jueves, 5 de febrero de 2026

Ch. 308 - ¡El tren que cruza el mundo!

Nuestros protagonistas ultimaban los preparativos para partir desde Sylvapura. El tren aguardaba imponente, vibrando levemente mientras Sherezade lo tocaba nerviosa. 

Uno a uno, los paladines comenzaron a subir a la parte superior, ajustando agarres, comprobando posiciones y asegurándose de que cada uno tuviera un punto firme al que sujetarse durante el trayecto. Tras ellos subieron Futao, Kanu, Sherezade y Faralalan, cada cual ocupando su lugar con gesto serio; ya no era momento de bromas, sino de concentración absoluta.

Cuando todos estuvieron listos, solo quedó Marco en el suelo. El viento agitaba ligeramente su capa mientras observaba el tren por última vez. Fue entonces cuando Draco dio un paso al frente, deteniéndolo con un gesto discreto pero firme. No era una orden, sino una despedida que necesitaba unos segundos más.

"Mucha suerte." le dijo el gobernador de los hombres-bestia, dándole la mano con solemnidad. "Solo tú podrías cambiar el mundo."

Marco aceptó el apretón y sonrió con serenidad, sin arrogancia, pero con convicción. "Haré todo lo posible para que el cambio suceda, vosotros seguid como siempre y aprovechad el descuento que os hizo el gobierno imperial en los impuestos, que me lo contó Ashley."

"Eso haremos, no te preocupes." respondió Draco, asintiendo con una leve sonrisa cansada.

Ambos se separaron y nuestro protagonista subió al tren con cuidado, asegurando sus pies antes de incorporarse al resto. Sherezade, con los ojos cerrados y la respiración controlada, comenzaba ya a trazar la ruta vectorial en su mente, calculando trayectorias, velocidades y posibles turbulencias. Todo debía salir perfecto. Fue entonces cuando, desde el extremo del andén, dos figuras aparecieron corriendo a toda velocidad.

"¡MUCHA SUERTE, ASHLEY! ¡ERES LA MEJOR!" gritó su madre, jadeando mientras agitaba los brazos sin preocuparse por llamar la atención.

"¡PON EN ALTO EL NOMBRE DE LOS HOMBRES-BESTIA, CARIÑO!" gritaba su padre con entusiasmo desbordado, levantando el puño en señal de ánimo.

"Jajajaja, vaya dos padres más guays." se rió Keipi, sujetándose con una mano mientras observaba la escena.

"Un poco pesados, pero..." dijo Ashley, girando la cabeza para mirarlos por última vez. "Me alegra haberlos recuperado." añadió con una sonrisa sincera.

El primer vector se manifestó en el aire con un zumbido profundo, deformando el espacio a su alrededor. En cuestión de segundos, el tren entero salió disparado hacia el cielo, alejándose de Sylvapura a una velocidad brutal. El viaje hasta Der Fliegende duraría horas, y durante todo ese tiempo tendrían que resistir, aferrados no solo al metal, sino también a su determinación.

Draco, los Sagrados y los padres de Ashley permanecieron allí, observando cómo el vehículo se convertía en un punto cada vez más pequeño en el horizonte.

"¿Estás seguro de que no les quieres ayudar?" preguntó Karta, apoyándose con más peso del habitual en su bastón.

"Sí..." respondió Draco, poco convencido. "Tampoco hay mucho que podamos hacer..." añadió, bajando ligeramente la mirada, como si esa impotencia pesara más que cualquier enemigo.

"¿Y si os digo que hay una forma de poder ayudarles?" dijo de pronto una voz masculina que provenía de lo alto de un edificio cercano.

Todos se giraron de golpe, sobresaltados. Aquella voz no les resultaba familiar.

"¿Tú... quién eres?" preguntó Draco, alzando la vista con gesto serio.

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Más tarde, Der Fliegende.

Los guardas sacaron a Theo de su prisión sin ceremonias ni palabras innecesarias. La hora de su ejecución estaba próxima y, como marcaba la tradición del Der Fliegende, debía recorrer el camino hasta lo alto de la torre caminando completamente descalzo. 

Una pesada cadena, atada a su cuello, lo arrastraba hacia delante con cada tirón seco, obligándolo a avanzar aunque el cuerpo le pidiera detenerse.

"Es el momento..." pensaba el pequeño, dando pasos cortos y torpes, notando la frialdad de las baldosas clavándose entre sus dedos. Cada losa parecía absorber el poco calor que le quedaba. "Ojalá… estuvierais aquí para rescatarme. Quiero vivir más aventuras junto a vosotros." Alzó la mirada hacia el cielo que se filtraba a través de las ventanas altas del pasillo.

Monday observaba la escena desde la distancia, de brazos cruzados y apoyada contra la pared junto a Marson. Su rostro permanecía serio, pero en sus ojos había algo roto. Aunque ya se había decidido por dejarle morir, no podía evitar que una parte de su interior se retorciera con culpa. No era piedad lo que sentía… era vergüenza.

"Lo siento..." dijo en voz baja, casi para sí misma, sabiendo que Theo no podía oírla.

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Ya habían pasado varias horas desde que salieron de Sylvapura y el tren no había reducido ni un ápice su velocidad. El viento rugía con violencia constante, golpeando sus cuerpos sin descanso. Todo parecía estable… demasiado estable. Hasta que algo rompió esa frágil calma.

Un rastro de sangre salpicó de repente el rostro de Cecily.

"¡¿QUÉ?! ¡¿SANGRE?!" gritó, sobresaltada, provocando que todos girasen la cabeza al instante.

Las miradas se dirigieron hacia el frente del tren. La causa era evidente y aterradora. El cuerpo de la princesa comenzaba a pasar factura. Las horas de canalización ininterrumpida y el uso extremo de su magia habían sobrepasado su límite. Sangre brotaba de su nariz, de la comisura de sus labios, de sus orejas… incluso de sus ojos, tiñendo su rostro mientras seguía manteniendo los vectores activos.

"¡Princesa!" exclamó Kanu, completamente sorprendido.

"¡Oh no!" gritó Nicole, aterrada, intentando desplazarse hacia un gancho delantero para ayudarla, luchando contra la presión brutal del viento que amenazaba con arrancarla del tren.

Antes de que pudiera avanzar, Marco la sujetó con firmeza de la mano y la detuvo.

"No es tu trabajo, confía en ella." le comentó con una sonrisa serena, aunque en sus ojos había preocupación.

El cuerpo de la princesa comenzó a romperse todavía más. Sus brazos y piernas se agrietaron como porcelana bajo tensión, abriéndose en cortes profundos que estallaban en sangre. Al estar situada en la parte frontal, las salpicaduras alcanzaron al resto del grupo, recordándoles que cada segundo contaba.

"¡Mierda! ¡Duele un montón! ¡Estoy perdiendo la conciencia y aún nos queda un poco!" pensaba ella, mientras lágrimas de sangre recorrían su rostro, mezclándose con el viento y el sudor.

De pronto, notó unas manos cálidas apoyarse en su espalda. El dolor comenzó a remitir lentamente, y la fatiga se vio reducida como si alguien hubiera retirado un peso invisible de su cuerpo. Era Faralalan.

La pequeña se colocó tras la princesa, asegurando sus pies en dos ganchos con precisión, y comenzó a sanarla con todo lo que su habilidad le permitía. Su respiración era agitada, pero su concentración, absoluta.

"¡No te dejaré caer, Zade!" dijo con una determinación férrea.

"¡NI YO PENSABA CAER!" gritó la princesa, apretando los dientes mientras forzaba aún más el vector y aumentaba la velocidad del tren.

"Resistid… por favor…" pensaba Gretel, tragando saliva, con el corazón latiéndole en la garganta.

"¡Ánimo, chicas!" gritaba Lily, volando a su alrededor, intentando mantener el espíritu del grupo en alto.

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Un tiempo después, Der Fliegende.

La retransmisión global comenzó en el instante exacto en que Theo puso los pies sobre la azotea de la torre principal. El viento golpeaba con fuerza aquel lugar elevado, y el cielo abierto hacía que todo pareciera aún más expuesto. 

El pequeño quedó completamente anonadado al volver a ver de frente la gigantesca guillotina, imponente, fría, esperando. Aquel artefacto no dejaba lugar a dudas: estaba diseñada para ser vista, para infundir miedo y para convertir su muerte en un mensaje para el mundo.

Escoltado por los guardias y bajo la atenta mirada de todos los Tottengräber, con su líder Bucanor al frente, el joven avanzaba con paso lento. Las cámaras mágicas comenzaron a rodearlo, flotando en el aire y enfocándolo desde todos los ángulos posibles. No había rincón de Pythiria que no pudiera verlo. Su rostro, su fragilidad, su condena… todo estaba siendo transmitido para convertirlo en un ejemplo.

Solo quedaban quince minutos. Quince minutos para que el portador de la Biblioteca de Horacio fuera ejecutado por orden directa del gobierno imperial por cometer genocidio. La tensión se propagó como una sombra por todos los países.

En Longerville, su hermana mayor observaba la retransmisión con las manos temblorosas, incapaz de apartar la mirada. No podía hacer nada por ayudarle, nada salvo aferrarse a la esperanza absurda de que ocurriera un milagro.

Theo se acercó todavía más a la guillotina. Alzó la mirada hacia la cuchilla, brillante y afilada, y vio tras ella la gigantesca bandera del gobierno imperial ondeando con arrogancia, como si lo señalara, como si lo castigara simplemente por existir.

"Hasta aquí he llegado..." musitó en voz baja. "Cynthia, Marco, Keipi, Ashley, Lily... chicos... os quiero mucho, gracias por todo lo bonito que me habéis dado."

Justo antes de que el pequeño pusiera el pie sobre el primer escalón, uno de los guardas gritó, completamente alterado.

"¡SE APROXIMA UN VEHÍCULO NO IDENTIFICADO A TODA VELOCIDAD, SURCANDO EL CIELO!"

El murmullo se transformó en caos. Guardias, Tottengräber y oficiales corrieron hacia el borde de la azotea. Desde allí, pudieron ver un objeto negro avanzando, volando a varios metros de la superficie marina. A cada segundo se hacía más grande, más claro, más real.

"¿Qué es eso?" dijo Bucanor, con el ceño fruncido, molesto.

"¡Son ellos!" sonrió Straciatella, incapaz de contener la emoción. "¡Reconozco su energía mágica! ¡Son los amigos de la Biblioteca!"

"Parece que no han querido rendirse." comentó Sergiv, tensando el cuerpo.

En ese mismo instante, León actuó. Agarró a Theo con una sola mano, rompió la cadena de su cuello como si no fuera nada y se lo cargó al hombro. Con el otro brazo sujetó a Bucanor, alzándolo del suelo sin esfuerzo, como si fuera un objeto más.

"Vamos." dijo con decisión.

El número I dio un salto desde la azotea, seguido inmediatamente por los otros siete Tottengräber. Cayeron con precisión sobre un balcón situado a la misma altura que la muralla. Allí, León dejó a Bucanor y al preso, y todos avanzaron juntos hacia el frente, desplegándose y tomando posiciones defensivas.

Entonces ocurrió.

El tren surcó el cielo como un proyectil negro, pero no se detuvo, continuó su camino. Superó la muralla a toda velocidad… y de él descendieron ocho figuras.

Cayeron uno a uno, clavándose sobre la muralla con fuerza y precisión. Marco y los siete paladines quedaron alineados, firmes, desafiantes y radiantes con sus trajes negros. Lily flotaba sobre la cabeza de nuestro protagonista, brillando con intensidad.

"Vaya, vaya... Si tenemos visita." dijo León, mirándolos con furia contenida.

Las cámaras del gobierno giraron al instante, enfocando a los invasores. En cuestión de segundos, todo el mundo quedó pendiente de lo que estaba a punto de suceder.

Marco no dudó.

Movió el brazo y disparó una esfera de fuego que cruzó el aire rugiendo, impactando de lleno contra la gigantesca bandera que ondeaba en la azotea. Las llamas la devoraron al instante.

"¡¡CÓMO OSAS HERIR MI ORGULLO, CABRÓN!!" gritó Bucanor, fuera de sí, levantando las piernas por la furia. "¡¡¿¿QUIÉN TE CREES QUE ERES PARA HACER ESO??!!"

Marco sonrió. Lentamente, se quitó el guante que ocultaba su marca de elegido mientras todas las cámaras lo enfocaban, grabando aquel instante para la historia.

"¡SOY EL VERDADERO 74º EMPERADOR DE PYTHIRIA, MARCO BLANC! ¡Y HE VENIDO A HACER JUSTICIA POR MI AMIGO THEO!"

El mundo entero contuvo la respiración.

Continuará… 

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