Varios años atrás.
En aquellos tiempos, Judas aún ostentaba el título de líder de los Awsiya, y la princesa Faramidas reinaba sobre Luore. Era una mujer adulta de porte sereno y belleza luminosa: alta, elegante, con una larga melena rubia que caía como un río dorado y unos ojos tan brillantes que parecían retener la luz del amanecer. En su frente lucía un falso topaz, idéntico al que hoy lleva Faralalan, usado entonces para mantener su identidad protegida.
La nación vivía en relativa paz. Sin guerra ni invasiones que atormentaran sus fronteras, los Awsiya dedicaban sus fuerzas a capturar criminales y contener a las bestias del desierto. En aquel periodo, la única gran amenaza que enfrentaron fue la Plaga de Escorpiones Letales, cuando centenares de ellos —bestias de más de tres metros, rápidas, tóxicas y casi imposibles de derribar— avanzaron desde las dunas hacia la ciudad.
Fueron cinco días de combate sin descanso. Judas al frente, el resto de los awsiyas cubriéndole las espaldas, y Faramidas coordinándolo todo con una precisión propia de una estratega experimentada. La ciudad temblaba, las murallas ardían bajo el veneno… y aún así, al quinto día, habían logrado lo impensable: superar la crisis sin ninguna baja civil.
Esa misma noche, Al-Amphoras se iluminó con un festival improvisado. Las calles rebosaban de música, comida y vino; los ballures reían, brindaban y bailaban bajo una luna enorme que parecía aplaudir desde el cielo.
Y entonces ocurrió.
Un rayo —silencioso, puro, blanco— cayó desde el firmamento directo sobre el palacio. La luz atravesó el cielo como una hoja, y durante un instante todos contuvieron el aliento. Pensaron en un ataque, en magia prohibida, en un nuevo desastre. Los awsiyas y la princesa corrieron hacia el palacio sintiendo cómo la tierra aún vibraba.
Pero lo que encontraron no fue destrucción. Frente a las puertas del palacio, envuelto en una simple manta, había un bebé. Sola. Tranquila. Durmiendo.
Nadie comprendía lo que estaban viendo. En aquellos años, todos los registros antiguos ya habían sido quemados y ya nadie conocía los secretos de la sucesión real. Pero Faramidas, al ver a aquella criatura sin gema en la frente, recordó al instante las palabras que su antecesora —la princesa Miriazade— le había confiado en su lecho de muerte.
Y lo entendió. Aquel bebé no era un ataque, ni un accidente, ni un misterio sin dueño. Era su futura sustituta.
La niña fue criada en palacio, rodeada de cuidados y atenciones, con la convicción de que algún día ocuparía el trono. Pero cuando pasaron los años y su rostro empezó a definirse… Faramidas quedó petrificada.
La pequeña era idéntica a Miriazade: El mismo rostro, la misma mirada e incluso la misma sonrisa.
Judas notó de inmediato que algo en su princesa no encajaba. Faramidas, siempre firme, siempre segura, tenía ahora la mirada perdida… inquieta. Cuando él se acercó para preguntarle qué le ocurría, ella respiró hondo y decidió compartir, por fin, aquello que había mantenido sepultado durante años: las últimas palabras de su antecesora.
“Sé que esto te sonará extraño, Judas,” comenzó, posando su mano sobre el hombro del awsiya. “Pero… antes de morir, Miriazade me confió un secreto que jamás pude entender del todo.”
El guardián mantuvo el silencio mientras la princesa bajaba la vista, evocando el recuerdo.
La imagen se formó en su mente como una herida que nunca terminó de cerrar: Miriazade, anciana, consumida por la enfermedad, tendida en su cama mientras el temblor de su respiración iba apagándose.
“Llegará el día,” había dicho la vieja princesa con voz quebrada, “en el que mi sucesora aparecerá de la nada. Y la reconocerás en cuanto veas su rostro.”
Faramidas apretó los labios al recordarlo.
“Lo siento, Faramidas…,” murmuró Miriazade mientras su mano temblorosa buscaba la de su heredera. “Nunca pude descubrir la verdad detrás de nuestro legado… Pero cuando la veas, lo comprenderás todo.”
El recuerdo se disolvió, dejando a Faramidas mirando a Judas con el corazón acelerado. Él, todavía joven por aquel entonces, se quedó paralizado. No había servido bajo Miriazade; aquella parte del linaje de las princesas era completamente desconocida para él. Sus antiguos compañeros awsiya que sí lo sabían habían muerto años atrás, llevándose sus secretos a la tumba.
“¿Y si… usted y Miriazade estáis atrapadas en algún tipo de bucle temporal?” llegó a plantear Judas, incrédulo ante lo que insinuaban las palabras de la princesa.
“Sería una explicación bastante razonable…” admitió Faramidas, llevándose una mano al pecho. “Pero… ¿por qué? ¿Qué sentido tendría? Ya es bastante carga guardar el secreto de que somos humanas. Esto… esto es otra responsabilidad más sobre nuestros hombros.”
“No tiene por qué serlo, su majestad,” respondió el awsiya, intentando aliviarla.
“Lo es, Judas. Créeme.” Sus ojos, habitualmente luminosos, se tornaron sombríos por un instante. “Por eso… te doy una orden, desde lo más profundo de mi corazón. No compartas esta información con ningún Ballure. No mientras sigas con vida.”
El silencio pesó entre ambos.
Judas se inclinó respetuosamente. “Entendido, su majestad.”
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Presente.
“Entonces… la princesa te ordenó mantener esa información a salvo,” murmuró Marco, todavía procesando la revelación.
“Así es.” Judas sonrió con alivio, como quien por fin abre una puerta que llevaba décadas cerrada. “Pero tú no eres un Ballure, Marco. Puedo contártelo todo sin romper mi juramento. Por primera vez en años… puedo liberar estos pensamientos de la prisión en la que los tenía.”
“Claro… adelante,” respondió Marco, inclinándose hacia él con atención genuina.
“Fara y Zade,” comenzó el anciano con solemnidad, “tienen algún tipo de maldición o bendición que las ata a este pueblo. Reencarnan una y otra vez. Cuando una fallece, la siguiente aparece. Como si el trono necesitara siempre las mismas almas… dividida en ciclos.”
Marco tardó unos segundos en reaccionar.
“Eso…” sus ojos se abrieron lentamente. “Eso es increíble...”
“Una locura, ¿eh?” rió Judas, aunque sus ojos reflejaban el peso de la idea.
“Para nada. De hecho esa teoría… podría tener todo el sentido del mundo visto lo visto,” admitió Marco. “Solo faltaría averiguar el por qué.”
“Y ahí está el problema…” suspiró el anciano. “No existe ningún registro que explique la razón.”
“Sí lo hay.”
Ambos se giraron. Shouri emergía de entre los árboles, caminando hacia ellos con las manos en los bolsillos, cigarro en boca y una expresión seria.
“¡Shouri!” exclamó Marco, sorprendido.
“Perdonad que me pusiera a escuchar,” dijo ella con naturalidad. “Vine a saludaros y… bueno, vuestra conversación era demasiado interesante como para interrumpiros.”
“No te preocupes, jovencita,” sonrió Judas, señalándose el oído. “Sabía que estabas ahí desde el principio. Uno no pierde su toque de guardián entrenado con la edad.”
“Eso esperaba de un líder awsiya retirado.” replicó Shouri con una media sonrisa.
Judas se irguió un poco sobre el bastón. “¿Y bien? ¿Dónde dices que está la explicación?”
“En los templos que mantienen el sello de la barrera,” respondió ella, segura de sí misma. Marco sintió un escalofrío al instante, recordando la misión de Keipi y Nicole. “Nuestros traductores están trabajando en ello. Puede que vuestra historia perdida esté ahí… intacta.”
“Espera…” Judas parpadeó. “¿Me estás diciendo que en esos templos hay información real?”
“¿No sabías que los dibujos de esos lugares son un idioma perdido?” añadió Marco, recordando las palabras de Keipi. “Son jeroglíficos.”
“¿E–es en serio?” balbuceó Judas, completamente anonadado.
“Así es,” confirmó Shouri con un gesto afirmativo.
Judas se dejó caer un poco más en el respaldo del banco, abrumado. “No… no tenía ni idea…”
“Es normal,” añadió Shouri, con un tono grave. “Vuestra historia fue quemada. Borrada. Pero ahora… solo queda esperar a que ellos regresen con la información que nos falta.”
La joven alzó la vista hacia el cielo de Al-Amphoras, como si intentara descifrar algo entre las nubes.
“Porque ese misterio sobre esta nación… está relacionado con algo mucho más grande. Todo apunta a esa gema infinita.”
Marco tragó saliva. “Yo… también tengo esa sensación,” admitió.
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Al-Amphoras, casa de Faralalan.
Los tres nietos de Judas regresaban a casa para comer después de pasar la mañana en el parque con Theo y Gretel. Justo antes de entrar, se toparon con Cecily y Ella en la entrada.
"¡Chicos!" saludó la ladrona con energía.
"¡Cecily! ¡¿Qué haces aquí?!" preguntó Faralalan, corriendo hacia ella para abrazarla.
"Estuvimos ayudando a los Ballure en el albergue y, cuando terminamos, invité a mi amiga a comer con nosotros para agradecerle el apoyo. Espero que no os importe." explicó con una sonrisa.
"Para nada." respondió la pequeña. Luego miró a la recién llegada. "¿Quién eres? Nunca te había visto por aquí."
"¿No la conoces? Qué raro." comentó Gretel. "Según íbamos al parque, Fara estuvo saludando a todo el mundo diciendo su nombre. Imagino que hasta ella tendrá un límite."
"Ya te digo, me sorprendió la cantidad de personas que conoce." añadió Theo, aún anonadado.
Ella se agachó y le acarició la cabeza con ternura. "Nos conocemos desde hace tiempo, pero como suelo estar ocupada apenas hemos coincidido. Yo soy Ella." se presentó.
Faralalan se quedó mirándola fijamente, como si algo en aquella chica no terminase de encajar. "P-Pues puede ser..." murmuró, todavía insegura.
"Por cierto, nosotros tampoco nos hemos presentado." intervino el portador de la deidad. "Somos compañeros de viaje y amigos de Cecily. Yo soy Theo y él es Gretel."
"¡Anda! ¡Es genial ver por fin más especies distintas por aquí que no sean Ballure o hombres-bestia! ¿Vosotros también tenéis alguna magia rara como Cecily?" preguntó Ella, intrigada.
"Le conté que puedo usar electricidad y flipó al enterarse de que los humanos no usamos magia de cristales en el día a día." presumió la ladrona.
"Oh, entiendo." dijo Gretel. "Yo tengo una magia dimensional que me permite comunicarme con otras dimensiones. Todavía no la domino del todo, así que no sé cuál es su verdadero potencial."
"En mi caso no tengo magia ninguna." sonrió Theo ligeramente decepcionado. "Formo parte del bajo porcentaje de humanos que nacen sin ella, pero tuve la suerte de convertirme en sucesor de una deidad llamada Horacio."
"¡Anda, eso es genial! ¡Seguro que eres muy poderoso!" le animó Ella.
"Para nada… Como no tuve tiempo de formarme para el título, aún estoy en proceso. No tengo grandes habilidades ni nada así." se lamentó.
"Bueno, tiempo al tiempo." dijo la joven ballure, tratando de animarlo mientras abría su mochila. Sacó varias botellas llenas de líquidos de colores. "Para daros las gracias por invitarme a comer, os he traído algunos refrescos que preparo para mi negocio."
"¡Anda! ¡Qué guay!" celebraron los nietos de Judas.
"Tienen buena pinta..." murmuró Faralalan, con brillo en sus ojos.
"¡Están de muerte! ¡Son de sabores frutales!" aseguró Cecily.
"Así es. ¡De lo mejor de lo mejor! ¡Con fruta de verdad!" añadió Ella mientras repartía las botellas una a una. Reservó una roja, de cereza, para Theo. "Este es para ti. ¡Un regalito para animarte en tu camino a ser más poderoso!"
"Gracias." respondió él, algo sonrojado.
En ese momento, Judas regresó acompañado de Marco y Shouri. Con una sonrisa, los invitó a todos a entrar para comer algo calentito. Uno tras otro fueron entrando en la casa… salvo Faralalan, que se quedó en la puerta mirando su refresco de lima-limón.
"Esa chica… creo que está mintiendo." pensó mientras observaba de reojo a Ella.
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Sylvapura, casa de Eugene.
La noche llegó antes de lo esperado. Gracias al apoyo —y a la insistencia— de Vivian, nuestra protagonista terminó cediendo y aceptó cenar con sus padres.
Los tres estaban reunidos en el salón. La mesa estaba a rebosar de comida, pero aun así se respiraba una tensión pesada. Leslie, su madre, y Eugene observaban con nerviosismo el rostro apagado de su hija, que comía en silencio frente a ellos.
"¿Está bueno?" preguntó con cautela.
"Sí." respondió Ashley sin levantar la vista.
"¿Seguro que estás bien?" insistió Eugene, inquieto.
"Sí." repitió, con la misma frialdad.
"O-Oye..." empezó su madre tras tragar saliva. "Sé que… hicimos cosas horribles en el pasado. Tu padre me contó la vida que llevaste por nuestra culpa y… de verdad que estamos arrepentidos. Queremos arreglar las cosas, Ashley. Queremos volver a ser una familia."
La joven dejó de mover los cubiertos. Se quedó quieta, mirándolos fijamente.
"Cuando se lo conté a tu madre, se echó a llorar de emoción." continuó Eugene con voz temblorosa. "Pensó que esto… que tu vuelta era un regalo de los cielos, una oportunidad para reconstruir lo que destruimos. Siempre pudimos… intentar tener otro hijo, pero no éramos capaces. No después de lo que te hicimos."
Leslie asintió entre lágrimas.
"Sé que no es excusa el haberte abandonado por falta de dinero." añadió Leslie. "Fuimos unos padres terribles. Pero por favor… danos una segunda oportunidad. Ya no somos aquellos veinteañeros que fueron obligados por sus padres a tener un hijo sin recursos. Ahora… ahora sí podemos ser una familia de verdad. Podemos darte un hogar."
Ashley dejó los cubiertos con cuidado sobre el plato, se limpió los labios con la servilleta y se levantó sin decir nada.
"Voy a dar una vuelta. Luego vuelvo." dijo, apartando la mirada antes de salir del salón.
La puerta se cerró con un suave clic.
Leslie rompió a llorar al instante, llevándose las manos al rostro. Eugene la abrazó en silencio, acariciándole la cabeza.
"Está bien… está bien…" murmuró, intentando consolarla aunque sus propios ojos también empezaban a humedecerse.
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Sylvapura, acantilado.
Tras un largo paseo bajo la luz de la luna, dándole vueltas a todo lo ocurrido con sus padres, Ashley llegó a uno de los lugares turísticos más emblemáticos de su país: el gran acantilado desde el que se podía contemplar toda la capital iluminada.
La joven se apoyó en la barandilla, dejando escapar un suspiro largo, casi doloroso.
"¿Qué te ocurre, conejo lunar?" preguntó una voz conocida a su espalda.
Ashley se giró sobresaltada. Draco estaba sentado en un banco, tranquilo, fumándose un cigarrillo como si formara parte del paisaje nocturno.
"¿Q-Qué haces aquí?" preguntó, aún sorprendida al ver al gobernador en aquel lugar.
"Suele ser mi parada obligatoria todas las noches antes de irme a la cama." respondió él levantándose. Se acercó a la barandilla y contempló la vista. "Me gusta observar lo bonita que es mi ciudad cuando la luna la protege desde arriba."
"Sí que lo es…" murmuró Ashley, dejándose contagiar un poco por aquella calma.
"¿Y tú?" preguntó Draco, dándole una última calada antes de apagar la colilla y tirarla en la papelera. "¿Qué te trae aquí?"
"Yo… necesitaba tiempo para pensar." admitió ella. "Estoy lidiando con un montón de emociones y situaciones que no esperaba tener que afrontar tan pronto… y la verdad es que… se siente muy pesado en mi corazón."
"Entiendo." asintió Draco con una serenidad sorprendente. "¿Te apetece dar un paseo y charlar tranquilamente sobre esas dudas?"
Continuará...
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