Durante el embarazo, su madre sufrió innumerables complicaciones que estuvieron a punto de costarle la vida al bebé en más de una ocasión. Sin embargo, contra todo pronóstico, logró traerla al mundo. Por la fortaleza con la que superó cada dificultad y la determinación con la que se aferró a la vida, aquella niña recibió el nombre de Shouri, que en su lengua natal significaba Triunfo.
Su madre era una de las mejores doctoras bélicas del país, y su padre, uno de los guerreros con magia terrenal más formidables de la armada. De la unión de ambos prodigios nació una niña excepcional, dotada no solo de una inteligencia sobresaliente, sino también de un dominio innato de la magia.
Su energía mágica superaba con creces la media desde una edad temprana, una fuerza interior que parecía destinada tanto al estudio de la magia como al campo de batalla, siguiendo el legado de sus progenitores.
Cuando apenas contaba cinco años, su padre decidió comenzar a entrenarla en casa. Jamás se lo puso fácil, pero Shouri cumplió cada orden con una disciplina férrea, sin quejarse, sin rendirse.
Al alcanzar la edad mínima para presentarse a las pruebas de acceso a la milicia mágica del gobierno imperial, dejó a todos los examinadores sin palabras. Nunca habían visto a alguien tan joven ejercer un control tan absoluto sobre la roca, moldeándola a su antojo y sin mostrar signos de agotamiento.
Fue así como destacó por encima del resto, superando incluso la reputación que su padre había dejado entre las tropas. Con el tiempo, Shouri se convirtió en una líder de escuadrón profundamente querida por los suyos, guiando a su unidad durante años a través de incontables batallas inimaginables, superadas gracias a su poder, su temple y su brillante estrategia.
Gracias a su fama, su poder y los resultados excepcionales que cosechó en el campo de batalla, ella recibió un salario que le permitió ofrecer a sus padres una jubilación anticipada y una vida libre de preocupaciones. Les regaló una pequeña casa a las afueras de su ciudad natal, lejos del bullicio y el ajetreo urbano, para que por fin pudieran descansar en paz.
Poco después, Shouri conoció el amor.
Se trataba del hombre que ocupó el puesto de subcapitán en su escuadrón: un peculiar usuario de magia acuática que siempre se lanzaba al frente con tal de protegerla. Al principio, ella no comprendía qué le ocurría; solo sabía que le parecía increíblemente atractivo y que no podía apartar la mirada de él. Sin embargo, a medida que compartían charlas durante los descansos en las campañas bélicas y los asaltos a otros países, fue descubriendo a una persona noble, leal y profundamente humana. Sin darse cuenta, su corazón quedó completamente cautivado.
Durante una de sus victorias, ambos resultaron heridos y fueron hospitalizados juntos. Entre risas, bromas y elogios por el trabajo bien hecho, sus manos se entrelazaron por accidente, un gesto torpe que terminó dando paso a la confesión de unos sentimientos que llevaban tiempo creciendo en silencio.
Amor, pasión y confianza marcaron varios años de noviazgo. No solo eran pareja, también camaradas de armas. Finalmente, decidieron casarse y compartir un mismo futuro. Un futuro que, con el tiempo, tomó una nueva forma: el deseo de traer al mundo un hijo.
Sin embargo, por más que lo intentaron, no lo lograron.
Tras realizarse unas analíticas con la ayuda de su madre, la leyenda descubrió la cruel verdad. Su sistema reproductor había quedado gravemente dañado durante la guerra, consecuencia de las innumerables heridas y batallas a las que se había sometido. El diagnóstico fue claro e irreversible.
Shouri era completamente infértil.
Sin embargo, pese a la dureza de aquellas noticias, ella no se detuvo. Continuó avanzando junto a su escuadrón, liderando batallas durante años. Obedecieron las órdenes del gobierno imperial para sofocar conflictos entre naciones y enfrentarse a rebeldes que se alzaban contra el emperador, cumpliendo su deber sin cuestionarlo.
Fue en una de esas misiones cuando conoció a Morgana, en el preciso instante en que esta salvaba a una mujer de un grupo de abusadores. Aquel encuentro fortuito dio lugar a una amistad sincera, y con el tiempo, la portadora de la deidad se convertiría en una de sus aliadas más cercanas.
Poco después, estalló uno de los conflictos más importantes de la historia de Pythiria.
Una rebelión armada de gran escala surgió en uno de los países vecinos a Centhyria, la región donde se asentaba el gobierno imperial. La magnitud del levantamiento obligó a todos los escuadrones a movilizarse, dando inicio a una guerra que se prolongó durante meses.
Las batallas se cobraron cientos de vidas. Entre ellas, la de su esposo.
Shouri vio cómo lo decapitaban ante sus propios ojos en pleno campo de batalla. Aquel instante quebró algo en su interior. La mujer que había liderado con temple y estrategia desapareció, dando paso a una furia indomable. Avanzó por el campo de batalla como una catástrofe viviente, arrasando con todo a su paso sin dudar ni un segundo.
La pérdida de su marido forzó una evolución definitiva.
Un poder inimaginable, que había reprimido durante años, despertó por completo. Gracias a esa fuerza desatada, la guerra llegó a su fin y la victoria fue asegurada. Shouri obtuvo entonces el título de leyenda.
Pero así como alcanzó la cima, descendió de ella con la misma rapidez.
El dolor por la pérdida de la persona que más amaba la destrozó mentalmente. Y, sumado a ello, el hecho de no haber podido traer un hijo al mundo la consumía por dentro. Sentía que había fallado como esposa, que su marido no tendría un legado que perpetuara su nombre… y que aquella culpa recaía únicamente sobre ella.
Shouri abandonó la milicia.
Selló gran parte de su magia utilizando los objetos que Morgana le había entregado tiempo atrás —el parche, la tobillera y las pulseras— y se embarcó en un viaje sin destino, un peregrinaje eterno para expiar lo que ella consideraba su pecado y encontrar la paz interior.
Su travesía la llevó por todas las regiones de su país natal, Aokitazawa. Fue allí donde conoció a Futao y a Kanu, dos jóvenes a los que acabaría tomando como aprendices y que se convertirían en sus discípulos más fieles.
Al principio, Shouri dudaba de todo. Se castigaba a sí misma vagando sola por el mundo, convencida de que únicamente así su marido podría perdonarla por no haberle dado hijos y por haberlo perdido en aquel campo de batalla.
Por eso, no sabía si estaba haciendo lo correcto al dejar atrás esa penitencia autoimpuesta y permitir que aquellos dos chavales la acompañasen en su camino. Sin embargo, cada vez que miraba atrás y veía a Futao y Kanu aprender con una sonrisa, algo comenzaba a transformarse en su interior.
Con el tiempo, comprendió una verdad que jamás había sido capaz de pronunciar en voz alta.
Para ella, aquellos dos no eran solo sus alumnos. También eran… los dos hijos que siempre había querido tener.
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Presente.
Al percibir la inmensa oscuridad que se abatía sobre la ciudad, los ballure abandonaron el palacio a toda prisa, alzando la vista justo a tiempo para ver cómo el Animalia descendía sobre ellos.
Uno de los enormes fragmentos de roca estuvo a punto de aplastar a varios vecinos indefensos, pero los Awsiya reaccionaron al instante, alzando un grueso pilar de cristal que los protegió del impacto.
"¡Poneros a cubierto!" gritó Najaf, ajustándose las gafas con nerviosismo.
Los gritos de pánico se propagaron por las calles. El tamaño de aquella fortaleza flotante era descomunal, y solo era cuestión de segundos que se desplomara por completo. No había forma de alcanzar un lugar seguro sin resultar herido durante el descenso.
Incluso Kanu y Futao, que ya habían afrontado horrores inimaginables, se encontraban paralizados por el miedo.
"¿Acaso… no podemos hacer nada?" preguntó Theo, sin apartar la mirada del cielo.
"Hermano… ¿qué hacemos ahora?" pensó Gretel, con el pulso tembloroso, esperando una respuesta de Hansel.
"Quizá… aunque a Marco no le guste…" meditó Lily, temblando. "¿Debería usar el penúltimo Modo Deidad para salvarlos a todos?"
"¡DETENTE! ¡ESTÁS HERIDA, SHOURI!" gritó Faralalan con desesperación.
Entonces, todas las miradas se volvieron hacia ella.
A pesar de la sangre que empapaba el suelo a cada paso, Shouri avanzó con un cigarro entre los labios y una sonrisa cansada, pero firme, una expresión que dejaba claro que aún no se había rendido. Temblorosa y herida, alzó la vista hacia el cielo.
"Yo… me encargo." dijo antes de dar un fuerte pisotón con las pocas fuerzas que le quedaban.
Al instante, gigantescos brazos de roca emergieron del suelo alrededor del palacio. Eran colosales, con manos formadas por bloques compactos de tierra y piedra. Uno a uno, se alzaron para sostener los restos del Animalia, frenando su caída en seco.
"¡MAESTRA, DETENTE!" gritó Kanu entre sollozos, corriendo hacia ella con el corazón hecho pedazos.
"¡TE VAS A MORIR SI SIGUES ASÍ!" clamó Futao, tropezando y cayendo sobre la arena mientras intentaba arrastrarse hacia ella, consumido por la desesperación.
"Así es…" respondió Shouri con una sonrisa serena, contemplando cómo las gigantescas manos de roca sostenían el Animalia en el aire. "Mi vida… está llegando a su fin…" Su respiración era irregular, cada palabra un esfuerzo. "Los gigantes… y las manos… desaparecerán como mucho diez minutos después de que fallezca. Evacuad el palacio y las inmediaciones todo lo que podáis."
"¡No!" respondió el soldado, con lágrimas recorriéndole el rostro. "¡Es su última voluntad! ¡Respétala!"
"¡Maestra…!" lloraba Futao desde el suelo, con la voz rota.
"¿Sabéis…?" murmuró Shouri mientras la colilla del cigarro caía de sus labios y su corazón comenzaba a detenerse. "Vosotros dos… me disteis lo que más deseaba en esta vida… sin que jamás tuviera que pediroslo."
"¿El qué…?" sollozó el arquero.
"Hijos…" respondió ella con un hilo de voz. "Nunca… pude tenerlos… por mis heridas… pero vosotros…" Su cuerpo empezó a ceder, las fuerzas estaban abandonándola. "Siempre… siempre… seréis… mis… hijos…"
La leyenda cayó lentamente sobre la arena, perdiendo la consciencia. Cuando su cabeza tocó el suelo y sus últimas palabras escaparon de sus labios. Los ojos de Shouri se apagaron… y su corazón dejó de latir.
"¡No…!" sollozó Lily, llevándose las manos a la boca.
"¡SHOURI!" gritó Theo, abrazando a Gretel mientras ambos lloraban desconsolados.
"Ella… siempre ha sido… tan increíble…" murmuró el gemelo, secándose las lágrimas.
En aquel instante ya no quedaba miedo. Solo llanto, silencio y compasión ante la pérdida de una de las leyendas más poderosas… y de una de las mujeres más bondadosas de la historia.
"¡MAMÁ!" gritó Kanu entre lágrimas.
"¡¡MADREEEE!!" clamó Futao, quebrado.
Continuará…
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