domingo, 8 de febrero de 2026

Ch. 309 - El 74º emperador de Pythiria

El tren, que aún transportaba a Faralalan, Sherezade, Futao y Kanu, continuó su trayecto sin desviarse, atravesando una tras otra las innumerables torres que se alzaban en el interior del Der Fliegende. Durante unos segundos pareció mantener su rumbo, hasta que finalmente superó la última estructura y se proyectó hacia el mar abierto. 

Sin embargo, casi de inmediato, el vehículo comenzó a perder estabilidad y a descender de forma abrupta. La razón fue evidente: la princesa había agotado casi por completo su energía mágica y había perdido el conocimiento a causa de la fatiga extrema, provocando que los vectores se disiparan y que el tren cayera en picado, convertido en una masa de metal sin control.

Reaccionando con una velocidad admirable, Kanu materializó su arco de hielo en pleno aire y tensó la cuerda con todas sus fuerzas. Disparó un único proyectil que surcó el cielo como un relámpago azulado y, al impactar contra la superficie marina, congeló una vasta extensión del océano en cuestión de segundos.

El tren se estrelló contra el hielo con violencia, rebotando y girando sobre sí mismo, lanzando a sus ocupantes por los aires como muñecos. Aun así, la suerte —y la habilidad— estuvo de su lado: uno tras otro, todos terminaron cayendo sobre la sólida plataforma helada creada por su compañero.

"¡Zade!" gritaba Faralalan, con la respiración entrecortada y un hilo de sangre escapando de su nariz tras el brutal aterrizaje.

La princesa yacía inconsciente entre los brazos de Futao, quien había logrado atraparla en pleno vuelo justo en el momento en que el impacto los lanzó por los aires, evitando que su cuerpo ya maltrecho sufriera heridas aún más graves. El lancero apretó los dientes mientras la sostenía con cuidado, protegiéndola del viento y del frío.

"No te preocupes, está bien. Solo se ha desmayado por el cansancio." le dijo el lancero.

"Ahora... solo queda confiar en nuestro emperador." sonrió Kanu, girando la cabeza hacia la pantalla de retransmisión que aún permanecía activa, reflejando el caos que se desarrollaba en Der Fliegende.

"Sí... nuestro trabajo ha terminado." añadió Futao, mordiéndose el labio con impotencia, consciente de que no podían hacer nada más por ayudar.

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Mientras tanto, en uno de los balcones de la torre central, los Tottengräber observaban la escena en silencio. Desde aquella altura y a semejante distancia, las figuras que habían asaltado el Der Fliegende no eran más que siluetas diminutas recortadas contra la muralla, imposibles de identificar a simple vista.

Solo gracias a las múltiples pantallas mágicas flotando a su alrededor podían ver con claridad a los intrusos, ampliados y enfocados desde distintos ángulos. Fue a través de esas imágenes, retransmitidas al mundo entero, cuando las palabras de Marco resonaron con fuerza, atravesando el aire y la incredulidad de todos los presentes.

"¡SOY EL VERDADERO 74º EMPERADOR DE PYTHIRIA, MARCO BLANC! ¡Y HE VENIDO A HACER JUSTICIA POR MI AMIGO THEO!"

Aquella declaración dejó al mundo entero en un silencio sepulcral. 

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En Longerville, la sala donde se seguía la retransmisión estalló en un clamor imposible de contener en ese mismo instante. La tensión acumulada durante horas se rompió de golpe, transformándose en gritos, risas nerviosas y lágrimas de alivio. Algunos se abrazaron sin pensar, otros golpearon mesas o alzaron los brazos al cielo; todos compartían la misma certeza ardiente: no habían llegado tarde.

"¡Sabía que lo harían! ¡LO SABÍA!" gritaba Charlie, saltando sobre su sitio con los ojos brillantes, señalando la pantalla.

"Marco no defrauda nunca." sonrió Lalami, cruzándose de brazos con calma, aunque su mirada temblaba de emoción contenida.

"¡La jefa! ¡Está guapísima!" dijo Adriana al ver a Cecily en primer plano, inflando el pecho con orgullo.

"¡Y parece que han hecho nuevos amigos! ¡Qué guapa la mujerona del pantalón asimétrico!" comentó Ernest, inclinándose hacia la pantalla al apreciar a Nathalie entre el grupo.

En medio de aquel estallido colectivo, la reina Cynthia sintió que las fuerzas la abandonaban de golpe. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas al suelo, incapaz de sostener el peso de todo lo que estaba sintiendo. Alegría, miedo, esperanza y culpa se mezclaban sin orden mientras las lágrimas recorrían su rostro sin que pudiera detenerlas.

"¿Estás bien?" le preguntó Kevin, agachándose de inmediato a su lado, apoyando una mano firme sobre su hombro.

"S-Sí..." respondió ella, con la voz rota, asintiendo levemente. "Al final... me dijo que cuidaría de él y lo ha hecho, incluso ahora..." alzó la mirada hacia la pantalla, donde Marco seguía erguido frente al imperio. "¡Salvad a mi hermano, por favor, chicos!" rogó Cynthia, juntando las manos con desesperación, como si aquella súplica pudiera atravesar el mundo y llegar hasta ellos.

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Incluso Baba Yagá, recluida en lo alto de su castillo andante y famosa por su frialdad casi inhumana, dejó escapar una leve sonrisa al reencontrarse con la imagen de Cecily reflejada en la pantalla mágica. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero cargado de un peso extraño, como si aquella visión removiera recuerdos que prefería no nombrar.

"Esa ladrona de mierda... fíjate, al final podía sonreír de una manera tan preciosa y bucólica." musitó mientras se incorporaba de su asiento con una prisa inusual, apartando capas y mecanismos como si algo la empujara a actuar de inmediato.

"¿Cree que ganarán esta batalla?" le preguntó uno de sus homúnculos, Fisher, observándola con atención desde un rincón de la sala de control.

"No sé el resultado que esto traerá en ese aspecto." respondió sin mirarlo, con la voz grave y pensativa. "Lo que sí sé es que, una vez termine... el mundo dará un cambio inesperado y, posiblemente... un último telón se abra ante nosotros de manera imprevista." comentó mientras chasqueaba los dedos. Al instante, un motor antiguo y un volante emergieron de la pared con un chirrido metálico.

"¿Un último telón?" le preguntó el otro homúnculo, Wolf, frunciendo el ceño.

"La muerte." respondió tajantemente, sujetando el volante y comenzando a acelerar el movimiento del castillo andante, que empezó a crujir y a avanzar con mayor velocidad. "Es posible que la cuenta atrás para el fin de nuestros días haya dado comienzo con este conflicto. Así que huiremos todo lo posible hasta que se dé ese momento... aún... no quiero morir ni entregar mi conocimiento."

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Y en Accuasancta, Anaxandra y los apóstoles no pudieron evitar estremecerse al escuchar aquellas palabras cargadas de verdad y desafío que resonaban desde la retransmisión. No era solo una proclamación de guerra: era una grieta abierta en el orden del mundo, y todos allí fueron plenamente conscientes de ello.

"¡DADLES DURO, CHICOS! ¡DEMOSTRAD QUIÉNES MANDAN AQUÍ!" gritaba la suma sacerdotisa, completamente emocionada, señalando la pantalla con el puño en alto.

"Su santidad... compórtese..." le dijo Thánatos con visible molestia, masajeándose la sien.

"No está dando una buena impresión como sucesora de su madre, señorita." añadió Kinaidos, cruzándose de brazos con gesto severo.

La joven se giró sin previo aviso y le lanzó el zapato con una puntería sorprendente. Kinaidos se agachó por reflejo, y el proyectil acabó impactando de lleno contra Pantera, que estaba detrás.

"Auch..." dijo el hombre-bestia, llevándose la mano a la cabeza.

"Jajajajaja." se reía Aima sin ningún tipo de compasión, señalándolo.

"Ya os dije que no quiero ser su sucesora..." respondió Anaxandra, recogiendo el equilibrio y hablando ahora con una sonrisa tranquila pero firme. "Quiero traer luz a esta creencia y otorgarle nuevos valores que quedaron olvidados en el pasado. Y para ello, tengo que ser yo misma siempre." añadió con convicción, sin apartar la mirada de la pantalla.

"Esta tía..." murmuró Thánatos, resignado, mientras el eco de aquella nueva era comenzaba a tomar forma incluso en Accuasancta.

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El mundo entero no era el único sumido en la incredulidad. También lo estaban los ocho ejecutores imperiales que permanecían de pie en aquel balcón elevado. Desde allí, observaban incrédulos la imagen ampliada de Marco y la marca grabada en su mano.

De todos ellos, solo uno conocía la verdad completa: Bucanor. Procedente de una de las familias más ricas del planeta, había sido cómplice directo del mayor engaño de la historia moderna: la creación de un emperador falso, Gaspar, diseñado para proteger los intereses económicos de las élites y perpetuar la brecha entre clases.

"¿Qué ha dicho el tío ese?" comentó Remlin, boquiabierto, sin apartar los ojos de la pantalla.

"¿Es el emperador? ¿Cómo es eso posible?" decía Monday, completamente anonadada, sintiendo cómo algo que había dado por absoluto comenzaba a resquebrajarse.

"¿La marca no la tenía nuestro señor Gaspar?" preguntó Marson pensativo, llevándose la mano a la barbilla, intentando encajar las piezas.

"No puede ser." añadió León, con el ceño fruncido y el cuerpo en tensión. "¡Debe ser un farsante!"

"Joder, ¿tenía que aparecer justo el verdadero emperador hoy?" pensaba Bucanor, tembloroso, notando por primera vez en años el miedo real apretándole el pecho. "Pero da igual... en este mundo hecho de mentiras, solo tengo que seguir mintiendo."

El líder dio entonces un paso al frente y señaló la imagen de Marco con gesto autoritario. Al instante, todas las cámaras giraron para enfocarle, conscientes de que aquel intercambio sería visto en cada rincón de Pythiria. El aire se volvió denso, cargado de historia.

"¡YA VEO!" dijo con prepotencia. "¡NO ERES MÁS QUE UN MENTIROSO! ¡TE TATUASTE ESA MARCA Y LA USASTE COMO EXCUSA PARA CONMOCIONAR AL MUNDO Y LIBERAR A TU AMIGO DEL CRIMEN QUE COMETIÓ!"

"Eso tiene sentido." añadió Remlin, asintiendo lentamente al lado de Somnus, que seguía profundamente dormido sobre su alfombra, ajeno a todo.

"Es algo que podría hacer un mentiroso como él, sí." añadió Sergiv, soltando un suspiro.

Marco bajó la mano despacio. No dijo ni una sola palabra durante ese instante. Luego alzó la mirada hacia la cámara, sereno, mientras a su lado sus compañeros sonreían con determinación.

"No estamos aquí para dialogar, hemos venido a luchar." respondió con voz firme. "¡No vengo a que me creáis, vengo a rescatar a mi amigo y a empezar a cambiar este maldito mundo que habéis podrido los ricos!"

"¡SERÁS CABRÓN!" gritó Bucanor, enfurecido, perdiendo por completo la compostura.

De pronto, Rin dio un paso al frente. Agarró el mango de su espada y, sin dudarlo, saltó por encima de la barandilla del balcón. Su mirada era fría, calculada, letal.

"¿Habéis venido a luchar, no? ¡Pues luchemos!" dijo mientras se lanzaba hacia el frente, y su Kami, Kazeko, se materializaba bajo ella en forma de un águila gigante de viento cortante.

"Ella es mía." dijo Keipi dando un paso al frente. Acto seguido saltó desde la gran muralla, cayendo con precisión sobre el lomo de Kaito en su forma de ballena celestial.

Los dos hermanos se lanzaron el uno contra el otro a toda velocidad, surfeando el cielo entre las torres del Der Fliegende gracias a sus creaciones, dejando estelas de energía a su paso.

"¡KEICHIRO!" gritó la número II, saltando del lomo de su águila mientras esta se desvanecía en partículas de viento.

"¡RIN!" gritó Keipi, haciendo lo mismo desde la ballena, que desapareció envuelta en energía oceánica.

Dos grietas espacio-temporales se abrieron en el cielo en aquel instante. De una emergió un gigantesco brazo verde tras ella; de la otra, un enorme brazo azul tras él. Ambos empuñaban espadas colosales que colisionaron con violencia, generando una explosión de presión y viento que sacudió las torres cercanas.

Y aun así, pese a la brutalidad del choque, los dos hermanos atravesaron la onda expansiva y llegaron frente a frente. Sus espadas reales chocaron con fiereza, metal contra metal, mientras se sostenían la mirada sin pestañear. Incluso las propias armas parecían rugir.

"¡PRISCILLA!" gritó el filo del cielo.

"¡CALÉNDULA!" respondió el filo del océano.

"¡ES HORA DE PONER FIN A ESTO, RIN!" gritó Keipi, mientras sus espadas seguían chocando, marcando el inicio de un duelo que haría temblar al mundo.

Continuará…

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