Con la derrota de Sergiv, la torre de cristal donde ambos estaban encerrados comenzó a derrumbarse a pedazos, lentamente. Las grietas que antes recorrían las paredes como simples fisuras se abrieron ahora como heridas profundas, expandiéndose por columnas, techos y suelos.
El cristal rojizo crujía con un sonido agudo y desgarrador, mientras enormes fragmentos se desprendían y caían al vacío, estallando contra las estructuras inferiores. La jungla de cristal que antes parecía imponente se estaba desmoronando junto con su creador.
"¡Se está cayendo!" dijo Lily, asustada, ocultándose tras la cabeza de Nicole.
"¡Pues claro! ¡Eso es que Marco ha debido derrotarle!" sonrió la sanadora.
"¡AH! ¡Es verdad!" dijo la pequeña, emocionada, dándose cuenta del detalle.
Nicole retomó el vuelo, introduciéndose en el interior mientras esquivaba los fragmentos que caían al suelo como lluvia afilada. Sus alas trazaban movimientos precisos entre las esquirlas flotantes y las columnas que colapsaban.
Una vez dentro, descendió lentamente junto al hada, que se quedó enganchada a su cabellera, aferrándose con fuerza para no salir despedida. Pero cuando finalmente atravesaron la nube de polvo y cristal… ambas se quedaron boquiabiertas al ver lo que estaba ocurriendo.
Sentado sobre su oponente, Marco descargaba su rabia contenida dándole puñetazos en la cara sin cesar. Cada impacto resonaba con un sonido sordo y brutal, salpicando el suelo con sangre que se mezclaba con los restos de cristal pulverizado. Su respiración era errática, animal, y sus ojos no reflejaban victoria… solo furia desatada.
"¡Marco!" gritó Lily, sorprendida al verle así.
"Esa aura... es la misma que aquella vez cuando nos conocimos..." murmuró Nicole, recordando el momento en el que Keipi estaba inestable y a punto de morir y la oscuridad rodeaba el corazón de Marco debido a su impotencia y dolor.
"¡Tenemos que hacer algo!" dijo el hada, volando hacia él y aferrándose a su cabellera. "¡Detente! ¡Tú no eres así!" le gritaba.
"¡Cállate! ¡ESTE CABRÓN MATÓ A SHOURI! ¡¿CREES QUE ME VOY A CONFORMAR CON MENOS?! ¡ELLA ERA MI AMIGA!" gritaba enfurecido, con lágrimas desbordándose de sus ojos, mientras desencajaba la mandíbula de su oponente de un puñetazo brutal.
"¡PARA, POR FAVOR! ¡LO VAS A MATAR, MARCO!" gritó Lily entre lágrimas, poniéndose delante de él.
"¡ESO QUIERO!" gritó enfurecido, alzando el puño.
Entonces, Nicole lo abrazó por la espalda, emanando un montón de energía calmada y sanadora. Una luz suave comenzó a envolverlos, contrastando con el rojo violento del entorno derrumbándose.
"Ya está bien... Marco..." dijo. "Shouri no querría que hicieras esto."
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Entrada a la torre principal.
Gretel seguía escondido entre las sombras del complejo, pegado a una de las estructuras exteriores como si formara parte de ella. Su presencia era tan mínima, tan cuidadosamente amortiguada, que hasta las cámaras de vigilancia lo habían ignorado por completo. Los sensores no registraban variaciones de energía, ni cambios térmicos relevantes. Era como si no estuviera allí.
Aquello le había dado el tiempo y la oportunidad perfecta para experimentar con su magia sin ser visto por el enemigo, concentrando todo su esfuerzo en un único objetivo.
Una brisa suave removió su flequillo, apartándolo ligeramente de sus ojos. En ese instante, el joven los abrió de golpe. Había logrado la conexión.
"¡Lo hice! ¡Lo hice!" sonrió, emocionado.
Aunque no era visible para nadie, él podía sentirlo con total claridad: un hilo de poder mágico salía de su cuerpo y se extendía más allá del plano físico, atravesando el espacio como una aguja que perfora un velo invisible. Cruzaba otra dimensión, vibrando con una frecuencia casi imperceptible.
Era el hilo más fino que había sido capaz de crear, tan delgado que apenas alteraba el flujo natural de la energía a su alrededor. Si lo hubiera hecho más grueso, habría llamado la atención. Así, en cambio, era como una costura secreta entre mundos.
"Ahora... solo queda probar si así funcionará." se puso ligeramente nervioso.
Gretel se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la ropa, y comenzó a andar con paso calmado, aunque por dentro su corazón latía con fuerza. Mantenía la mirada fija al frente mientras avanzaba hasta cruzar el umbral de la puerta que le permitía entrar al interior de la torre. No dudó. Si la conexión fallaba, lo descubrirían al instante.
Una vez dentro, con una gota de sudor recorriendo su rostro, comenzó a pasear con lentitud, examinando cada centímetro de aquel pasillo blanco. Las paredes eran lisas e impolutas, iluminadas por una luz uniforme que no dejaba sombras donde esconderse. Pasó un minuto. Luego otro. Nadie activó una alarma. Nadie giró la cabeza. Nadie reaccionó.
Aunque no era consciente aún de la habilidad de León, nuestro protagonista pudo apañárselas para no ser detectado por el ejecutor del agua. Aquella sutileza mágica le permitía deslizarse entre los sistemas de vigilancia y la percepción enemiga como un susurro. Y eso le daba una ventaja crucial: avanzar sin obstáculos hasta llegar a Theo.
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Zona de las fuentes.
Con una agilidad que desafiaba toda lógica, Cecily esquivó el monstruoso puñetazo de Remlin. El brazo del ejecutor había mutado en una extremidad gigantesca, hinchada y deformada, cuya piel parecía palpitar como si tuviera vida propia.
Y no era solo un simple aumento de tamaño: se retorcía y se ondulaba como una serpiente colosal, persiguiéndola con movimientos impredecibles, intentando atraparla entre sus dedos como si fuera una presa diminuta. El aire silbaba cada vez que aquella masa impactaba contra el suelo, las fuentes o las columnas, levantando polvo y fragmentos de piedra.
Cecily no se detuvo. Saltaba de columna en fuente con una precisión casi coreográfica, usando cada estructura como punto de apoyo mientras el gigantesco brazo arrasaba con todo a su paso.
Las columnas estallaban en pedazos, las fuentes se quebraban en una lluvia de mármol y agua, y el estruendo hacía temblar el lugar. Sin embargo, sus ojos no mostraban pánico, sino cálculo. No estaba huyendo: estaba guiando el ataque.
Tenía un objetivo claro en mente: hacer que aquella aberración colisionara contra uno de los muros de una torre cercana y dejarla encajada, inutilizada por su propio impulso descontrolado.
Cuando se acercó lo suficiente a una de las torres laterales, fingió un pequeño tropiezo, provocando que el brazo se lanzara con más violencia todavía. La mano atravesó la pared con un estruendo brutal, incrustándose en el interior de la estructura. Fue el instante que Cecily estaba esperando.
La joven cayó con precisión sobre el antebrazo deformado, apoyando ambos pies sobre la superficie rugosa y palpitante. Su cuerpo comenzó a chispear, y la electricidad la envolvió como una segunda piel, tomando la forma de Fenrir. La silueta del lobo eléctrico rugió sin sonido mientras ella salía disparada hacia delante a una velocidad vertiginosa, convertida en un rayo viviente.
Cuando estuvo lo bastante cerca, extendió el brazo derecho y la energía se concentró en su mano, expandiéndose hasta formar una enorme zarpa eléctrica. Las chispas crepitaban con violencia, iluminando su rostro decidido. Lanzó el golpe directo al torso de Remlin, convencida de que aquel impacto decidiría el intercambio.
Pero, en un pestañeo —como si la realidad misma hubiera sido alterada— el gigantesco brazo desapareció sin dejar rastro. El cuerpo de Remlin se desdibujó y, en el mismo segundo, se dividió en dos ejecutores idénticos, perfectamente sincronizados. Ambos esquivaron el zarpazo con un simple desplazamiento lateral, dejando que la energía rasgara el aire vacío.
Cecily, incapaz de frenar en pleno impulso, impactó contra el suelo y derrapó varios metros, clavando los pies con fuerza para no perder el equilibrio. El suelo se agrietó bajo sus botas mientras levantaba la vista, completamente sorprendida por lo que acababa de presenciar. Aquello no era una simple técnica de velocidad ni una ilusión evidente. Lo que había visto desafiaba su comprensión inmediata del combate.
"¿Q-Qué clase de magia es esa?" exclamó sorprendida.
Uno de los Remlin ladeó la cabeza con una sonrisa burlona, mientras el otro cruzaba los brazos con gesto arrogante.
"¡Jajaja! ¡No la entenderías!" dijo el de la derecha.
El de la izquierda dio un paso al frente, señalándola con desprecio.
"¡Es magia avanzada, y los elfos sois demasiado tontos para entenderla!" comentó.
La electricidad volvió a chispear alrededor del cuerpo de Cecily, esta vez más intensa, más salvaje. Sus ojos se afilaron con una mezcla de furia y determinación.
"¡Serás!" replicó ella molesta.
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Oficina de Bucanor.
El líder de los Tottengräber atravesó las puertas de su despacho con paso firme, arrastrando a Theo sin el menor cuidado. El despacho era amplio, elegante y frío, decorado con estanterías repletas de documentos estratégicos y reliquias que simbolizaban su autoridad.
Sin decir una sola palabra, lo lanzó sobre el sofá de cuero con brusquedad. El pequeño rebotó ligeramente antes de quedar tendido boca abajo. Bucanor, visiblemente irritado, se acomodó en su silla tras el escritorio con un movimiento seco, como si necesitara imponerse incluso al mobiliario.
"Si tan solo estas esposas no me impidieran usar los poderes de Horacio, podría flotar e irme bien lejos." pensaba el pequeño, tendido en el sofá, intentando levantarse como podía con las manos atadas tras su espalda.
Las esposas brillaban tenuemente con sellos mágicos grabados en su superficie, anulando cualquier intento de canalizar energía. Theo apretaba los dientes mientras trataba de incorporarse, apoyando el hombro y rodando torpemente hasta quedar medio sentado. Cada movimiento era incómodo, humillante… pero no iba a rendirse.
Bucanor estaba enfurecido. Desde su silla, observaba por la ventana una enorme pantalla flotante que retransmitía el caos en el exterior. Sus dedos golpeaban el reposabrazos con impaciencia, y una vena se marcaba con claridad en su frente.
"¿Cómo han podido irrumpir como si nada? ¡¿Es que me quieren hundir delante de todos?!" exclamó.
Su voz retumbó en la estancia. Para él no era solo una invasión: era un desafío público a su autoridad, a su imagen, a su legado como líder de los Tottengräber.
Theo, todavía dolorido, levantó la cabeza. Sus ojos temblaban… pero no por miedo.
"Y lo harán..." dijo Theo, llenándose de valor. "¡Marco es el verdadero emperador y nadie podrá derrotarlo! ¡Entendido!"
El silencio que siguió fue denso, peligroso.
Bucanor se levantó de golpe, haciendo que la silla chirriara contra el suelo. Caminó hasta la pared donde colgaba su látigo ceremonial —negro, grueso, reforzado con runas de impacto— y lo arrancó de su soporte.
En dos zancadas estuvo frente a Theo. El chasquido cortó el aire antes de que el pequeño pudiera reaccionar. El golpe le alcanzó en la cara, lanzándolo desde el sofá hasta el suelo con violencia.
"Vuelve a decir eso si te atreves." dijo, dando un golpe con el látigo al suelo.
El sonido del cuero contra el mármol resonó como una amenaza final.
La sangre comenzó a deslizarse lentamente desde la mejilla de Theo, goteando sobre el suelo pulido. El escozor era intenso, punzante. Su visión se nubló por un segundo… pero algo dentro de él ardía con más fuerza que el dolor.
"Ellos... ganarán. ¡NI TUS TOTTENGRÄBER PODRÁN DERROTARLES, PERDEDOR!" replicó.
Su voz se quebró al final, pero no perdió firmeza. No era una provocación infantil: era una declaración de fe.
Los ojos de Bucanor se abrieron con furia desmedida.
"¡Te vas a cagar!" exclamó enfurecido.
El pequeño cerró los ojos un instante, mientras veía en su mente los rostros de Marco, Keipi, Ashley… todos ellos luchando.
"Chicos... ganad esta batalla... ¡Quiero volver con vosotros!" pensó el pequeño antes de recibir un segundo latigazo.
El golpe resonó más fuerte que el primero. Y aun así, no gritó.
Continuará…
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