Mientras conversaba con su pequeña fan, Ashley no esperaba que el mundo se le encogiera de golpe. Pero así fue. Bastó con escuchar el sonido sordo de una bolsa cayendo al suelo.
La joven alzó la mirada… y se quedó helada.
“¿Ma… mamá?” murmuró, casi sin voz.
La mujer conejo frente a ellas permanecía inmóvil, respirando entrecortadamente. Sus ojos, muy abiertos, parecían debatirse entre la alegría y la culpa.
“Hija…” dijo al fin, dando un paso inseguro hacia ella. “Anoche tu padre me lo contó todo. Si hubiera sabido que eras tú la chica que peleó en el coliseo… habría ido a verte.”
Otro paso. Uno más. Ashley sintió cómo cada centímetro que su madre acortaba entre ambas le apretaba el pecho como una tenaza.
“¡No te acerques más!” estalló de pronto.
Vivian dio un respingo, aferrando su peluche contra el pecho.
“¿C-cómo? ¿No es tu mamá…?” preguntó atónita.
“Aunque lo sea, no le debo nada,” respondió nuestra protagonista, con la voz afilada. “Esa persona me abandonó cuando era una niña. Sin titubear.”
Se levantó del banco con gesto brusco y tomó a Vivian de la mano, sin dirigirle una sola mirada a la mujer que temblaba frente a ella.
“Ashley…” susurró la pequeña, arrastrada por su ídolo.
“Vámonos de aquí.”
“¡Por favor!” suplicó entonces su madre, con la voz quebrada. “Dame una oportunidad… solo hablar un poco, tomar algo, lo que sea. ¡Te lo ruego!”
Nuestra protagonista siguió caminando, decidida a dejar atrás aquella escena, aquella mujer, aquella herida que llevaba años cerrada en falso. Pero entonces sintió un tirón.
Vivian se había soltado de su mano.
“No…” dijo la pequeña, negando con la cabeza mientras daba un paso hacia su ídolo. “¡Todos merecen una segunda oportunidad! Eso es lo que haría un héroe como tú.”
Las palabras quedaron suspendidas entre ambas. Dolieron. Mucho más de lo que Ashley habría admitido nunca. Porque la niña tenía razón. Y porque ella sabía que, tarde o temprano, ese momento llegaría… pero había rezado para que no fuera hoy.
“Eres mi ídolo,” añadió Vivian, con una sonrisa pequeña pero luminosa.
La potenciadora tragó saliva. Su corazón latía desbocado. Se agachó lentamente y pasó la mano por el cabello de la niña, buscando en ese gesto un poco de firmeza.
“Tienes razón… perdona,” murmuró al fin, respirando hondo. Luego se incorporó y miró a su madre, sin poder sostenerle la mirada más de un par de segundos. “Tomemos algo.”
La mujer se tapó la boca con ambas manos, incapaz de contener el llanto.
“Gracias… gracias…” repitió, avanzando hacia ellas con pasos temblorosos.
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Al-Amphoras, biblioteca.
Entre arcos despedazados y estanterías que aún conservaban el aroma a incienso y papel antiguo, Shouri caminaba con pasos lentos, dejando que sus dedos acariciasen los lomos de los pocos libros que habían sobrevivido al caos. Buscaba respuestas. Pistas. Fragmentos de aquella verdad que los Ballure habían perdido.
Tomó uno de los tomos polvorientos y sopló con suavidad, revelando un título casi borrado por el tiempo. “Historia general de Ballure, año…” Murmuró para sí, revisando las fechas y deslizando cada volumen hacia un lado para crear un pequeño montón de posibles candidatos.
Fue entonces cuando escuchó voces.
Dos colegialas entraron charlando sin prestar atención a la mujer que se movía entre los estantes como una sombra.
“He oído que la señorita Faralalan ha regresado,” comentó una en voz baja, aunque la biblioteca entera parecía amplificar cada sonido.
“¿Qué? ¡Seguro que su abuelo está encantado!” respondió la otra.
“Ya ves, tía… pero lo mejor es que dicen que no ha vuelto sola. Que ha traído ayuda para detener esta guerra contra los hombres-bestia.” Su voz se iluminó con una chispa de esperanza. “Ojalá acabe todo esto de una vez…”
“Pues sí…” suspiró la compañera. “Ah, y mi padre me dijo algo curioso: que Faralalan es idéntica a la princesa Faramidas, la que estuvo antes que Sherezade. Solo que más chiquitina.”
“¿Qué dices? ¿En serio?” se sorprendieron ambas, alejándose entre risillas y pasos que resonaban por el pasillo.
Shouri permaneció inmóvil, el cigarro temblándole entre los dedos antes de encenderlo. Inhaló hondo. El humo se mezcló con el polvo en el aire mientras su mente conectaba piezas que hasta entonces no había querido mirar demasiado de cerca.
“Así que… idéntica, ¿eh?” pensó en voz baja. Recordó las discusiones en el palacio, las miradas esquivas y la aparición casi milagrosa de la niña Faralalan poco después de la muerte de la anterior princesa.
“Aquí hay algo raro…” añadió, dejando escapar un hilo de humo mientras devolvía el libro a su estante. “Necesito más información sobre las princesas de este país.”
Y con ese pensamiento, siguió adentrándose en las entrañas silenciosas de la biblioteca derruida.
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Al-Amphoras, albergue.
Ella y Cecily estaban ayudando a los voluntarios a trasladar varias cajas de comida hacia el comedor del albergue, donde decenas de ballures sin hogar pasaban las noches durante el periodo bélico. El ajetreo, los pasos apresurados y el olor a caldo recién hecho llenaban el ambiente.
"Anda, ¿fuiste ladrona?" preguntó Ella mientras agarraba una caja de madera del interior de una furgoneta.
"No estoy muy orgullosa de ello hoy en día, pero así es," respondió Cecily, tomando el relevo y cargando la caja con facilidad. "Encontré una vía más honesta para vivir y no me arrepiento. Aunque debo reconocer que echo muchísimo de menos a mis tres compañeros."
"¿Sí?" sonrió la ballure, observándola con una calidez sincera. "Se nota en tu mirada que lo dices de corazón. Estoy segura de que ellos también te echan un montón de menos."
"Gracias, Ella," murmuró la ladrona, algo conmovida. "Por cierto… imagino que tú llevas aquí toda la vida, ¿no?"
"Algo así," respondió Ella mientras ajustaba otra caja entre sus brazos. "Supongo que es mi destino como Ballure quedarme por aquí. Pero mi sueño… es poder salir de este país algún día. Viajar por el mundo y encontrar mi libertad."
"Eso es maravilloso. Ojalá puedas hacerlo realidad," la animó Cecily con una sonrisa leve pero sincera.
"¡Ojalá!" contestó con un brillo soñador en los ojos.
Ambas terminaron de llevar las cajas hasta el almacén y, cuando la última quedó apilada, se miraron con complicidad silenciosa. El cansancio pesaba, pero también las ganas de seguir adelante.
Decidieron entonces ir juntas a tomar un café y recuperar fuerzas comiendo algo, dejando atrás el bullicio del albergue por un momento de respiro compartido.
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Al-Amphoras, parque.
Tras un largo paseo por la ciudad, Marco acompañó a Judas hasta el parque, ayudándole a avanzar con su bastón. Cuando encontraron un banco bajo la sombra de un gran árbol, ambos se sentaron para descansar.
"Buf… qué bien me viene caminar," comentó el anciano, secándose con un pañuelo el sudor de la frente sin llegar a rozar la joya.
"Pues sí. Y con este buen tiempo, apetece el doble," respondió Marco acomodándose a su lado.
Los dos se recostaron en el banco, dejando que sus espaldas descansaran contra el respaldo mientras observaban las nubes avanzar lentamente.
"¿Sabes? Me recuerdas mucho a mí cuando era joven," dijo Judas de pronto.
"¿En serio?" Marco levantó una ceja, sorprendido.
"Así es," sonrió el anciano. "Anoche Faralalan no podía dormir y vino a mi cama para intentar descansar un poco. Aprovechó para narrarme todas las aventuras que le contasteis mientras viajabais hacia Al-Amphoras. Y debo admitir que incluso yo quedé embelesado con tus hazañas, Marco."
"No es para tanto," dijo él, avergonzado.
"Sí lo es, jovencito, claro que lo es," insistió Judas con una sonrisa orgullosa. "Yo era igual que tú. Fui líder de la anterior generación de los awsiya, entrené personalmente a Rachid y a Yelena, y di todo por mi gente. Incluso perdí mi pierna en combate." Al decirlo, levantó ligeramente un lado del hábito, dejando entrever la prótesis.
"Vaya…" murmuró Marco, sinceramente impresionado.
"Por eso, cuando me contaron todo lo que hiciste… no pude evitar querer hablar contigo. Quería saber si en ti vivía ese héroe que tantas veces vi en mí en el pasado. Y, tras pasar la mañana contigo, puedo decir sin duda alguna que… en tu mirada he visto al héroe más puro de todos."
Nuestro protagonista bajó la vista con una sonrisa cálida. "Gracias. Que me diga eso alguien que fue un héroe nacional y portó el título de Awsiya… es un honor."
"Jejeje…" rió el anciano, llevándose una mano al pecho. "Fue una pena tener que retirarme antes de tiempo. Habría seguido dando guerra como Awsiya si me lo hubieran permitido."
"Oh… ¿y cómo fue que te retiraste antes? Si se puede saber, claro," preguntó Marco con cautela.
Judas inspiró hondo, y su voz se volvió más suave. "Mi hijo y su esposa tuvieron un accidente en el desierto. Fallecieron los dos. Tuve que hacerme cargo de mis nietos, como ya has visto. Además, con mi pierna así y dos niños en casa… todos insistieron en que lo mejor era dedicarme a ellos. Ya que soy la única familia que les queda."
El anciano miró al frente, con una mezcla de tristeza y cariño en los ojos.
"Se nota que les quieres un montón, y que ellos te quieren igual a ti." sonrió Marco.
"Gracias, jovencito." respondió él, rascándose la nuca con cierta timidez.
"Por cierto, ¿cómo fue la llegada de Faralalan a tu vida?" preguntó nuestro protagonista con curiosidad. "Sherezade me contó algo por encima, pero no conozco tu punto de vista."
"La verdad es que, al principio, me lo tomé como una misión más… pero con el tiempo empecé a verla como una nieta. Una niña maravillosa que acabaría convertida en princesa cuando la vida de Sherezade llegase a su fin." narraba el anciano, aferrando su bastón para apoyar ambas manos sobre él. "Pero sin duda, lo que más me sorprendió es que la pequeña Faralalan es idéntica a su anterior majestad, la princesa Faramidas, quien fue la antecesora de Sherezade."
"¿A Faramidas?" Marco abrió los ojos con asombro. "¿Quieres decir que es su hija o algo así?"
"Para nada." respondió Judas con total sinceridad. "Hay… algo extraño con las princesas de este país. La propia princesa Faramidas se sorprendió al ver a su sucesora, Sherezade; dijo que era muy parecida a su antecesora, Miriazade."
"¿Estás diciendo que las princesas son una especie de reencarnación entre Sherezade y Faralalan?" preguntó nuestro protagonista, boquiabierto.
"No sé si reencarnación será el término apropiado, pero... deja que te narre un poco de mi pasado como awsiya, cuando trabajaba bajo el mando de la princesa Faramidas." dijo Judas, acomodándose.
Continuará...
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