jueves, 21 de noviembre de 2024

Ch. 17 - Lumanche

Han pasado tres días desde que nuestros protagonistas dejaron atrás el castillo de Baba Yagá. Desde entonces, avanzaban sin descanso por el interminable desierto en dirección a la ciudad de Lumanche. Sus pasos eran cada vez más pesados y el calor abrasador drenaba lentamente sus fuerzas, como si el propio lugar quisiera devorarlos antes de que alcanzaran su destino.

Aun así, sabían que cada paso los acercaba un poco más a su objetivo.

Cansados, decidieron detenerse unos minutos para beber agua fresca de las provisiones que llevaban consigo. El silencio del desierto era abrumador, roto únicamente por el suave silbido del viento arrastrando granos de arena.

"Tengo ganas de llegar ya... ¡Estoy harta de comer frutas y plantas silvestres!" protestó Lily, haciendo una mueca de disgusto. "Daría lo que fuera por un panecillo tostado acompañado de mantequilla y especias o un poco de carne asada..."

"Me estás dando hambre." respondió Keipi con una sonrisa despreocupada, justo cuando su estómago gruñó con fuerza, delatándolo.

"Ya falta poco, chicos. Un último esfuerzo y seguro que estaremos allí." dijo Marco con un tono más optimista, tratando de levantarles el ánimo.

Nuestro protagonista tomó asiento sobre una peculiar roca morada que sobresalía de la arena. Parecía sólida y lisa, casi pulida por el viento. Sin embargo, apenas apoyó su peso sobre ella, esta comenzó a temblar ligeramente.

"¿Es que esto da masajes o qué?" bromeó Marco con media sonrisa, mientras sentía cómo la superficie vibraba bajo él.

Un segundo después, la "roca" empezó a elevarse lentamente.

El temblor se extendió a la arena circundante, que comenzó a desplazarse como si algo gigantesco se estuviera moviendo bajo la superficie. Marco abrió los ojos de par en par y saltó hacia atrás antes de que fuera demasiado tarde, reuniéndose con sus compañeros.

La arena explotó hacia arriba y ante ellos emergió un gigantesco escorpión violeta, cuya coraza brillaba bajo el sol como si estuviera hecha de cristal oscuro. Su cola venenosa se arqueó sobre su espalda y sus enormes pinzas se abrieron con un chasquido amenazante.

Claramente, no estaba nada contento de haber sido despertado.

"¡¿Q-Qué demonios es eso?!" gritó Lily, completamente anonadada.

El colosal animal fijó en ellos sus ojos brillantes y, sin previo aviso, comenzó a avanzar con sorprendente velocidad, levantando nubes de arena con cada paso.

El grupo, impulsado por el miedo, olvidó por completo el agotamiento que sentían y echaron a correr sin mirar atrás.

"¡Nos va a devorar vivos!" chilló el hada con su pequeña voz aguda, teñida de puro pánico. "¡Haced algo! ¡Atacadle, que para algo tenéis magia!"

Inspirado por la brillante —aunque bastante obvia— sugerencia de Lily, Marco se detuvo en seco, girándose con rapidez.

"¡Apartaos!"

Extendió la mano y lanzó una gran bola de fuego que surcó el aire como un meteorito ardiente antes de impactar directamente contra la criatura. Pero el resultado no fue el esperado.

La esfera ígnea chocó contra el caparazón violeta del escorpión… y rebotó como si hubiera golpeado una pared de acero, disipándose en chispas inofensivas.

"¿Q-Qué ha sido eso?" exclamó Marco, volviendo a correr inmediatamente.

Mientras huían, Keipi frunció el ceño, pensativo.

"Ah… ahora que lo recuerdo..." comentó con total tranquilidad. "En uno de los libros del templo de Romevere se mencionaba la existencia de criaturas inmunes a la magia debido a ciertas composiciones biológicas. Puede que este sea uno de esos casos."

"¡¿Y lo dices ahora?!" gritó Lily con los ojos llenos de lágrimas.

"Pero entonces, ¿cómo lo detenemos?" preguntó nuestro protagonista mientras el monstruo seguía ganando terreno detrás de ellos.

Keipi se encogió de hombros.

"Pues... ¡ni idea! ¡Jajaja!" respondió, riendo de forma despreocupada, como si el peligro no fuera más que un simple contratiempo.

El escorpión estaba cada vez más cerca. El suelo temblaba bajo sus patas y su cola venenosa cortaba el aire con un silbido mortal. El agotamiento comenzaba a hacer mella en el grupo y sus pasos se volvían cada vez más torpes. Todo indicaba que no tardarían en ser alcanzados.

Justo cuando parecía que no tenían escapatoria, una voz femenina resonó en el aire, firme y clara:

"¡Cuidado!"

Una figura ágil irrumpió en la escena corriendo hacia ellos a toda velocidad, levantando una estela de arena a su paso. Antes de que el escorpión pudiera reaccionar, la desconocida dio un poderoso salto que la impulsó varios metros en el aire.

Su silueta se recortó contra el sol del desierto. Giró sobre sí misma con una destreza asombrosa y, en el instante exacto en que descendía, descargó un golpe brutal contra el caparazón del monstruo cuyo impacto resonó como un trueno seco.

El exoesqueleto violeta del escorpión se resquebrajó al instante, como si fuera cristal sometido a una presión imposible. La fuerza del golpe aplastó su enorme cuerpo contra la arena ardiente, reventando sus órganos internos y dejando al coloso completamente inmóvil.

"Guau... S-Se lo ha cargado de un solo golpe..." murmuró Marco, completamente boquiabierto.

"¡Qué tía más fuerte!" añadió Lily, aún temblando por la adrenalina.

La misteriosa joven aterrizó con suavidad sobre la arena, como si aquel salto no hubiera supuesto ningún esfuerzo. Se sacudió ligeramente el polvo de la ropa y se giró hacia ellos.

Su apariencia era tan llamativa como su demostración de poder.

Tenía el cabello negro azabache, largo hasta poco más de los hombros, que se mecía con el viento cálido. Sus ojos rosados, intensos y penetrantes, parecían analizarlo todo con rapidez. Vestía unos shorts vaqueros ajustados y una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver su complexión atlética. Unas botas robustas y unos guantes marrones completaban su aspecto práctico y rudo, propio de alguien acostumbrado a sobrevivir en entornos hostiles.

"¿Estáis bien?" preguntó con calma mientras los observaba de arriba abajo, comprobando que ninguno estuviera herido.

Los tres asintieron casi al unísono, todavía demasiado impresionados para reaccionar con normalidad.

"Tenéis que tener cuidado en estas zonas." continuó ella, cruzándose de brazos. "Este desierto está lleno de bestias peligrosas, pero los escorpiones violetas son especialmente molestos."

Señaló el cadáver del monstruo con el pulgar.

"Su exoesqueleto está cubierto por unos fluidos especiales que los hacen inmunes a la magia elemental. Por eso, para poder lidiar con ellos, necesitáis a alguien con habilidades de potenciación física… como es mi caso." añadió con una pequeña sonrisa cargada de orgullo.

Nuestro protagonista finalmente recuperó la compostura y se acercó con una expresión agradecida.

"Soy Marco. Muchas gracias por salvarnos." dijo, extendiendo la mano para estrechársela.

Pero la reacción de la joven no fue la que esperaba, retrocedió de inmediato con un movimiento rápido y casi instintivo, evitando el contacto físico. Sus ojos temblaron ligeramente y enseguida bajó la mirada hacia la arena.

"P-Perdón..." murmuró en voz baja, visiblemente incómoda. "No estoy acostumbrada al contacto físico..."

Guardó silencio un segundo, como si buscara la forma correcta de arreglar la situación. "Pero… podéis llamarme Ashley."

Los tres intercambiaron una breve mirada cargada de comprensión, aunque ninguno dijo nada al respecto. Sabían que cada persona cargaba con sus propias heridas del pasado, y que lo mejor era actuar con naturalidad y respetar sus límites.

"Encantados de conocerte." dijo el monje con una sonrisa tranquila. "Yo soy Keichiro, aunque casi todo el mundo me llama Keipi."

La joven inclinó ligeramente la cabeza… pero algo captó su atención de inmediato. Se trataba de Priscilla, quien descansaba en su forma de polluelo sobre la cabeza del monje.

Ashley parpadeó. “¿Por qué tiene un pájaro sobre la cabeza?”

No pudo evitar quedarse mirándolo unos segundos, completamente intrigada por aquella escena tan extraña.

"Y yo soy Lily, encantada." intervino el hada con una amplia sonrisa mientras revoloteaba cerca de ellos.

Tras una breve pero cordial conversación, nuestros protagonistas le explicaron que se dirigían hacia la ciudad de Lumanche.

"Anda, yo también voy para allá." respondió Ashley, mostrando una ligera sorpresa. "Si queréis, podéis acompañarme. El viaje será más sencillo si vamos juntos."

Marco sonrió ampliamente. "¡Nos encantaría!"

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Lumanche.

Una hora después, finalmente llegaron a la ciudad.

Lumanche se alzaba majestuosa en mitad del desierto, rodeada por imponentes murallas de piedra que la protegían de las inclementes tormentas de arena que azotaban la región. Desde la distancia, la ciudad parecía un refugio luminoso en medio de las interminables dunas.

A medida que se acercaban, comenzaron a apreciar mejor sus detalles.

Los edificios estaban construidos con una mezcla de minerales blancos compactados con yeso. Bajo la luz intensa del sol, aquellas paredes reflejaban un brillo casi cegador, otorgándole a la ciudad un aspecto limpio y elegante, casi etéreo.

Las calles, cubiertas de arena rojiza, aportaban un contraste cálido que rompía con el blanco dominante de las construcciones. Comerciantes y viajeros caminaban con tranquilidad, vestidos con telas ligeras y colores claros que reflejaban el calor. Sus movimientos pausados revelaban que el abrasador clima del desierto era parte natural de su día a día.

"Es mucho más bonita de lo que pensaba", comentó Lily mientras revoloteaba a su alrededor, contemplándolo todo con fascinación.

"Sí..." respondió Marco, mirando las calles con evidente asombro. "Tiene un estilo totalmente distinto a Plactown… e incluso a Romevere."

Keipi, que caminaba unos pasos por delante, parecía más concentrado en otra cosa.

Había estado olisqueando el aire desde que cruzaron la puerta de la ciudad, frunciendo ligeramente la nariz como si siguiera un rastro invisible.

De repente se detuvo. Giró la cabeza con rapidez hacia un edificio cercano: una taberna de madera con un viejo cartel que se balanceaba suavemente con el viento del desierto.

Sus ojos se abrieron de par en par. "Chicos…" Inspiró profundamente. "Huelo… ¡a comida!"

"¡¿QUÉ?!" gritó Lily al instante. "¡¡QUIERO HINCHARME A COMER!!"

Marco no pudo evitar reír al ver el entusiasmo desbordado de ambos. Entonces se giró hacia Ashley, que caminaba unos pasos más atrás del grupo, todavía algo distante.

"¿Quieres comer con nosotros?" le preguntó con una sonrisa amable. "Te invitamos a lo que quieras. Al fin y al cabo, nos salvaste del escorpión."

Ella dudó un por momento. Su mirada reflejaba cierta tensión, como si aquel tipo de gesto la tomara por sorpresa. Pero en el fondo sabía que, si quería empezar a cambiar, debía hacerlo con pequeños pasos.

Bajó ligeramente la mirada. "S-Sí… está bien", respondió finalmente, mostrando una sonrisa tímida, aunque sincera.

En ese mismo instante, un grito rompió el momento. "¡TÍOS!"

Los tres giraron la cabeza.

Keipi estaba plantado frente a la puerta del local con una expresión completamente fascinada. Dentro del establecimiento, un gran asador giraba lentamente sobre las brasas, haciendo rotar enormes piezas de carne que chisporroteaban mientras la grasa caía sobre el fuego.

Sus ojos estaban completamente desorbitados. "¡La carne la tienen metida en un palo que da vueltas!"

"¡¿Qué me estás contando?! ¡Necesito probar eso!" chilló Lily, empezando a babear sin ningún tipo de vergüenza. "¡Quiero esa carne giratoria!"

"Jajaja… cómo sois…" Dijo Marco negando con la cabeza mientras sonreía.

Guiados por una de las fuerzas más universales que existen —el hambre—, nuestros protagonistas decidieron entrar en la taberna y darse un merecido festín.

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Asador.

Después de haberse saciado, nuestros protagonistas decidieron quedarse un rato más en la taberna para recuperar fuerzas y relajarse después de la carrera que tuvieron que pegarse para huir del escorpión. El ambiente del lugar era cálido y animado, con el murmullo constante de los clientes y el crepitar del asador de fondo.

"Por cierto, ¿qué os ha traído a Lumanche?" preguntó Ashley con curiosidad mientras se recostaba ligeramente en su silla.

"La verdad es que hemos venido por un presentimiento que tuvo una conocida", explicó Marco con tranquilidad. "Nos dijo que aquí podríamos encontrar algo importante para nuestro viaje." Prefirió no mencionar nada sobre el emperador ni sobre sus paladines; no era una información que quisiera compartir tan a la ligera.

"Entiendo", respondió ella, asintiendo suavemente mientras su mirada parecía perderse por un momento en la distancia, como si aquella respuesta hubiera despertado algún pensamiento en su mente.

"Qué buenas están las natillas de este sitio, la verdad..." murmuró Lily para sí misma, completamente concentrada en su postre mientras los demás continuaban la conversación.

"Oye, Ash, ¿Y qué es lo que te ha traído a ti hasta Lumanche?" preguntó Keipi con una sonrisa despreocupada, acortando su nombre con total naturalidad.

Ashley se tensó ligeramente al escuchar su nombre abreviado, aunque decidió no decir nada. Es algo común entre las personas, pensó para sí mientras soltaba un pequeño suspiro interno. Estaba a punto de responder, pero de pronto se detuvo; una sensación incómoda comenzó a crecer en su interior, como si sus propios pensamientos empezaran a enredarse.

“¿Puedo confiar en ellos?” se preguntó mientras su mirada recorría brevemente la mesa. “¿Y si me traicionan? ¿Y si usan la información en mi contra?”

El debate en su mente parecía prolongarse durante una eternidad, aunque en realidad solo habían pasado unos pocos segundos desde que le habían hecho la pregunta.

"¿Estás bien?" preguntó Marco al notar que se había quedado en silencio.

Al verla tan extraña, acercó la mano de forma inconsciente para darle unos suaves golpecitos en la espalda y tranquilizarla. Sin embargo, Ashley alcanzó a ver el gesto por el rabillo del ojo y reaccionó de forma abrupta.

Se levantó de la silla de un salto, provocando la sorpresa tanto de sus compañeros como de varias personas de la taberna que se giraron al escuchar el ruido.

"L-Lo siento..." murmuró con voz temblorosa.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, se dio la vuelta y salió corriendo del lugar.

Keipi se levantó rápidamente y miró a sus compañeros. Había visto claramente la expresión cargada de miedo que tenía Ashley.

"Iré tras ella. Siento que algo no anda del todo bien", dijo antes de salir corriendo sin esperar respuesta.

Marco suspiró y se levantó también.

"Pagaré esto y ahora os seguimos", añadió mientras se acercaba al mostrador para hacerse cargo de la cuenta.

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Callejón de Lumanche.

Después de haberse alejado lo suficiente de los demás, Ashley se refugió en la sombra de una callejuela. Allí se detuvo para recuperar el aliento, apoyándose contra la pared mientras intentaba calmar su respiración mientras sus manos temblaban ligeramente.

"¿Por qué soy así?" se preguntaba, repitiéndose la misma frase una y otra vez en su mente.

Aunque sentía que los tres que acababa de conocer no eran malas personas, las cicatrices de su pasado y su propio subconsciente le susurraban lo contrario. Confiar en otros siempre había sido difícil para ella, y cada intento de abrirse un poco más terminaba arrastrándola de vuelta a los mismos recuerdos oscuros.

Siempre ocurría igual. Cada vez que trataba de avanzar, su mente le devolvía la imagen de aquella niña señalándola con el dedo mientras dibujaba una sonrisa torcida y cruel, como si se estuviera burlando de ella.

"Parece que esta herida... nunca podré cerrarla", murmuró en voz baja, dejando que el peso de sus pensamientos volviera a caer sobre ella.

De repente, un zumbido atravesó el aire.

Ashley se estremeció. No era el simple aleteo de un insecto; aquel sonido era mucho más potente, más grave. Y lo conocía demasiado bien.

Se giró rápidamente y allí estaba. Una figura femenina flotaba en el aire con unas enormes alas de mariposa desplegadas a su espalda. Sus colores vibraban bajo la luz del sol que se filtraba entre los edificios, pero su presencia estaba lejos de resultar hermosa.

Era una mujer bestia de tipo lepidóptero, y su aura resultaba profundamente intimidante.

"¡Al fin te encuentro, traidora de tres al cuarto!" exclamó la mujer, soltando una risa cruel mientras abría los dos abanicos que llevaba en sus manos, los cuales no eran simples herramientas para refrescarse cuando tuviera calor.

Servían como catalizadores para canalizar su magia, permitiéndole manifestarla con mayor rapidez y precisión. En apenas unas milésimas de segundo, varios proyectiles de energía mágica comenzaron a condensarse en el aire a su alrededor.

Con un movimiento ágil de las muñecas, los lanzó directamente hacia Ashley.

"¡Mierda! ¡He tardado demasiado en notar su presencia!" pensó la joven, reaccionando tarde al saltar hacia atrás para intentar esquivar el ataque.

Pero antes de que los proyectiles pudieran alcanzarla, una figura cayó desde el tejado del edificio contiguo. Keipi aterrizó con sorprendente elegancia entre ella y los proyectiles, levantando su katana, Priscilla.

Con movimientos ligeros pero extremadamente precisos, desvió uno tras otro los ataques mágicos, bloqueándolos todos sin utilizar ni un ápice de su magia de agua.

"Oye, polilla cuarentona..." dijo el monje con una sonrisa desafiante mientras señalaba a la mujer bestia con su espada. "No deberías atacar a la gente así como así."

Tras él, Ashley observaba la escena con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Aquel chico al que apenas acababa de conocer se había interpuesto frente a ella sin dudarlo, protegiéndola como si fuera lo más natural del mundo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.

Continuará...


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