lunes, 18 de noviembre de 2024

Ch. 15 - Dearest Me

Nuestros protagonistas al fin se habían reunido con Baba Yagá, pero ella no se encontraba de buen humor.

Aquella sala era un espectáculo que mezclaba lo inquietante con lo fascinante, donde la realidad parecía haber sido arrancada de cuajo para ser reconstruida con hilos del caos. Su suelo era un vidrio oscuro que reflejaba una especie de cielo carmesí que quedaba suspendido sobre ellos. Era como caminar en la frontera de dos mundos dispares.

Y las paredes no eran como tales, se trataba de corrientes de vapor morados que rotaban de manera continuada, aunque a veces se mezclaba con el aire que respiraban. Cada gota que caía al suelo desaparecía sin hacer un mísero sonido, solamente dejaban un rastro de calor.

"Creo que voy a echar la pota." comentó Lesbiana observando el lugar.

"Si que es verdad que observando todo te hace sentir como si estuvieras siempre perdiendo el equilibrio." añadió Gay.

Mientras esos dos seguían a lo suyo, nuestros protagonistas mantenían su postura ofensiva. 

De la proyección de su rostro comenzó a emerger lentamente su figura completa, separándose de las paredes de humo violeta mientras flotaba con una calma inquietante. Baba Yagá avanzó unos metros suspendida en el aire, con los brazos ligeramente abiertos y el mentón en alto, adoptando una pose autoritaria que dejaba claro quién gobernaba aquel lugar.

"No soy capaz de entender como unos chavalines como vosotros... que brillan tan intensamente y lucen con tener un futuro prometedor... anden ayudando a una cuadrilla de elfos mequetrefes con las manos bien largas para intentar robar mis posesiones..." comentaba Baba Yagá, con un rostro marcado por la decepción. "Sin embargo, no estoy para altos trotes debido a mi edad. Por lo que seré clara y solemne y os haré sufrir con un dolor más allá que lo físico."

Juntó sus arrugadas manos formando un tríangulo isósceles con sus dedos, y acto seguido sopló a través del agujero con todas sus fuerzas, sacando todo lo que tenía guardado en sus pulmones.

El aire en la sala cambió por completo y como por arte de magia, de las grietas del suelo comenzaron a emerger chorros de humo escarlata que, en cuestión de segundos, nublaron las vistas del grupo.

"Siento el cuerpo pesado..." comentó Marco, cerrando lentamente los ojos mientras trataba de mantenerse en pie. "No puedo mantenerme... des...pierto..." Su cuerpo se balanceó un instante antes de ceder por completo, cayendo al suelo profundamente dormido.

Keipi fue el siguiente. Intentó resistir apoyándose en Priscilla, clavándola en el suelo para sostenerse, pero sus piernas empezaron a fallarle. Sus párpados se volvieron cada vez más pesados hasta que finalmente perdió el equilibrio y cayó también, vencido por el sueño.

Poco después, los miembros de LGBT comenzaron a sucumbir al mismo hechizo. Uno tras otro fueron perdiendo la conciencia, desplomándose mientras el extraño sopor los envolvía sin remedio.

"Dearest me... El conjuro que el dolor hacia el pasado me hizo crear..." comentó la anciana mientras descendía lentamente hasta tocar el suelo. "Donde vuestro mayor enemigo no es otro que vosotros mismos..."

"¿Nosotros mismos?..." murmuró Lily con voz somnolienta, justo antes de caer dormida al suelo.

Dearest Me era un poderoso conjuro que hace que la víctima caiga en un sueño que lo lleva al momento más difícil de su vida para revivirlo de nuevo. Y no será capaz de salir de ahí hasta que acepte de todo corazón el destino que sufrió.

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Ilusión de Marco.

Nuestro protagonista se encontraba de nuevo en la mina, golpeando la pared con el pico mientras arrancaba fragmentos de Biralia, tal y como había hecho durante años. El eco metálico de cada golpe resonaba por los túneles húmedos y oscuros, mezclándose con el murmullo lejano de los demás mineros que trabajaban en las galerías cercanas. 

Era una escena tan cotidiana que, al principio, Marco no percibió nada extraño. Su mente estaba vacía, concentrada únicamente en el ritmo del trabajo. Levantar el pico, golpear la roca, recoger el mineral. Una y otra vez.

Hasta que un estruendo sacudió la galería a pocos metros de su posición.

El joven se detuvo en seco. Sin pensarlo demasiado, apoyó el pico contra la pared y salió corriendo junto al resto de los mineros que ya se dirigían hacia el origen del ruido. Cuando llegó, vio que una sección del túnel se había derrumbado y una enorme losa de piedra había aplastado a uno de los hombres.

"¡¿Estás bien?!" gritó Marco mientras se acercaba al herido.

"No..." respondió el hombre con un hilo de voz.

Nuestro protagonista se acercó más, dispuesto a ayudar a levantar escombros de encima con los demás mineros… pero entonces se quedó paralizado, aquel herido era su padre.

El mismo hombre que había muerto años atrás en un accidente en la mina. La misma escena que había marcado su vida para siempre estaba ocurriendo otra vez ante sus ojos.

Y entonces su cuerpo cambió. Las manos que intentaban ayudar ya no eran las de un joven de veintipocos años. Eran pequeñas. Temblorosas.

Marco ya no era un adulto, volvía a ser un niño. Uno que miraba entre lágrimas cómo la vida abandonaba el cuerpo de su padre.

"¡Papá!" exclamó con la voz rota.

"Hijo... te quiero..." murmuró el hombre antes de exhalar su último suspiro.

Marco sintió que el llanto iba a estallar en su pecho… pero, de pronto, estaba otra vez picando la pared. El sonido del metal contra la roca resonaba de nuevo en la galería, exactamente igual que antes, como si nada hubiera ocurrido.

"¿Eh? ¿Qué hago aquí otra vez? ¿No estaba...?" murmuró confundido.

En ese mismo instante, el estruendo volvió a escucharse. Los mineros se sobresaltaron y varios levantaron la cabeza de golpe.

"¡¿Qué fue eso?!" gritaron algunos, mientras otros ya corrían hacia el origen del ruido. Sus botas golpeaban el suelo con pasos apresurados, llenando el túnel de ecos nerviosos.

Nuestro protagonista notó un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía perfectamente lo que iba a encontrar allí. Sabía exactamente lo que estaba a punto de ocurrir: su padre otra vez, atrapado bajo los escombros, muriendo lentamente ante sus ojos.

Pero cuando intentó correr hacia él para ayudarlo… todo se reinició.

Con los ojos abiertos de par en par, nuestro protagonista se quedó mirando el pico que sostenía entre las manos. Sus dedos temblaban y las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos, mientras una sola pregunta se repetía una y otra vez en su mente.

"¿Q-Qué está pasando?" comentó.

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Ilusión de Keipi.

Él también estaba atrapado en un bucle, repitiendo una y otra vez el momento que más lo había marcado en su vida. 

Todo comenzaba con una escena aparentemente tranquila: estaba cenando con sus padres, compartiendo una velada normal, hasta que de pronto los tres percibían una densa energía mágica que surgía de la nada. Alarmados, se levantaban de golpe y salían corriendo hacia el patio para averiguar qué estaba ocurriendo.

Allí los esperaba una figura que jamás olvidaría: Rin Pikaria, consumida por una ira descontrolada, con los ojos encendidos por una rabia que parecía haber borrado cualquier rastro de razón. Lo que seguía era un combate brutal a vida o muerte entre ella y sus padres, una batalla desesperada cuyo desenlace él ya conocía demasiado bien.

El bucle alcanzaba su final cuando la lucha terminaba y el filo de Caléndula apuntaba directamente hacia él. En el instante en que la hoja amenazaba con atravesarlo, la escena se rompía… y todo volvía al principio. De nuevo estaba sentado a la mesa con sus padres, como si nada hubiera ocurrido, sin terminar de comprender qué demonios estaba pasando.

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Sala de Baba Yagá.

La anciana se encontraba sentada con total tranquilidad en un amplio sillón morado, sosteniendo una delicada taza entre sus manos mientras disfrutaba del té como si nada de lo que ocurría a su alrededor tuviera la menor importancia.

"Les daré una hora más antes de deshacer el hechizo." comentó tras dar un ligero sorbo. "Con eso será más que suficiente para que escarmienten y no quieran volver a robar mis preciosos recuerdos."

Mientras tanto, igual que les ocurría a nuestros dos protagonistas, los miembros del escuadrón LGBT se encontraban atrapados en sus propios bucles, enfrentándose a los momentos más dolorosos de sus vidas. Sin embargo, entre todos ellos, su líder parecía ser quien más estaba sufriendo bajo el peso de aquel hechizo.

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Ilusión de Transexual.

La ladrona corría por las calles de su pueblo mientras un grupo de elfos adolescentes la perseguía, arrojándole piedras, botellas de cristal y cualquier cosa que encontraban por el suelo.

"¡Dejadme!" gritaba entre lágrimas.

A medida que avanzaba por las calles, algo extraño ocurría con su cuerpo: el tiempo parecía retroceder. La hermosa mujer de veintitantos años que huía desesperada comenzó a rejuvenecer poco a poco hasta convertirse en una niña, regresando al cuerpo que tenía antes de su transición.

"¡Por favor! ¡Solo quiero ser feliz!" exclamó con la voz rota.

Pero quienes la perseguían eran incapaces de entenderlo. Desde su punto de vista, solo veían a 'un niño' de doce años comportándose de una forma que les resultaba incomprensible. ¿Por qué querría llevar maquillaje como las mujeres? ¿Por qué le interesaban los vestidos y la ropa bonita? ¿Por qué prefería jugar con muñecas en lugar de coches de juguete?

Ese desconocimiento y esa confusión encontraban su salida en la ira, ya fuera verbal o física. Incluso ignoraban las propias escrituras sagradas que establecían las bases de su religión, donde se decía claramente: "Respetarás al prójimo, sea cual sea su forma de vivir la vida."

La persecución terminó en la orilla del río. La joven tropezó y cayó de bruces contra la grava, golpeándose el rostro contra el suelo. Antes de que pudiera levantarse, los chicos la rodearon y comenzaron a golpearla a puñetazo limpio hasta saciar su rabia. Cuando terminaron, le arrancaron la ropa y la empujaron hacia el agua.

"¡Tienes polla! ¡Nunca serás una elfa, imbécil!" le gritaban entre todos con tonos burlones.

"Quiero... morirme..." murmuró la joven.

Tras esas palabras, el tiempo se reinició.

Transexual miró a sus espaldas y vio de nuevo a los adolescentes comenzando a perseguirla con piedras en las manos.

"Otra vez no..." comentó, mordiéndose el labio.

Poco a poco fue dándose cuenta de que estaba atrapada en un bucle continuo de uno de los momentos más dolorosos de su vida. Siempre había sentido que había nacido en el lugar equivocado: en una mala familia, en un mal lugar y en una mala especie… o al menos así lo había percibido durante mucho tiempo.

Desde pequeña supo que había algo que no encajaba con su forma de ser. ¿Por qué tenía que ir al colegio con un delantal azul y responder a un horrible nombre élfico masculino, cuando a ella le gustaban nombres como Phoeberia, Esmeralda o Elsaria?

Cada vez que sus padres la dejaban sola en casa, se colaba en su habitación y rebuscaba en el armario de su madre. Se probaba sus vestidos, se pintaba los labios frente al espejo y se contemplaba en silencio, como si en ese reflejo pudiera encontrar por fin a la persona que sentía que debía ser. Solo en esos breves momentos lograba sentirse verdaderamente feliz.

Era como si un círculo estuviera intentando vivir la vida de un cuadrado. Y mientras no pudiera convertirse en ese cuadrado, jamás sería la persona que siempre había querido ser.

Cada noche lloraba en silencio, deseando haber nacido con el aparato reproductor opuesto. Siempre había querido ser una mujer de verdad, la más guapa de todas. Pero la realidad era otra… el mundo ni siquiera parecía dispuesto a concederle ese humilde deseo. De hecho, durante toda su infancia ni siquiera se atrevió a verse a sí misma como una mujer, pese a todo lo que hacía cuando sus padres no la miraban.

Sin embargo, un pequeño rayo de esperanza apareció el día en que su abuelo la sorprendió con los labios pintados.

Transexual se asustó como nunca. Sus piernas temblaban sin parar y sus ojos estaban a punto de perder el brillo, convencida de que recibiría un doloroso castigo. Pero él simplemente se acercó, la observó durante unos segundos y, con una sonrisa tranquila, le dijo: "Te queda muy bien ese rojo."

Aquel gesto sencillo se convirtió en un nuevo pilar de esperanza. Gracias a su abuelo comenzó a investigar, a entender lo que sentía y a descubrir poco a poco su verdadera identidad.

Se cambió el nombre, dejó crecer su pelo, empezó a maquillarse y a vestirse como realmente quería. ¿Y qué consiguió a cambio? Burlas constantes en toda la aldea… y que sus propios padres la echaran de casa para siempre.

Pero pese a todo, ella era feliz. Porque tenía tres amigos que la entendían, y un abuelo que los recibía a todos con los brazos abiertos.

Sin embargo, ahora, tendida sobre la grava de la orilla del río y cubierta de sangre… no era capaz de comprender por qué seguía repitiendo aquel día una y otra vez.

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Sala de Baba Yagá.

La anciana seguía tomando tranquilamente su té. Apenas habían pasado veinte minutos desde que las ilusiones comenzaron a atormentar a nuestros protagonistas, pero el ambiente ya se sentía denso y sofocante.

Lily abrió los ojos de golpe. La sala seguía envuelta en aquel aire opresivo, pero algo había cambiado: todos sus compañeros estaban dormidos, atrapados en un sueño que parecía inquebrantable.

Se arrodilló junto a Keipi y lo sacudió suavemente, acercando su rostro al suyo. No hubo reacción alguna. Su corazón latía con fuerza mientras observaba a sus aliados completamente inconscientes.

"¿Qué está pasando?" murmuró, mordiendo su labio.

Entonces recordó las últimas palabras de Baba Yagá antes de que perdiera la conciencia: "Vuestro mayor enemigo no es otro que vosotros mismos."

Sintiendo una mezcla de frustración y miedo, Lily frunció el ceño. ¿Cómo podría ayudar si no comprendía del todo a qué se enfrentaba?

Al levantar la mirada, vio que la anciana la observaba mientras volaba entre los compañeros con cierto desconcierto.

"¿C-Cómo es posible?" exclamó Baba Yagá, levantándose de un salto. "¡Deberías estar encerrada en mi ilusión! ¡¿Por qué estás despierta?! ¡El dolor de tu vida pasada debería atormentarte!"

"¿Eh? ¿Ilusión? ¡Espera! ¡¿Es eso lo que les pasa?!" Lily quedó completamente sorprendida, sus ojos abiertos de par en par.

Lo que ninguna de las dos sabía era que la hada era inmune a aquel conjuro. Su corto tiempo de vida le impedía tener recuerdos traumáticos lo suficientemente arraigados como para que pudieran ser revividos de manera continuada.

"Da igual." dijo Baba Yagá, calmándose tras la sorpresa inicial. "No eres ninguna amenaza para mi conjuro, dudo que seas capaz de ayudarles a despertar."

Pero Lily no era ingenua. Había logrado atar todos los cabos sueltos que se le habían presentado y comprendió que quizás ese era el momento de actuar.

"Chicos… ¡Yo os salvaré!" dijo con determinación.

Continuará...


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