martes, 17 de febrero de 2026

Ch. 315 - Nacido para matar

Tras escuchar la inconfundible voz de su hermano, Gretel se detuvo en seco justo antes de poner un pie en el interior de la torre principal del Der Fliegende. El aire alrededor de la entrada parecía más denso, como si la propia estructura respirara con una cadencia siniestra. 

El joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquella voz no había resonado en sus oídos, sino en su mente, clara y cercana, como si Hansel estuviera a su lado. Durante un instante dudó de su cordura, preguntándose si la tensión del momento le estaba jugando una mala pasada.

"¿Por qué te escucho, hermano?" preguntó el joven, sorprendido y desconcertado.

"No lo sé, pero tampoco entiendo por qué a veces puedo ver a través de tus ojos..." respondió, como si realmente hubiera sido capaz de escuchar aquello.

El corazón de Gretel dio un vuelco. Aquello no era una ilusión: había respuesta, había diálogo. No era un recuerdo ni una imaginación forzada por el miedo. Era su hermano.

"¿Qué? ¡HANSEL!" exclamó, completamente impactado al escuchar la respuesta. "¿Dónde estás?"

"No sé qué está pasando, pero sé que esto no suele durar mucho tiempo. En el interior de esa torre hay un tío capaz de detectar tu poder mágico, por ínfimo que sea", explicaba rápidamente, con urgencia en cada palabra. "Usa tu magia dimensional para transmitir tu energía fuera de esta dimensión. ¡Tu poder no es solo comunicarte! ¡Cree en mí!"

Las palabras se atropellaban, como si el tiempo se deshiciera entre ambos. Gretel apretó los puños. Había tantas preguntas acumuladas, tantas noches en vela intentando averiguar por qué podía escuchar a veces su voz…

"¡Hermano! ¡Espera! ¡No respondiste mi pregunta!" comentó, nervioso, temiendo que el vínculo se desvaneciera.

Esperó unos segundos que se sintieron eternos, pero no hubo una nueva respuesta. El silencio cayó con un peso insoportable. La conexión se había cortado. El joven cayó de rodillas al suelo, mordiéndose el labio con fuerza hasta casi hacerse daño, tratando de contener la frustración y la impotencia que le oprimían el pecho.

"No sé qué ha sido eso, pero él… lo hizo para poder comunicarme sobre ese peligro..." comentó Gretel, respirando hondo para recuperar la compostura. "Él dijo que mi poder va más allá de la comunicación, que puedo mandar mi energía mágica a otra dimensión para poder entrar sin ser detectado… pero eso sería un problema."

Y nuestro protagonista tenía razón. Si enviaba toda su magia a otra dimensión, su cuerpo quedaría completamente vacío de poder. Se convertiría en un humano sin habilidades mágicas, vulnerable y corriente, como lo era Theo antes de convertirse en un portador. En un lugar como aquel, lleno de amenazas desconocidas, eso equivalía prácticamente a una sentencia de muerte.

Gretel cerró los ojos un instante y obligó a su mente a serenarse. No podía permitirse actuar por impulso.

"Debería establecer un canal de un milímetro entre dimensiones que mantenga conectada mi energía mágica conmigo, para poder recuperarla cuando haga falta", decidió en voz baja.

La idea era arriesgada, delicada como sostener un hilo de cristal en medio de un huracán. Si abría un canal demasiado amplio, su poder sería detectable. Si lo hacía demasiado estrecho, podría perder la conexión y quedarse sin acceso a su propia energía. Aun así, era la única alternativa viable.

Se sentó en el suelo detrás de una columna, buscando un punto ciego desde la entrada, y cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta y controlada. Comenzó a visualizar las capas de la realidad como velos superpuestos, intentando separar una rendija microscópica entre ambas dimensiones. 

Poco a poco, empezó a practicar, moldeando su magia con extrema precisión, ejecutando su plan antes de entrar en la torre principal. El verdadero desafío no sería el enemigo que le esperaba dentro, sino dominar un poder que apenas empezaba a comprender.

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Exterior de la torre cristalizada.

Lily seguía aporreándola con los puños, suspendida en el aire frente a la inmensa pared de cristal rojizo. Cada golpe resonaba con un eco seco y metálico que le vibraba en los brazos, pero la superficie ni siquiera se agrietaba. La translucidez carmesí dejaba ver sombras distorsionadas al otro lado, y aquello la desesperaba todavía más. Fue entonces cuando una figura descendió hasta colocarse a su altura.

"¿No puedes entrar?" le pregunta la sanadora.

"¡Nicole! ¡No...! ¡No puedo!" exclama apenada la hada.

Lily volvió a golpear con ambas manos, esta vez con más rabia que fuerza real. El impacto le hizo temblar los dedos, pero no se detuvo. Sus ojos brillaban, frustrados, mientras intentaba buscar una rendija, una fisura, cualquier debilidad. Nicole flotaba a su lado con mayor estabilidad, observando la barrera con el ceño fruncido.

"¿Y Marco? ¿Está bien?" preguntaba. "Vi que la transmisión de su combate se detuvo."

"¡No lo sé!" respondió la pequeña. "¡Solo sé... que quiero entrar!"

El tono quebrado de Lily contrastaba con la serenidad exterior de Nicole. La sanadora alzó una mano y apoyó suavemente la palma sobre el cristal. Cerró los ojos y dejó que su propia energía mágica fluyera, palpando la estructura invisible que recorría la barrera. 

Bajo la superficie rojiza latía un entramado denso, agresivo, casi vivo, como raíces entrelazadas que reaccionaban a su contacto. La vibración que percibía no era neutra: estaba impregnada de la firma de Sergiv.

"Es imposible entrar, esto está vinculado a ese Tottengräber... Si queremos atravesarlo, Marco deberá derrotarle. No hay otra alternativa." respondió la sanadora.

"¿En serio?" comentó Lily decepcionada.

Durante un segundo, bajó la mirada hacia el suelo lejano, muy abajo, como si la altura pudiera tragarse su impotencia. Luego apretó los puños otra vez, pero esta vez no contra el cristal, sino contra su propio pecho.

"Marco... ¡Dale una paliza a ese tío!"

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Interior de la torre cristalizada.

"¿Por qué? ¡¿POR QUÉ PRESUMES DE HABER COMETIDO TALES CRÍMENES?!" preguntó nuestro protagonista, con la voz temblando entre furia y dolor.

"¡PORQUE YO...! ¡YO NACÍ PARA MATAR! ¡JAJAJAJAJA!" exclamó el Tottengräber mientras se desplazaba por el interior del cristal, su silueta moviéndose como una sombra viva bajo la superficie rojiza.

Desde que nació en aquel país del sureste de Pythiria, el destino de Sergiv ya estaba forjado a fuego bajo la presión militar de su entorno. No conoció una infancia corriente, sino disciplina, órdenes y entrenamiento constante.

Fue instruido desde muy pequeño como mercenario a sueldo y empezó a trabajar como tal con tan solo diez años, cuando su cuerpo apenas había terminado de desarrollarse y su mente ya había sido moldeada para obedecer y ejecutar.

Criar a un montón de niños desde cero, inculcándoles el arte del asesinato, era la estrategia de su país para infiltrar espías que no dieran la impresión de serlo en las altas cumbres políticas de otras naciones rivales. 

Su juventud era su mejor camuflaje. Bajo apariencias frágiles y modales educados, se ocultaban asesinos perfectamente entrenados. Estos pequeños aniquilaban a sus víctimas —normalmente figuras políticas de alto rango— con precisión quirúrgica, antes de desaparecer sin dejar rastro.

Era muy habitual que ciertos miembros de la élite, corrompidos por el poder y el dinero, buscasen satisfacer deseos prohibidos y moralmente reprobables, solicitando la compañía de menores que aún no habían alcanzado la pubertad. Y era ahí donde el sistema encontraba su oportunidad. Aprovechaban esas situaciones para enviar a sus pequeños mercenarios. En la intimidad de encuentros secretos, cuando la víctima se sentía segura y fuera del escrutinio público, el niño ejecutaba la misión asignada sin titubeos.

Desde entonces, Sergiv aniquiló a todos sus objetivos sin excepción, convirtiéndose en uno de los espías y mercenarios más eficaces de su país. Su historial era impecable. No fallaba, no dejaba cabos sueltos y jamás mostraba remordimiento. Hasta que el gobierno imperial intervino y arrasó con su nación, desmantelando por completo la estructura que lo había creado.

Y, para colmo, la persona que lideró aquella fuerza militar no fue otra que la mismísima Shouri, quien se encargó de ejecutar, con su magia de rocas, a la figura que el pequeño Sergiv consideraba su padre. No era su progenitor biológico, sino el hombre que lo había entrenado, guiado y convertido en lo que era. Bajo el peso implacable de la roca y la devastación del asalto, aquella figura cayó ante sus ojos.

Tras el asalto, los menores fueron detenidos y enviados a Centhyria como prisioneros. Con el paso de los años, las autoridades reconocieron el potencial que tenía Sergiv como espía. En lugar de dejar que se pudriera en una celda, le ofrecieron la oportunidad de encubrir sus crímenes pasados y trabajar como ejecutor bajo las órdenes de Bucanor.

Y él: aceptó.

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Presente.

De pronto, varias manos enormes de cristal emergieron desde todos los ángulos de la jungla rojiza. No nacían solo del suelo, sino también de los muros y de las columnas suspendidas en el aire. Sus dedos, largos y articulados como extremidades vivas, se cerraron alrededor de nuestro protagonista, envolviéndolo por completo.

"¡Tú nunca vas a poder entender lo bien que sienta matar a alguien con tus manos! ¡Y mucho menos el matar a la persona que siempre has odiado! ¡EL SENTIR EL CORAZÓN DE SHOURI EN MI CRISTAL FUE DE LO MÁS SATISFACTORIO!" exclamó Sergiv mientras danzaba por el interior de los muros vidriados.

Su voz resonaba desde distintos puntos, rebotando en las superficies pulidas hasta volverse casi omnipresente. Su silueta se deslizaba entre las capas de cristal como una sombra atrapada dentro de un espejo, observando la asfixia de nuestro protagonista con una sonrisa torcida.

Marco contuvo el aire, forzando a su cuerpo a no entrar en pánico. Estiró los brazos todo lo que pudo en el interior de aquellas manos colosales y comenzó a absorber la energía mágica del entorno para potenciar su fuego. Cerró los ojos un instante, aislándose del dolor, concentrándose en el flujo invisible que recorría el campo. 

Pero no solo lo estaba haciendo para aumentar su fuerza bruta. Aquella técnica le otorgaba una ventaja adicional: la capacidad de leer la energía mágica del campo. Entre las corrientes que serpenteaban por la jungla de cristal, distinguió una vibración concreta, una firma distinta, una frecuencia que no pertenecía al entorno… sino a Sergiv. Y entonces supo exactamente dónde estaba.

Las manos que lo encerraban comenzaron a crujir. Finas grietas se expandieron por la superficie rojiza, como telarañas luminosas, y por ellas empezaron a filtrarse chispas azuladas. El calor aumentó de golpe. En el siguiente segundo, un estallido ígneo las rompió por completo, lanzando fragmentos de cristal en todas direcciones.

Sergiv reaccionó al instante. Desde el suelo, cientos de cristales afilados emergieron como lanzas disparadas hacia el cielo, cortando el aire con silbidos letales. Pero Marco se envolvió con su capa cubierta de fuego, que giró a su alrededor como un torbellino protector, fundiendo o desviando los proyectiles antes de que pudieran atravesarlo. Sin detenerse, descendió a toda velocidad hacia un pilar que conectaba ambas paredes, el punto exacto donde había sentido aquella firma mágica.

Desde el aire, disparó una enorme masa de fuego giratoria, comprimida y densa, que rugía como un pequeño sol. Impactó de lleno en el pilar, atravesándolo con una explosión que sacudió toda la estructura. Entre los escombros, la figura de Sergiv fue alcanzada y lanzada hacia atrás. El Tottengräber cayó al suelo ensangrentado y rodó varios metros, sorprendido.

"¿C-Cómo es posible?" dijo anonadado.

"¡NO SUBESTIMES AL VERDADERO EMPERADOR, ESCORIA!" gritó Marco enfurecido, descendiendo cubierto en llamas.

Nuestro protagonista lanzó uno de sus puñetazos más poderosos, concentrando el fuego azul en su brazo hasta hacerlo brillar con intensidad cegadora. Sin embargo, en lugar de impactar contra el cuerpo de Sergiv, colisionó contra una masa de cristal rojo.

"¿Cómo?" se sorprendió.

Sergiv alzó su brazo y disparó desde sus dedos un fragmento de vidrio comprimido que impactó directamente en el hombro de Marco. La fuerza del disparo no solo lo golpeó, sino que lo arrastró violentamente por el aire, desplazándolo a lo largo de la torre hasta estrellarlo contra la pared con un estruendo seco.

Frente a él, su enemigo comenzó a cubrirse por completo con el cristal rojo. Las placas se ensamblaban unas sobre otras, adaptándose a su silueta hasta formar una armadura reluciente y carmesí, sólida, angulosa, casi regia en su brutalidad.

"No me vas a derrotar, Marco..." dijo con una sonrisa. "¡VENIR AQUÍ HA SIDO TU MALDITA SENTENCIA A MUERTE!"

"Tsk..." murmuró nuestro protagonista mientras se levantaba con el brazo dolorido, apartando fragmentos de cristal de su ropa.

Continuará...

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