Mientras saltaba de terraza en terraza, Ashley no apartaba del todo la atención de las pantallas holográficas que flotaban sobre distintos puntos del Der Fliegende. En ellas se proyectaba el combate entre Keipi y Rin, cada explosión de agua y viento iluminando brevemente su rostro mientras avanzaba.
"Mucha suerte, Kei..." pensaba la joven mientras impulsaba su cuerpo desde el borde de una torre hacia la siguiente.
Esta era considerablemente más alta, antes de saltar tensó los músculos, activando su magia de potenciación física. La fuerza explotó en sus piernas como un disparo, permitiéndole ganar los metros extra que necesitaba. Sus dedos se aferraron al borde superior y, con un movimiento fluido, se incorporó sobre la nueva azotea.
Apenas tuvo tiempo de estabilizarse cuando notó una presencia aproximándose a gran velocidad. Su instinto reaccionó antes que su mente. Flexionó las rodillas, adoptó una postura ofensiva y giró sobre sí misma con violencia, extendiendo el brazo.
Con la palma abierta, detuvo en seco aquello que se abalanzaba contra ella, sujetándolo con firmeza a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos se entrecerraron al reconocer la silueta metálica. Se trataba de la paloma robot de Monday.
"¿Y esto?" dijo ella, sorprendida, examinando el pequeño cuerpo mecánico que forcejeaba levemente entre sus dedos.
La paloma, tras escanear el rostro y confirmar la identidad de quien la sostenía, dejó de resistirse. Sus ojos emitieron un leve destello azulado y el pico se abrió con un suave clic mecánico. De su interior emergió la voz inconfundible de Monday, clara y serena.
“Nos vemos en el este del Der Fliegende, en lo alto de las tres torres conversas.”
"Monday..." dijo Ashley, alzando la mirada hacia el horizonte, donde se erguían las tres torres señaladas, recortadas contra el cielo agitado por la batalla. "Parece que ambas... tuvimos la misma idea. Debemos enfrentarnos." suspiró mientras una corriente de viento zarandeaba su melena y tensaba aún más la determinación en su expresión.
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Torre principal del Der Fliegende.
Desde que León fue designado como el número I de los ejecutores, decidió asumir su cargo con una seriedad casi obsesiva. No se limitó a aceptar la posición: la convirtió en una fortaleza estratégica. Solicitó que la torre principal del Der Fliegende fuese rediseñada para incluir un sistema de desagües que atravesara cada sala, pasillo y recoveco del edificio, una red invisible que serpenteaba bajo el suelo y tras los muros como un sistema circulatorio artificial.
Gracias a su dominio absoluto sobre el agua y a su agudísima percepción de energías, no necesitaba más que licuar su propio cuerpo para fundirse con aquella red subterránea y desplazarse a través de las cañerías en cuestión de segundos, emergiendo exactamente en el punto donde detectara una intrusión.
Así fue como el más poderoso de los Tottengräber se presentó ante la sanadora en menos de lo que canta un gallo. El agua brotó del desagüe, tomó forma humana y se solidificó con naturalidad inquietante, como si aquella torre fuera una extensión de su propio cuerpo. Para Nicole, la sensación fue asfixiante: no había oído pasos, no había percibido desplazamiento alguno. Simplemente… estaba ahí.
"Este tío es demasiado poderoso para mí... No puedo hacer nada, tendría que escapar..." pensaba Nicole, tragando saliva mientras la presión mágica que emanaba de León oprimía el aire y hacía que cada respiración resultara un poco más pesada.
León alzó la mano con parsimonia, como si estuviera marcando el ritmo de una orquesta invisible. En respuesta, de las finas separaciones entre las baldosas del suelo comenzaron a emerger chorros de agua a presión.
No eran simples columnas: se retorcían y ondulaban como látigos vivos, afilados por la presión, lanzándose contra Nicole desde distintos ángulos. La sanadora reaccionó por puro instinto. Dio un salto hacia atrás y, al no tener más espacio, atravesó el ventanal con la espalda, haciendo estallar el cristal en una lluvia de fragmentos. En el mismo movimiento, desplegó sus alas, que se abrieron con fuerza mientras el vacío la recibía.
En el exterior, el aire frío golpeó su rostro mientras los látigos acuáticos salían despedidos tras ella, extendiéndose desde el interior de la torre como serpientes líquidas que no pensaban soltar a su presa.
Nicole batió las alas con rapidez, ganando altura y desplazándose en círculos alrededor de la torre principal. Los chorros la perseguían con precisión antinatural, azotando el aire a centímetros de su cuerpo. Se inclinaba hacia un lado, giraba sobre sí misma, plegaba un ala para dejar que el ataque pasara rozándole y volvía a impulsarse hacia arriba. Era una danza desesperada en el cielo, con la torre como eje y los látigos dibujando estelas brillantes tras ella.
Cuando alcanzó la parte trasera del edificio, justo en el lado opuesto por el que había entrado, una explosión de cristales la alertó demasiado tarde. León irrumpió por una de las ventanas, destrozándola sin contemplaciones, y se lanzó con una precisión letal.
En pleno aire, giró el cuerpo y le propinó una patada con ambas piernas. Nicole cruzó los brazos delante del torso y logró bloquear el impacto, pero la fuerza fue tan brutal que salió despedida hacia abajo, cayendo en picado mientras el aire silbaba en sus oídos.
Antes de que pudiera estabilizar el vuelo, sintió un tirón seco en el tobillo. Un látigo de agua se había enrollado alrededor de su pierna y la detuvo en seco en mitad de la caída. El tirón la hizo jadear de dolor.
Sin darle margen de reacción, el líquido comenzó a recogerla como si fuera una presa capturada, elevándola de nuevo hacia la altura donde León se había quedado, apoyado con total calma sobre el asta de una bandera que sobresalía de la fachada.
Nicole ascendía a toda velocidad, incapaz de liberarse a tiempo. Cuando estuvo lo bastante cerca, el ejecutor no dudó. Con un movimiento brutal, le asestó una patada en el costado que la desvió como un proyectil contra el edificio.
La joven atravesó el ventanal contiguo y se estrelló contra el interior, su cuerpo demoliendo paredes y columnas menores a su paso hasta detenerse en mitad de una amplia sala, rodeada de escombros y polvo.
Con esfuerzo, Nicole se incorporó. La sangre le corría por la frente y le nublaba parcialmente la visión. Respiró hondo y activó su magia curativa; una luz suave recorrió su rostro, cerrando la herida a toda velocidad. La piel se regeneró, dejando la sangre secándose como único rastro del impacto.
León reapareció en el interior sin perder el ritmo. Se impulsó desde el marco de la ventana destrozada y se lanzó hacia ella con el puño en alto, dispuesto a aplastarla antes de que pudiera reorganizarse.
"No debiste venir tú sola, preciosura." le dijo el ejecutor con una sonrisa amenazante, descargando el golpe con intención de quebrarle el cráneo.
Nicole, sin embargo, sonrió.
Giró el cuerpo con suavidad, desplazándose apenas lo justo para que el puñetazo cortara el aire junto a su rostro. En el mismo movimiento, atrapó el brazo de su oponente a mitad de trayectoria, aprovechando su propio impulso. Con una llave de judo perfectamente ejecutada, desestabilizó al ejecutor y lo arrojó con violencia contra la pared de la sala, que crujió bajo el impacto.
"¡Oh!" se sorprendió el ejecutor, incorporándose entre los restos de piedra. "No esperaba que la nena pudiera defenderse..." comentó mientras se levantaba, sacudiéndose el polvo con una sonrisa que ya no era tan confiada como antes.
Sin embargo, cuando León alzó la vista tras incorporarse, Nicole ya no estaba allí. El polvo aún flotaba en el aire, los escombros seguían deslizándose por el suelo… pero la sala estaba vacía. Solo quedaba el hueco irregular en la pared y el eco del impacto reciente.
Ella no era tonta. Sabía perfectamente que no tenía ninguna posibilidad real de derrotar al número I en un enfrentamiento directo. Aquella llave no había sido un contraataque orgulloso, sino una maniobra de escape. En el mismo instante en que lo lanzó contra la pared, desplegó de nuevo sus alas y, sin dudarlo, salió disparada a toda velocidad por el agujero que su propio cuerpo había abierto al atravesar los muros. El viento la envolvió mientras se alejaba del edificio, priorizando distancia sobre orgullo.
"Mierda... No sabía que contaban con alguien así para defender toda la torre principal." pensaba Nicole mientras batía las alas con fuerza, ganando altura y alejándose del alcance inmediato de los desagües y ventanas. "Necesito advertir a los demás... de cómo es ese tío..."
Su respiración aún estaba agitada, no solo por el esfuerzo físico, sino por la presión que había sentido frente a León. Aquello no era un simple ejecutor más. Era un muro. Y si sus compañeros se enfrentaban a él sin información… las consecuencias podrían ser irreversibles.
"Solo rezo... que Gretel pueda pasar desapercibido ante ese defensor inexpugnable..." suspiró ella, con la mirada fija en la silueta imponente de la torre principal que se alzaba a lo lejos. "Por favor… llega hasta Theo." murmuró casi en silencio, dejando que el viento se llevara sus palabras mientras continuaba su huida.
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Zona de fuentes, Der Fliegende.
Cecily descendió con suavidad hasta aquella plaza de mármol blanco, cuyos suelos pulidos reflejaban la luz del cielo como un espejo. El lugar estaba decorado con sinuosas estatuas de formas casi oníricas y grandes fuentes ornamentales donde el agua danzaba en espirales elegantes.
Era un espacio pensado para maravillar a cualquiera que se acercase… pero ella no había aterrizado allí por su belleza. Se detuvo en seco porque la sintió. Una presencia densa, incómoda. Una sed de sangre que contrastaba violentamente con la armonía del entorno.
Giró sobre sí misma, alerta, intentando localizar el origen de aquella energía. Sus ojos recorrieron las esculturas, los bordes de las fuentes, las azoteas cercanas. Y entonces, al alzar la vista hacia una de las fuentes principales, lo vio.
Sentado despreocupadamente sobre la cabeza de la estatua de un bebé alado, con las piernas cruzadas y balanceándose con tranquilidad, estaba Remlin. El pequeño hombre cabra masticaba con calma unas patatas fritas, como si estuviera en mitad de un picnic y no en un campo de batalla.
"T-Tú..." dijo nuestra protagonista, mientras su cuerpo comenzaba a chisporrotear y la electricidad recorría su piel como una segunda capa defensiva.
"¿Quieres patatitas?" dijo él, extendiendo el paquete hacia ella con una sonrisa inocente.
"¿C-Cómo?" se sorprendió Cecily, desconcertada por el contraste absurdo entre la amenaza que sentía y la escena que tenía delante.
"Si no quieres... quizá tenga que matarte." dijo, y su voz cambió al instante: del tono dulce y casi infantil pasó a uno grave, áspero, cargado de una violencia primitiva, similar al gruñido de un ogro enrabietado.
Sin previo aviso, el tamaño de su brazo derecho comenzó a expandirse de forma grotesca. Los músculos se hincharon, los huesos crujieron y en cuestión de un segundo aquella extremidad se volvió gigantesca y monstruosa. Con un rugido, la bajó con velocidad brutal intentando aplastar a su contrincante contra el suelo de la plaza.
Pero la ladrona reaccionó a tiempo. La electricidad estalló alrededor de su cuerpo y, en un destello cegador, se desplazó a un lado, escapando del impacto por apenas unos centímetros. El brazo colosal golpeó el mármol, agrietándolo y levantando fragmentos que salieron despedidos por los aires.
"Oh, ¿esquivaste eso?" comentó Remlin con genuina sorpresa, mientras su brazo recuperaba el tamaño normal con un sonido húmedo y desagradable. Saltó con ligereza desde la fuente hasta el suelo, aterrizando a pocos metros frente a ella. "Quizá... bastaba con tomar unas patatitas juntos."
"Esta cosa tan adorable... es peligrosa..." murmuraba Cecily, manteniendo la distancia y observándolo con extrema atención, sin dejar que el chisporroteo eléctrico a su alrededor se disipara ni un solo segundo.
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Marco surcaba el cielo con aparente tranquilidad, el viento le agitaba la ropa mientras avanzaba a gran velocidad. Sobre su cabeza, aferrada con costumbre a su cabellera, Lily observaba el horizonte con curiosidad. Todo parecía en calma… hasta que la pequeña alzó la vista hacia lo alto y se quedó completamente boquiabierta, con las pupilas temblando.
"¡CUIDADO!" alarmó ella.
Nuestro protagonista reaccionó por puro instinto. Desde el cielo comenzaron a descender decenas de cristales rojos, afilados como lanzas, cayendo con una ferocidad capaz de atravesar acero. El aire silbaba a su alrededor mientras él realizaba bruscos zigzags aéreos, inclinando el cuerpo en ángulos imposibles para esquivarlos uno tras otro.
Algunos pasaron rozándole, otros explotaron al chocar contra el suelo en la distancia, levantando nubes de polvo y destellos carmesí. Cuando la lluvia cristalina cesó por fin, Marco se mantuvo suspendido en el aire, respirando con tensión, y entonces alzó la mirada.
Sobre una plataforma de cristal flotante, brillante bajo la luz del cielo, se encontraba Sergiv. El octavo ejecutor lo observaba desde las alturas con una sonrisa ladeada, las manos a la espalda, como si todo aquello no hubiese sido más que una travesura.
"Vaya, vaya... ¿será cosa del destino que nos hayamos encontrado?" sonrió él.
En ese instante, el mundo de Marco pareció comprimirse. La imagen de Shouri acudió a su mente con una claridad dolorosa: su voz, su mirada, y el recuerdo amargo de no haber tenido la oportunidad de agradecerle lo suficiente antes de que fuese vilmente asesinada por aquella misma persona que ahora tenía delante.
Algo se rompió dentro de él.
Una furia densa, casi primitiva, brotó desde lo más profundo de su pecho. El fuego comenzó a emanar de su cuerpo, primero como un leve vapor ardiente y luego como llamas vivas que lo envolvieron por completo. La temperatura ascendió de golpe, obligando a Lily a despegarse apresuradamente de su cabello para no quemarse.
"Ma-Marco..." dijo ella, flotando a su lado, inquieta ante la intensidad de aquella energía.
"¡HIJO DE PUTA! ¡PIENSO ACABAR CONTIGO!" gritó enfurecido al verlo, con los ojos ardiendo tanto como las llamas que lo rodeaban.
"¡Eso está por ver!" respondió Sergiv, sacándole el dedo del medio con una mueca desafiante desde su trono cristalino.
Continuará...
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