lunes, 16 de febrero de 2026

Ch. 314 - Jungla de cristal rojo

Dos cámaras mágicas lograron colarse en el interior de la torre ahora convertida en una colmena carmesí. Sus lentes flotantes atravesaron una rendija antes de que el cristal sellara por completo el exterior, captando con nitidez el instante en que el martillo rojo impactaba contra Marco y lo estampaba brutalmente contra el suelo.

La retransmisión se propagó al resto del mundo en cuestión de segundos. En ciudades, plazas y hogares, la imagen del verdadero emperador incrustado en el cristal provocó murmullos de angustia y rostros desencajados. Sin embargo, entre sus compañeros no hubo pánico: sabían que aquello no era suficiente para derribarlo.

En los cielos del Der Fliegende, Nicole surcaba el aire con determinación, impulsándose con ráfagas de viento a gran velocidad. Frente a ella flotaba una pantalla mágica que retransmitía en directo la pelea. Sus ojos no se apartaban de la figura de nuestro protagonista, envuelto en llamas azules dentro de aquella prisión cristalina.

"Marco..." dijo, observándole preocupada por un instante.

Pero la duda apenas duró un suspiro. De pronto, las piezas comenzaron a encajar en su mente con una claridad repentina. Si alguien podía enfrentarse a León y derrotarlo, no era otro que Marco. Nadie más poseía el potencial necesario para igualar ese nivel.

Eso no cambiaba su misión, solo el siguiente paso que debía dar.

No podía permitir que Marco llegara debilitado al enfrentamiento contra León, el más poderoso de los Tottengräber. Si alguien tenía opciones reales de derrotarlo, era él… pero necesitaba estar en plenas condiciones. 

Por eso debía localizar la torre de cristal, esperar a que terminara su combate contra Sergiv y, en cuanto todo acabara, curarlo y contarle lo que sabía sobre ese monstruo. Y ahora que la estructura se había convertido en una gigantesca aguja roja, encontrarlo sería mucho más sencillo.

"¡Marco... podrá derrotar a ese tío!" pensaba mientras aceleraba aún más.

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Exterior de la torre de cristal.

Lily golpeaba con desesperación las paredes de cristal rojizo que recubrían la torre, sus pequeños puños chocaban una y otra vez contra la superficie translúcida que vibraba levemente con cada impacto. Desde el interior apenas podía distinguir siluetas distorsionadas por el brillo carmesí, destellos azules y explosiones que sacudían la estructura. Sus alas batían con fuerza, manteniéndola suspendida frente al muro mientras el pánico le apretaba el pecho.

"¡Marco!" gritó con todas sus fuerzas, apoyando la frente contra el cristal, como si así pudiera atravesarlo. "¡NO PUEDO ENTRAR! ¡MARCO!"

El cristal no cedía. Y aun así, volvió a golpear. Y otra vez. Y otra más. Sus nudillos empezaron a dolerle, pero no se detuvo. Aunque la razón le dijera que era inútil, su corazón se negaba a quedarse quieto mientras Marco luchaba solo al otro lado de aquella prisión roja.

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Interior de la torre.

Marco se incorporó lentamente, con el cuerpo aún resentido por el impacto contra el suelo de cristal. Sus llamas azules chisporroteaban alrededor de sus hombros cuando, sin previo aviso, dos enormes pilares carmesí emergieron de las paredes laterales y se lanzaron contra él como lanzas colosales.

Reaccionó por puro instinto: flexionó las piernas y saltó, girando en el aire para esquivarlos por escasos centímetros. Las columnas continuaron su trayectoria y, en lugar de detenerse, atravesaron el espacio donde flotaban las dos cámaras mágicas que retransmitían el combate. Ambas estallaron en fragmentos luminosos, cortando la señal en todo el mundo en un parpadeo abrupto. Demasiado preciso para ser casual.

"¡Así mejor! ¡Que nadie nos escuche!" dijo el Tottengräber.

El silencio posterior se volvió opresivo. Ya no había testigos. Solo la jungla de cristal respirando a su alrededor.

Ignorando a su contrincante, Marco juntó las manos frente al pecho. El fuego azul se condensó entre sus palmas, vibrando con intensidad creciente, hasta que lanzó varias esferas ígneas en rápida sucesión contra el pilar donde se encontraba Sergiv.

Pero, justo antes del impacto, el ejecutor se hundió en el cristal como si este fuera agua, desapareciendo por completo. Las esferas chocaron contra la estructura y la hicieron estallar en una explosión de fragmentos rojizos.

"¿Sabes? ¡Lo mejor de todo aquello fue ver vuestras caras de confianza cuando nos conocimos por primera vez! ¡No teníais ni la menor idea de que me convertiría en una de vuestras peores pesadillas! ¡JAJAJAJAJA!" exclamaba mientras su voz resonaba por toda la jungla rojiza.

El eco rebotaba en cada superficie, imposible de ubicar con precisión. Marco giraba sobre sí mismo mientras aterrizaba, atento a cualquier vibración, a cualquier alteración en el cristal vivo que los rodeaba. Y entonces ocurrió.

Desde el suelo, justo a su espalda, Sergiv emergió de golpe y le asestó un poderoso puñetazo en la zona lumbar. El impacto sacudió su cuerpo y lo obligó a inclinarse hacia delante, mientras el aire escapaba de sus pulmones. Aun con el dolor latiéndole en la espalda, apretó los dientes, se giró con rabia y lanzó un puñetazo directo al rostro de su rival.

Sin embargo, el ejecutor volvió a hundirse en el suelo en el último instante. El puño de nuestro protagonista chocó contra el cristal sólido con un crujido seco. El suelo se fragmentó bajo la fuerza del golpe… y la piel de sus manos se abrió, rompiéndose los nudillos por el impacto.

"¡No sabes las ganas que tenía de que Straciatella saliera de su disfraz y me permitiese traicionaros! Aunque lo mejor fue sin duda alguna... ¡Matar a Shouri!" se reía malvadamente.

"¡Cállate!" gritó nuestro protagonista enfurecido, alzando la mirada, con los ojos ardiendo en azul intenso.

"¡JAMÁS! ¡NO SOY CAPAZ DE OLVIDAR LA CARA DE ESA LEYENDA AL VER CÓMO MI CRISTAL PERFORABA SU CORAZÓN Y ACABABA CON SU VIDA! ¡FUE TAN INCREÍBLE QUE SE ME PUSO DURÍSIMA!" gritaba por todo el lugar.

La jungla respondió a su excitación. Cientos de puños de cristal emergieron del suelo como raíces violentas y comenzaron a golpear a Marco desde todos los ángulos. Impactaban en su torso, en sus costillas, en su espalda, lanzándolo de un lado a otro dentro de aquella prisión roja, mientras el cristal crecía y se retraía al ritmo de la risa de Sergiv.

"¡ERES UN CABRÓN!" gritó nuestro protagonista enfurecido.

El eco de su voz retumbó por toda la jungla rojiza. Marco chocó ambos puños y, al contacto, el fuego azul explotó hacia el exterior con una violencia desatada. La onda térmica se expandió en todas direcciones, resquebrajando y pulverizando los puños de cristal que lo golpeaban sin descanso. 

Aprovechando esa apertura, aceleró a una velocidad vertiginosa. Su figura se convirtió en un borrón azulado y, en un parpadeo, alcanzó a Sergiv justo cuando este emergía parcialmente del suelo. Lo agarró con fuerza de la cara, hundiéndole los dedos entre las mejillas y la mandíbula, y lo arrancó del cristal con violencia. Sin soltarlo, lo arrastró por el interior de la torre, atravesando picos y relieves carmesí, hasta estamparlo brutalmente contra una gruesa columna que estalló en una lluvia de fragmentos.

"¡Jajajaja! ¡ESTO NO ES SUFICIENTE! ¡ASÍ NO ME DERROTARÁS JAMÁS!"

El enemigo, aún incrustado en la columna destrozada, se hundió de nuevo hacia atrás, fusionándose con el cristal a su espalda y desapareciendo ante los ojos de Marco.

Antes de que pudiera reaccionar, un látigo de vidrio emergió detras él y se enroscó alrededor de su cuello. La presión fue inmediata y asfixiante. El cristal tiró con fuerza y lo lanzó hacia atrás, estampándolo brutalmente contra una de las paredes rojizas. La superficie vibró con el impacto.

Sergiv emergió entonces desde un pico de cristal cercano. Su torso brillaba con vetas carmesí mientras extendía los brazos. De su cuerpo comenzaron a dispararse cientos de sierras giratorias vidriadas, discos afilados que giraban a toda velocidad y cortaban el aire en dirección a Marco.

Atrapado por el látigo, nuestro protagonista intentaba arrancárselo del cuello con las manos ensangrentadas, pero la presión era demasiado fuerte. Las sierras se acercaban. Sin margen de tiempo, apoyó ambos pies contra la pared tras él y, desde los talones, liberó una inmensa cantidad de fuego azul. La explosión quebró el muro, agrietó el látigo y lo lanzó hacia delante. Se liberó en el último instante, justo cuando las sierras atravesaban el espacio que ocupaba un segundo antes.

Cayó al suelo, rodó hacia adelante para disipar la inercia y aterrizó con ambos pies firmes. Con un gesto brusco, se arrancó del cuello los restos de cristal incrustados en su piel. Sergiv volvió a disparar fragmentos vidriados en ráfagas rápidas, pero Marco comenzó a correr en zigzag, esquivándolos por centímetros mientras estos explotaban a su alrededor.

Sin frenar, impulsó fuego bajo sus pies y ascendió envuelto en llamas, transformándose de nuevo en un pequeño fénix azul. Su velocidad alcanzó un punto óptimo, una línea recta perfecta de energía ardiente. Embistió de lleno a Sergiv en pleno vuelo.

El Tottengräber salió despedido por los aires. Rodó sin control, chocando contra múltiples formaciones de su propia jungla de cristal, destrozándolas en cadena hasta impactar violentamente contra el techo de la torre. Allí quedó incrustado unos segundos, escupiendo sangre, antes de fundirse nuevamente con la superficie y desaparecer en ella.

"¿Por qué? ¡¿POR QUÉ PRESUMES DE HABER COMETIDO TALES CRÍMENES?!" preguntó nuestro protagonista, con la voz temblando entre furia y dolor.

"¡PORQUE YO...! ¡YO NACÍ PARA MATAR! ¡JAJAJAJAJA!" exclamó el Tottengräber mientras se desplazaba por el interior del cristal, su silueta moviéndose como una sombra viva bajo la superficie rojiza.

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Torre principal.

Gretel llegó agotado hasta una de las entradas laterales, mucho más alejada del centro de la estructura principal. Su respiración era pesada, pero en sus ojos había determinación. Miró hacia atrás una última vez y esbozó una leve sonrisa de alivio.

"Heh... al fin pude llegar sin ser descubierto..."

Frente a él se alzaba la entrada secundaria, más discreta, menos vigilada. Sabía que aquel era el punto perfecto para infiltrarse. Dio un paso al frente, decidido a cruzar el umbral, cuando una voz resonó de repente dentro de su mente.

"¡No lo hagas!" le dijo Hansel.

Gretel se detuvo en seco. Sus pupilas se dilataron.

"¿Otra vez?" se sorprendió el joven, mirando a su alrededor aunque sabía que su hermano no estaba allí físicamente. "¿Por qué...? ¿Por qué te escucho, hermano?"

Continuará...

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