Poco después de que el sol se ocultase, Romevere fue atacada por los ogros con el objetivo de hacerse con el arma mítica que yacía en el templo de Akitazawa.
Estos se habían dispersado por toda la aldea, causando caos allá por donde pasaban: quemaban las tierras, arrasaban los huertos, atacaban a cualquier inocente que se interpusiera en su camino e incluso destruían el mobiliario urbano.
Para detenerlos, Marco y Keipi tomaron la decisión de separarse y ayudar a los civiles que pudieran estar en apuros, al mismo tiempo que reducían el número de enemigos.
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Alrededores de la escuela.
Un grupo de chavales aterrorizados corría por las calles empedradas mientras sus gritos se mezclaban con el estruendo de unos pasos descomunales tras ellos. La causa de su huida era un gigantesco ogro de piel rojiza, cubierto de cicatrices y con los colmillos asomando entre unos labios resecos. Empuñaba un martillo oxidado casi tan grande como él, y lo zarandeaba de un lado a otro con intención clara de aplastar todo lo que alcanzara.
"¡De un martillazo os haré papilla! ¡Juajuajuajua!", exclamó con una risa sádica que retumbó entre las fachadas.
En la confusión, uno de los pequeños tropezó con un bordillo y cayó de bruces contra el suelo. El impacto le arrancó el aire de los pulmones y, al darse la vuelta, el pánico lo paralizó. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control mientras veía cómo los demás seguían corriendo, cada vez más lejos. Durante un segundo eterno, creyó que ese sería su final.
El ogro alzó el martillo sin dudarlo, dispuesto a descargar un golpe definitivo. No pensaba dejar escapar una presa tan fácil. Sin embargo, justo cuando el arma descendía con violencia, una figura irrumpió en escena con la velocidad de un relámpago.
El filo de una espada —desafilada pero firme— cortó limpiamente el mango del martillo, separando la cabeza metálica del resto del arma antes de que pudiera impactar.
"¡Keichiro!", gritó el pequeño, reconociéndolo al instante.
"Ve a uno de los refugios, yo me ocupo de este tipo", le ordenó el monje con un tono calmado, sin apartar la vista del monstruo.
El chaval se puso rápidamente en pie y echó a correr sin mirar atrás, depositando toda su confianza en quien acababa de salvarle la vida.
El ogro rugió, enfurecido, y lanzó un puñetazo directo hacia su nueva presa. Pero con una agilidad impresionante, Keipi se echó a un lado en el último instante, dejando que el golpe atravesara el aire.
Aprovechando la inercia del enemigo, saltó y aterrizó sobre su antebrazo, comenzando a correr por él mientras una fina capa de agua envolvía su espada, ondulando como una corriente viva lista para desatarse.
"¿Agua? ¿Qué vas a hacer? ¡¿Quitarme la sed?!", se burló el ogro, soltando una carcajada ronca y cavernosa.
El joven no respondió. Sus ojos permanecieron serenos, concentrados.
Al alcanzar el hombro de la criatura, flexionó las piernas y saltó con impulso, elevándose por encima de la cabeza del monstruo. Desde esa posición privilegiada, giró el torso y canalizó el flujo que envolvía su espada, transformándolo en un chorro compacto que disparó directamente hacia las fosas nasales del oponente.
"¡ESO ES UN TRUCO SUCIO! ¡GAAGH!", rugió la bestia, llevándose las manos al rostro mientras retrocedía a trompicones. El agua se había colado con violencia por su nariz, obligándolo a inhalar de forma descontrolada y nublando por completo sus sentidos.
Keipi aterrizó con ligereza sobre el pavimento. Volvió a recubrir su espada con agua, pero esta vez la comprimió hasta convertirla en un filo presurizado, fino y vibrante, que silbaba por la tensión acumulada. Con un movimiento diagonal, liberó un corte a distancia.
La hoja acuática impactó en el torso del ogro con la fuerza de una cuchilla invisible, abriéndose paso y proyectándolo hacia atrás. El gigante cayó de espaldas con un estruendo seco que hizo temblar el suelo, quedando inconsciente al instante.
"Uno menos... y sin apenas daños a la zona", jadeó Keipi, permitiéndose por fin bajar la guardia.
El monje había derribado ya a unos quince ogros de tamaño humano y a dos gigantes en su avance hacia el colegio. Su respiración seguía siendo firme, pero el esfuerzo empezaba a acumularse en sus músculos.
Aunque la resistencia de los ogros solía ser bastante uniforme independientemente de su tamaño —su piel gruesa y su densidad muscular los convertían en auténticas murallas vivientes—, Keipi sabía que las verdaderas amenazas no eran los brutos sin más, sino aquellos que habían evolucionado y obtenido un título especial, como un 'sabio ogro' o un 'rey ogro'.
Esos individuos no solo poseían mayor fuerza, sino también inteligencia estratégica e incluso dominio rudimentario de técnicas mágicas. Afortunadamente, el clan enemigo solo contaba con dos figuras de ese nivel, y ninguna de ellas estaba involucrada directamente en esta incursión nocturna... pero eso no significaba que no fueran a inmiscuirse pronto. Si la batalla se prolongaba o si percibían que sus tropas estaban siendo superadas, aparecerían.
Aunque el número de enemigos era menor que en el asalto anterior, los ogros seguían teniendo capacidades físicas muy superiores a las de los humanos promedio. Un solo descuido bastaría para que uno de esos puños descomunales aplastara a un aldeano.
La mayoría de los habitantes de Romevere eran personas comunes, gente dedicada al comercio, la artesanía o el cultivo, sin interés ni experiencia en magia, con contadas excepciones. Eso hacía la situación aún más crítica: cada minuto que los ogros permanecían en la ciudad era una amenaza directa para ellos.
El monje apretó con más fuerza la empuñadura de su espada. Sabía que debía mantenerse firme, conservar energía y resistir hasta que los líderes ogros decidieran aparecer en el campo de batalla. Esa sería la verdadera prueba que deberían afrontar. Y cuando ese momento llegara, no habría margen para el error.
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Por otra parte, Marco surcaba el cielo de la ciudad con una agilidad casi instintiva. La luz de los incendios dispersos se reflejaba en su silueta mientras Lily permanecía sentada sobre su cabellera, aferrada con naturalidad.
Desde aquella posición, ambos tenían una vista clara de las calles de Romevere. Cada vez que nuestro protagonista divisaba a alguien en apuros, descendía en picado sin titubear y neutralizaba al enemigo antes de que pudiera causar más daños.
"¡Marco! ¡Por el noreste!", exclamó la hada, señalando con insistencia hacia el suelo.
En el punto que indicaba, un ogro de piel violeta con un único ojo amarillento que brillaba en la penumbra, acechaba a un anciano que apenas podía mantenerse en pie. El hombre retrocedía torpemente, apoyándose en un bastón que temblaba tanto como sus manos.
Sin dudarlo, nuestro protagonista se lanzó en un descenso vertiginoso. El viento silbó a su alrededor hasta que aterrizó con firmeza entre el señor y el oponente. Con determinación, colocó su mano derecha sobre el estómago de la criatura antes de que esta pudiera reaccionar.
"¡Piérdete!", exclamó mientras generaba una esfera de fuego concentrado que liberó a quemarropa.
El impacto fue devastador. La explosión ardiente envolvió el torso del ogro y lo lanzó varios metros hacia atrás. Su cuerpo rodó por el suelo entre chispas y humo hasta quedar inconsciente, completamente fuera de combate.
Lily voló hasta el anciano para comprobar su estado.
"Está despejado por esa calle. Diríjase a la plaza, allí están reuniendo a los civiles", le indicó con voz firme pero amable, señalando la ruta más segura.
El hombre asintió agradecido antes de alejarse con paso apresurado, mientras Marco ascendía de nuevo para observar a su alrededor, evaluando la situación.
"Parece que el número de enemigos se está reduciendo", comentó, con una mezcla de alivio y cautela.
"Sí... y es lógico", respondió Lily, cruzándose de brazos mientras flotaba frente a él. "Si tenemos en cuenta lo que nos contó Keipi, de que hace poco hubo otro asalto en el que ambos bandos sufrieron bajas, es normal que esta vez no tengan la misma intensidad."
"Claro, pero el problema es que ellos los superan en número, y poco a poco están debilitando sus defensas", dijo Marco, frunciendo el ceño con preocupación. "Tal vez lo mejor que podemos hacer ahora es quedarnos y ayudarles hasta que esto quede resuelto."
"¡Sí! ¡Creo que eso es lo que haría un buen emperador!", respondió Lily con una gran sonrisa.
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Había pasado una hora y tanto Marco como Keipi seguían enfrentándose a los ogros de la ciudad, derrotándolos uno tras otro, deseando que la batalla terminase de una vez.
Nuestro protagonista acababa de noquear a un enemigo gigante cuando un inesperado grito lo sacó de su concentración.
"¡Marco!"
Al girarse, vio a Lily atrapada entre los dedos de un ogro de un solo ojo y piel anaranjada, que la sostenía con una sonrisa siniestra.
"Jijiji... Si te mueves, la aplasto como a una cucaracha", se burló.
Pero nuestro protagonista no sentía miedo ante esa amenaza; solo necesitaba acelerar con sus llamas para salvarla. Y eso era exactamente lo que iba a hacer... hasta que un dolor agudo atravesó su hombro, aún dolorido por su enfrentamiento anterior con el Arbolansa.
Cayó de rodillas, soltando un leve quejido.
"¡Mierda!" exclamó
"¡No! ¡Tus heridas se van a volver a abrir!" gritó Lily, aterrorizada.
"¡Qué inútil, ni siquiera puedes ponerte de pie! ¡Los humanos sois patéticos!" exclamó el ogro, regodeándose.
De repente, un filo cortó su brazo, y cayó al suelo liberando a Lily, que voló directa hacia Marco.
El oponente se giró y vio al monje, con espada en mano. Y en un pestañeo un potente chorro de agua impactó en su plexo solar, lanzándolo por los aires, dejándolo inconsciente.
"¡Gracias, Keipi! ¡Nos salvaste!" exclamó Lily, posándose sobre la cabeza de Marco, que aún luchaba contra el dolor.
"Gracias...", murmuró nuestro protagonista, débil pero sincero.
Sin decir palabra, Keipi le dio un suave golpe en la cabeza con el mango de su espada.
"¡Auch!" se quejó Marco.
El monje lo ayudó a levantarse, pasando su brazo por detrás de su cuello, y avanzaron juntos.
"Idiota... Te dije que no hicieras locuras mientras te curabas", le regañó, suavizando luego el tono: "Pero gracias por echarnos un cable."
"No tienes que darme las gracias... Esto es lo que haría un emperador por su gente, ¿no?", respondió Marco, intentando sonreír pese al dolor.
"Tienes razón", murmuró Keipi, esbozando una leve sonrisa bajo su melena negra.
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Cuarto de hora después...
Los ogros comprendieron que no podían avanzar más allá de la plaza. Su número se había reducido a menos de la mitad gracias a la intervención de Marco y Keipi, por lo que el más astuto entre ellos dio la orden de retirarse estratégicamente.
Con cuidado, cargaron a sus compañeros inconscientes y, en menos de cinco minutos, habían abandonado Romevere por completo. La campana volvió a resonar, pero esta vez no anunciaba peligro ni alarma: señalaba que la segunda incursión enemiga había concluido sin mayores problemas.
Una vez más, todo terminó sin bajas innecesarias y con daños mínimos a la infraestructura. Los edificios apenas habían sufrido rasguños, y la pérdida más notable fue un par de hectáreas de huerto quemadas. Sin embargo, aquello no representaba un problema grave: la aldea contaba con amplias extensiones de cultivo, suficientes para mantener la producción de alimentos.
Además, Romevere era más próspera que los típicos pueblos mineros, gracias a la combinación de su floreciente agricultura, la exportación de productos de temporada y los recursos de sus bosques colindantes.
Cuando la campana dejó de sonar, los aldeanos comenzaron a reunirse en la plaza, visiblemente aliviados y felices. Pronto comenzaron a preparar la celebración: sacaron un enorme caldero y se dispusieron a cocinar gachas de maíz para todos, un plato sencillo pero nutritivo que simbolizaba unidad y supervivencia.
Aunque Keipi sabía que aún le esperaba la cena en el templo, decidió quedarse con los vecinos para asegurarse de que todo estuviera bajo control y ofrecer su apoyo en caso de necesitarlo. Marco y Lily lo acompañaron sin dudar, conscientes de que la seguridad de la aldea dependía de su presencia.
Con todos los tazones llenos y los aldeanos asentados alrededor de la hoguera, encendieron un fuego en el centro de la plaza y comenzaron a bailar a su alrededor. Las llamas iluminaban los rostros cansados pero felices, mientras el humo se elevaba suavemente hacia el cielo nocturno.
"¿Qué hacen?" preguntó Lily, curiosa mientras degustaba sus gachas, observando cómo los aldeanos giraban y se movían al ritmo de sus cánticos.
"Es una costumbre en Romevere celebrar los buenos acontecimientos con este tipo de mini festivales", explicó Keipi, terminando su tazón con calma. "Bailan alrededor de la hoguera para agradecer a los dioses por haberles protegido. También creen que así atraen la buena suerte y aseguran que todo siga yendo bien para la aldea."
"La verdad... no entiendo estas cosas", comentó Marco, pensativo mientras miraba a su alrededor. "En Plactown nunca celebrábamos nada. Solo trabajábamos y, cuando había tiempo libre, nos reuníamos en la taberna. Era el único lugar social que nos permitían conservar, pero nunca hubo festivales ni celebraciones de este tipo."
"Sí... la vida es mucho más dura en los pueblos más pobres", añadió el monje con tono sombrío, observando las casas y los huertos que habían sobrevivido al ataque. "Es una desgracia que los traten así, solo para exprimir su producción. Pero precisamente por eso, debes continuar tu viaje... ¿no es así?"
"Claro que debo seguir adelante", respondió con firmeza, pero su mirada reflejaba que no era el momento. "Pero no ahora..."
"Eso, eso", añadió Lily con una sonrisa.
"¿Y por qué no?" preguntó Keipi, curioso e intrigado.
"¿Cómo voy a dejaros sabiendo el peligro que acecha? Abandonar a la gente a su suerte no es algo digno de un emperador", explicó Marco, dejando al monje completamente sorprendido.
"Jajajaja, eres único. Nunca imaginé escuchar algo así de un emperador", se burló ligeramente, sin poder ocultar la sorpresa y la admiración en su voz.
"No es para reírse", replicó nuestro protagonista con seriedad, aunque una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro. "Además, también lo hago por ti. Eres mi amigo, al fin y al cabo."
"¿A-Amigo?" balbuceó Keipi, completamente desconcertado.
"¡Claro que sí! Me ayudaste, me diste un hogar y cuidaste de Lily. Por supuesto que eres mi colega", exclamó Marco con una sonrisa brillante y sincera que iluminó su rostro, a pesar del cansancio.
"Supongo que sí...", respondió tímidamente el monje, aún sin asimilar del todo esas palabras.
"Jajaja, seguro que debajo de todo ese pelo estás rojo como un tomate", se burló Lily.
"No seas mala", le regañó nuestro protagonista, tratando de contener su propia risa mientras observaba la escena con afecto.
Keipi soltó un profundo suspiro y levantó la vista hacia el cielo nocturno, donde un manto de estrellas parecía contemplarlo con silenciosa paciencia.
"Antes me preguntaste por qué estoy viviendo solo en el templo", dijo con voz baja, casi un susurro cargado de recuerdos. "Si quieres… puedo contarte la historia de mi familia."
"Pues claro", respondió él, dispuesto a escuchar y compartir ese momento de tranquilidad después de la batalla.
Continuará...
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