocurrido para precipitar aquella llamada.

Cuando abrieron la puerta del despacho, la respuesta se materializó ante ellos sin necesidad de palabras. Shimuna estaba allí. De pie, con la espalda recta pero los hombros tensos, evitaba mirar directamente a los presentes. Su expresión reflejaba vergüenza y cansancio a partes iguales. No estaba huyendo, no estaba escondida. Había regresado.

"S-Shimuna..." dijo el hombre-tigre, boquiabierto, incapaz de ocultar su sorpresa.

"¡¿Ya has regresado?!" exclamó Karta, golpeando el suelo con su bastón con fuerza. "¡Pero, ¿por qué vendiste a ese pobre niño al gobierno?!"

"¡Calma!" intervino Draco, cruzándose de brazos con gesto severo. "Ella ha regresado hace apenas una hora en aeronave y ha venido directa a informarme. Pero le he pedido que os espere para que todos podamos enterarnos del motivo por el que hizo tal cosa."

"S-Sí..." murmuró Shimuna, bajando ligeramente la cabeza.

"Bueno, pues que cuente." espetó Karta, sin ocultar su enfado.

"No, aún falta un Sagrado más..." añadió el gobernador, mirando hacia la puerta.

"¿Eh?" se sorprendió Belial, arqueando una ceja.

La puerta se abrió de nuevo, interrumpiendo el silencio cargado que se había formado. Para sorpresa de todos, fue Ashley quien entró en la sala. Su expresión mostraba una mezcla de desconcierto y fastidio, claramente molesta por haber sido convocada de aquella manera tan repentina.

"¿Por qué me has citado a venir como el Conejo Lunar?" preguntó, ligeramente molesta. "Te dije que ya no quería seguir portando dicho título, ahora que ha acabado la guerra contra Luore."

"Lo sé, pero..." respondió Draco con un suspiro contenido. "Quería confiarte, como es costumbre, un último trabajo de despedida y siento que esta información privada podría venirte bien."

"¿Información privada?" dijo nuestra protagonista, avanzando unos pasos dentro del despacho. Fue entonces cuando reparó en Shimuna, allí presente, y su mirada se endureció al instante.

El ambiente se volvió denso, casi irrespirable. La rabia recorrió el cuerpo de Ashley como una descarga eléctrica, tensando cada músculo. Durante un segundo pareció que iba a estallar, que iba a materializar toda esa furia contenida. Sin embargo, cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Golpear a Shimuna no cambiaría nada. El daño ya estaba hecho.

"Está bien." dijo al fin, relajando ligeramente los hombros. "Aceptaré este último trabajo, pero es mi despedida como Conejo Lunar."

"Entendido." asintió el gobernador con solemnidad.

Shimuna dio entonces un paso al frente, tragando saliva antes de comenzar su explicación. Relató cómo habían ido a buscarla a su propia casa mientras aún se recuperaba, cómo la presionaron para que declarase como testigo y, sobre todo, cómo la atraparon con un chantaje disfrazado de oferta: una reducción de impuestos que aliviaría enormemente la carga económica de su país.

"¿Reducción de impuestos?" estalló Karta, golpeando de nuevo el suelo con su bastón. "¿Y te lo creíste?" añadió, con la voz cargada de furia.

"Yo..." comenzó Shimuna, incapaz de terminar la frase.

"Un momento." interrumpió Draco, sacando varios documentos y dejándolos sobre la mesa. "Justamente el tratado donde se establece la reducción me ha llegado esta mañana para firmar, antes de que llegase Shimuna. Así que, más o menos, me olía esto."

"Bueno..." murmuró Belial, rascándose la nuca con incomodidad. "Aunque es una putada por todo lo sucedido, al final todo esto... nos ha venido bien, ¿no?"

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia Ashley. Sabían que aquella reflexión tenía un trasfondo egoísta, y también sabían que su opinión sería determinante. Ella permanecía con los brazos cruzados y los ojos cerrados, como si estuviera sopesando algo mucho más grande que un simple documento.

"No lo he firmado aún..." dijo finalmente Draco, rompiendo el silencio. "Me gustaría saber tu opinión, como mano izquierda de Marco."

El despacho quedó en silencio una vez más, a la espera de una respuesta que podría inclinar el destino de muchos más de los que estaban presentes en aquella sala.

"Fírmala." dijo Ashley, decidida. "Al final, Marco y servidora también buscábamos una forma de poder ayudaros sin tener que acabar con los Ballure, aunque ya sea algo tarde. Por lo que seguramente estará encantado si, encima, vuestra crisis económica se resuelve con esto."

Sus palabras no tenían ni una pizca de duda. No hablaba desde la conveniencia, sino desde una visión mucho más amplia, pensando en las consecuencias a largo plazo. No era una solución limpia, ni justa, pero sí una salida realista en un mundo que llevaba tiempo dejando de serlo.

"No puedo dejar de sentirme un poco culpable." dijo Karta, bajando la mirada hacia su bastón. "Al final, generamos una guerra innecesaria donde, por X o por Y, nuestros rivales acabaron siendo asesinados vilmente por el gobierno. Y para colmo, después de haber sido usados y de que vuestro pequeño amigo acabase con una pena de muerte por culpa de una de nosotros, nos compensais con una salida de este apuro económico."

El peso de aquellas palabras cayó con fuerza en la sala. No era solo culpa política, era culpa moral. Karta no hablaba como Sagrado, sino como alguien que había visto morir a demasiada gente por decisiones que, en retrospectiva, jamás debieron tomarse.

Draco no respondió de inmediato. Se limitó a tomar los documentos con calma, apoyarlos sobre la mesa y, tras una breve pausa, firmarlos. No hubo dramatismo ni ceremonia. Solo el sonido de la pluma sellando un acuerdo que sabía amargo.

"Se-Señor..." murmuró Shimuna, dando un pequeño paso al frente, incapaz de ocultar la inquietud que le oprimía el pecho.

"¿Está seguro?" preguntó Belial, con el ceño fruncido.

"Ashley ha dicho que estaba bien así, y Marco también me comentó antes que lo mejor era que nos mantengamos al margen de todo esto." respondió Draco con firmeza. "Así que… si el gobierno decide darnos esta salida, la tomaré."

Alzó la mirada, seria pero honesta.

"Pero esto no cambia el hecho de que estaré de vuestro lado cuando haga falta plantar cara al gobierno, porque… siento que el mundo será verdaderamente mejor cuando Marco esté en la cima."

"Sí… yo también lo creo." sonrió Ashley antes de girarse para marcharse.

"¡Espera!" exclamó Karta de pronto.

"¿Qué ocurre?" preguntó nuestra protagonista, deteniéndose justo antes de abrir la puerta. Al girarse, quedó completamente sorprendida.

Draco y los tres Sagrados estaban inclinados en una profunda reverencia, con un gesto cargado de respeto sincero.

"¡MUCHAS GRACIAS POR TU AYUDA, ASHLEY!" dijeron al unísono.

Ella parpadeó un par de veces, descolocada… y luego sonrió con ese aire tan suyo, entre cansado y genuino.

"No fue nada, idiotas." respondió, alzando una mano despreocupadamente. "Solo… no la volváis a liar, ¿vale?"

Y sin añadir nada más, se marchó por el pasillo.

"Esa chica…" murmuró Draco, observando la puerta ya cerrada. "Tiene un corazón de oro."

"Hasta yo…" añadió Karta con una pequeña sonrisa cansada. "Se lo he visto."

El silencio volvió a instalarse en el despacho, pero esta vez no era tenso. Era el tipo de calma que llega cuando, aun tomando una decisión imperfecta, sabes que has elegido el mal menor… y que no estás solo para cargar con él.

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Un par de horas más tarde, en la Herrería de Sylvapura.

Keipi, Cecily y Marco acudieron juntos tras recibir el aviso del herrero del pueblo. El encargo había sido prioritario: los agarres de hierro en la parte superior del tren que utilizarían para llegar al Der Fliegende ya estaban terminados. Aquella modificación era crucial; no solo se trataba de comodidad, sino de supervivencia durante un trayecto que prometía ser todo menos estable.

Mientras esperaban a que el herrero los recibiera, los tres se dedicaron a cotillear el lugar. El taller estaba lleno de herramientas, armas a medio forjar y el inconfundible olor a metal caliente y carbón, un ambiente que siempre imponía cierto respeto.

"Qué raro se me hizo ver a Ryan tan decidido." comentó Keipi mientras alimentaba a Priscilla con una pequeña barra de alpiste, observando cómo la criatura picoteaba feliz sobre su mano.

"Jajajaja, ya te digo." añadió Cecily, apoyada contra una columna. "Cuando escuchó que la princesa quería intentar mejorar su magia estos días para durar algo más durante el trayecto, se vino arriba y dijo que, al haber sido adiestrado por la gran Shouri a usar el modo Berserker, era el indicado para enseñarla. Y se puso a entrenar a Sherezade como si nada."

No era solo entrenamiento físico; todos sabían que Ryan estaba intentando darle a Sherezade algo más que fuerza: confianza. Y en una misión como aquella, eso podía marcar la diferencia.

"Es un bonachón." sonrió Marco. "Se agradece que haya decidido ayudarla estos días. Pero reconozco que nunca olvidaré las caras de Kanu y Futao cuando le escucharon decir eso, jajajaja."

En ese momento, el herrero apareció finalmente. Tras un saludo cordial que los tres devolvieron de inmediato, les hizo una seña para que lo siguieran. Atravesaron el edificio por completo, pasando entre forjas encendidas y yunques gastados, hasta llegar a un enorme patio trasero.

Allí estaba el tren.

Imponente, restaurado lo justo para cumplir su función, y con una clara novedad: una serie de robustos enganches de hierro recorrían la parte superior de los vagones. Subieron con cuidado y comenzaron a probarlos uno a uno. Tiraron con fuerza, colgaron parte de su peso y sacudieron las barras con insistencia.

Nada se movió.

"Perfecto…" murmuró Cecily, claramente satisfecha.

"¿Qué tal? ¿Te gusta el trabajo del mejor herrero de Sylvapura?" dijo Draco de pronto, saliendo del edificio hacia el patio inferior.

"¡Oh, Draco!" exclamó Marco, bajando del tren de un salto. "¿Qué haces tú por aquí?"

"La verdad es que me llegó una cosita que os pedí como regalo para esta batalla, y quise entregárosla en persona." respondió con una sonrisa tranquila. "Es algo de ropa elegante para empezar a conquistar el mundo."

"¿Ropa?" se sorprendió Marco, arqueando una ceja.

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A la noche, Der Fliegende.

Desde su prisión, Theo observaba la luna brillando a través de la pequeña ventana enrejada. Su luz plateada se colaba tímidamente en la estancia, iluminando las paredes frías y el suelo de piedra. La miraba como si fuese el último vistazo que le daría, con la amarga sensación de que su muerte ya estaba escrita y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

"Siento... haber sido tan pésimo usuario, Horacio..." murmuró para sí mismo, esperando una respuesta de la deidad que habitaba en su interior, mientras se sentaba lentamente en la cama.

"No te culpes, jovencito." respondió la voz serena de Horacio. "Al final... todo esto sucedió por culpa mía y de Morgana, por haberte devuelto la vida sin tu consentimiento, convirtiéndote en un portador en contra de tu voluntad."

"Para nada..." sonrió Theo con timidez, bajando la mirada antes de volver a alzarla. "De no ser por vosotros, me habría perdido esta aventura en Luore. Y sé que mi hermana habría estado muy triste."

"Entonces..." respondió Horacio con un leve deje de melancolía, "me alegra haber hecho algo bien al menos una vez, joven Theo."

El pequeño se levantó del colchón y caminó despacio hasta la ventana. Apoyó las manos en los barrotes y volvió a contemplar la luna.

"Mañana será el fin de mi vida." murmuró en voz baja. "Pero, por otro lado, mientras contemplo la luna... siento que hay algo de esperanza."

"Es imposible... lo sabes." respondió Horacio con honestidad. "No hay manera de que lleguen a este lugar en tan poco tiempo."

"Lo sé." dijo Theo, conteniendo las lágrimas que amenazaban con caer. "Por eso sé... que mañana es el fin. Me habría gustado poder decirles lo mucho que les quería una última vez, y darles las gracias por haberme rescatado en Longerville y llevarme con ellos de aventuras."

"Seguramente lo sepan." le dijo Horacio, intentando reconfortarlo.

"Espero..." respondió el pequeño, cerrando los ojos durante unos segundos.

Dentro de lo más profundo de su ser, Horacio lanzó una plegaria silenciosa, cargada de desesperación.

"Sé que es imposible, pero, cruel destino... permite que este pequeño que me presta su cuerpo sea rescatado de la muerte el día de mañana... ¡Por favor!"

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6:45 a. m. — Sylvapura.

El tren ya estaba preparado en su lugar, imponente y firme. Draco aguardaba junto a Futao, Sherezade, Faralalan y Kanu, observando el cielo a la espera del resto del grupo.

No tardaron en aparecer.

Desde la distancia, vio al grupo llegar unido, caminando con paso decidido. Todos vestían los elegantes trajes negros que el gobernador les había regalado, cada uno con ligeras modificaciones que reflejaban su personalidad.

Marco llevaba una capa que ondeaba con solemnidad. Keipi no llevaba camisa debajo de la chaqueta. Ashley había optado por unos pantalones cortos en lugar de falda. Ryan vestía un chaleco en vez de chaqueta. Cecily lucía una minifalda. Nathalie llevaba un pantalón asimétrico, con una pata corta y otra larga. Gretel vestía de forma sencilla, sin adornos innecesarios. Nicole, por su parte, llevaba una falda algo más alargada que le llegaba hasta las rodillas.

"¡Estamos aquí!" dijo Lily, flotando a su alrededor con una energía contagiosa.

"Yo tomaré el lugar de mi hermano en esta batalla, aunque no pueda hacer mucho." comentó Gretel con voz temblorosa, ajustándose las gafas con determinación.

"Bienvenidos, héroes." sonrió Draco al verlos reunidos.

Marco dio un paso al frente y chocó sus puños con fuerza.

"Es hora de partir... ¡Tenemos que rescatar a nuestro amigo!"

Continuará… 

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