Adaptando por completo su cuerpo a su forma animal, Draco se alzó bajo la luz de la luna convertido en un gigantesco dragón de escamas negras, surcadas por tatuajes dorados que brillaban como runas antiguas. Su tamaño superaba incluso al del Animalia, proyectando una sombra colosal sobre el campo de batalla.
"Q-Qué fuerza…" pensó, recuperando el aliento entre los escombros. "Pero… no tengo miedo. ¡No puedo permitir que los ballure sean masacrados por una falacia del gobierno imperial!"
Reuniendo su determinación, el joven cubrió su cuerpo con llamas azules. Dio un salto, apoyó ambos pies contra la columna a su espalda y se impulsó con furia directa hacia su contrincante.
Draco respondió con un movimiento brutal, barriendo el aire con una zarpa colosal e intentando despedazarlo con sus afiladas garras. Marco danzó entre el ataque, girando sobre sí mismo y deslizándose por el espacio justo entre los dedos del reptil, esquivando por un suspiro la muerte.
Aprovechó el impulso para aferrarse a una de las escamas del dragón y, con un salto ágil, se plantó sobre el dorso de la mano. Desde allí, ascendió a toda velocidad por su brazo, concentrando el fuego azul en su mano derecha.
Sin darle tiempo a reaccionar, liberó una inmensa esfera de llamas azules que impactó de lleno contra el rostro del enemigo.
El golpe sacudió al dragón lunar, obligándolo a retroceder mientras un rugido de dolor estremecía toda la zona, resonando entre las ruinas como un presagio de que aquella batalla aún estaba lejos de terminar.
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Interior del Animalia.
Nicole surcaba los amplios y destrozados pasillos del Animalia con la princesa en brazos, esquivando escombros mientras buscaba desesperadamente a sus compañeros desaparecidos.
"Ya revisamos la sala donde nos separamos de Ryan…" comenzó Sherezade, tratando de ordenar sus pensamientos mientras la sanadora maniobraba con precisión entre fragmentos de piedra. "Allí solo encontramos al sagrado con aspecto de tortuga, completamente inconsciente. Después seguimos un rastro de sangre que nos condujo hasta la sala de la jungla, donde hallamos al sagrado con aspecto de león en el mismo estado. Pero… ni rastro de tus compañeros."
"Sí…" asintió Nicole con el ceño fruncido. "Y perdimos por completo el rastro al salir de esa sala. Desde entonces, no tenemos ni una sola pista de su paradero."
"Ojalá tuviéramos aunque fuera una maldita señal…" murmuró la princesa, mordiéndose el dedo con frustración.
"Oye…" dijo entonces la sanadora, rompiendo el silencio. "Lo que hiciste antes estuvo muy bien."
"Oh… ¿el qué?" preguntó Sherezade, sorprendida.
"Usar tus vectores para sacar a los dos sagrados inconscientes del castillo y ponerlos a salvo. Dice mucho de ti y del gran corazón que tienes." sonrió.
"N-No fue nada…" respondió ella, sonrojándose levemente. "Al final… solo son víctimas del engaño, la desesperación y la pobreza. No merecen un final horrible si podemos evitarlo."
"Tienes razón." asintió Nicole con suavidad.
De pronto, un grito desgarrado resonó por el pasillo. Ambas se quedaron en silencio durante un segundo.
"¿Has oído eso?" preguntó Sherezade, con el corazón acelerado.
"¡Sí! ¡Venía de la izquierda!" respondió la sanadora, girando bruscamente en el aire. Fue una maniobra peligrosa, pero perfectamente controlada.
Aquella voz les resultaba inconfundible.
"¡CECILY!" gritó Nicole con todas sus fuerzas.
"¡NICOLE! ¡AYUDA! ¡ESTAMOS AQUÍ ABAJO!" respondió la ladrona, al borde del colapso.
En mitad del pasillo se abría un enorme agujero de varios metros de profundidad. Sin dudarlo, ambas descendieron con cautela, hasta distinguir a sus compañeros atrapados bajo un gigantesco pilar de piedra.
"…No puede ser." murmuró la paladin, con un nudo en la garganta.
"¡Hay que sacarlos de ahí! ¡Yo me encargo de la roca!" exclamó Sherezade, soltándose de la sanadora.
La princesa descendió con gracia, apoyó la palma de su mano sobre la enorme columna que los aprisionaba y, trazando un vector preciso, la desplazó al instante, liberándolos.
"¡Ahora te toca a ti!" dijo, mirando a Nicole.
Suspendida en el aire, la sanadora extendió las alas. Un suave haz de luz la envolvió mientras comenzaba a entonar la misma melodía que había usado contra los apóstoles, aunque esta vez más cercana, más contenida. La magia se expandió lentamente, sanando las heridas más graves y devolviéndoles parte de su energía mágica.
El rostro crispado de Ryan, aún inconsciente, se relajó poco a poco hasta esbozar una leve sonrisa de alivio.
"Gra… gracias…" susurró Cecily, con la voz rota.
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Exterior del Animalia.
En su forma de dragón, Draco abrió las fauces y comenzó a disparar enormes esferas de fuego que surcaban el cielo nocturno como meteoros incandescentes. El aire rugía a su paso. Marco se movía entre ellas con una agilidad casi antinatural, impulsándose con explosiones controladas de llamas azules, girando, ascendiendo y descendiendo mientras el fuego enemigo estallaba a su alrededor, iluminando el Animalia con destellos anaranjados.
En un instante clave, nuestro protagonista se detuvo en seco, apoyando ambos pies contra una de las paredes exteriores del castillo flotante. Dos esferas de fuego se cerraban sobre él desde lados opuestos. Sin perder la calma, flexionó las piernas y saltó con fuerza, atravesando el estrecho espacio entre ambas explosiones. El calor le rozó la piel, pero salió ileso, envuelto en sus propias llamas.
Aprovechando el impulso, acortó la distancia en un parpadeo. Su puño se tensó, concentrando el fuego hasta hacerlo rugir. El golpe impactó de lleno en el mentón de Draco, y en el mismo movimiento, liberó la energía acumulada: un fénix de llamas azules estalló a bocajarro, alzando al dragón un par de metros en el aire mientras un grito de furia resonaba por todo el cielo.
Pero Draco reaccionó al instante.
Giró su colosal cuerpo con violencia y, con un latigazo brutal de su cola, alcanzó a Marco de lleno. El impacto fue devastador. La camiseta del joven se desgarró por completo, arrancada de cuajo, mientras su cuerpo salía despedido y comenzaba a derrapar sin control por la superficie exterior del Animalia, rebotando contra muros musgosos, cornisas y salientes de piedra ennegrecida.
Marco cayó finalmente, rodando entre escombros humeantes. Sangraba, respiraba con dificultad, pero aun así apoyó una rodilla en el suelo y se obligó a levantarse, con la mirada firme y decidida. Fue entonces cuando una sombra lo cubrió por completo.
Antes de que pudiera reaccionar, el enemigo lo atrapó con una de sus enormes garras. El metal de las escamas chirrió al cerrarse alrededor de su cuerpo. Sin mostrar la menor compasión, el dragón comenzó a arrastrarlo por todo el edificio, golpeándolo contra muros y estructuras mientras avanzaba lleno de rabia.
"¡Nunca podrás superar a alguien que realmente quiere a su pueblo! ¡Nunca entenderás de primera mano la labor de un rey como yo! ¡Nunca!" gritaba mientras lo arrastraba con crudeza por el edificio.
El hombre-dragón se detuvo en seco y clavó sus ojos reptilianos en su rival. Marco, alzó la mirada y esbozó una sonrisa serena, casi luminosa. Luego, con total determinación, plantó las palmas de ambas manos contra la superficie de piedra, como si se fundiera con el propio castillo.
"¡Ya te lo he dicho antes, Draco! ¡Y no pienso repetirme!" exclamó él con una sonrisa cargada de devoción. "¡Pero ser un gobernador no te da permiso para cargar contra todo un país que siempre quiso tratar la situación de manera pacífica! Por mucho que os duela... ¡Siempre habéis estado equivocados!"
El rugido que siguió fue ensordecedor. "¡NOOOOO!" gritó enfurecido.
De pronto, el suelo del Animalia comenzó a cubrirse de escarcha. El frío se propagó como una ola silenciosa, congelando muros, columnas y grietas a una velocidad antinatural. El aire se volvió cortante, denso, casi irrespirable. Las patas de Draco tocaron el hielo y resbalaron, obligándolo a batir las alas con fuerza y elevarse de nuevo para no quedar atrapado.
"¿Q-Qué está pasando?" dijo sorprendido, retrocediendo en el aire.
"Sé que eres un enemigo formidable, pero… esta guerra tiene que tener un final." respondió Marco mientras se incorporaba lentamente. A cada paso, el calor abandonaba el entorno, y el vapor se alzaba desde el suelo congelado como un aliento moribundo.
"¡¿QUÉ ES LO QUE HACES?! ¡DETENTE!" Draco rugió con furia y abrió las fauces, disparando una violenta llamarada directa hacia él.
Nuestro protagonista alzó la mano con calma absoluta. El fuego chocó contra su palma… y desapareció. Las llamas se comprimieron, se retorcieron y fueron absorbidas hasta reducirse a la nada. En el mismo movimiento, dio un salto en el aire, colocando una mano hacia atrás y la otra extendida al frente, como si preparara el disparo de un arma imposible.
"Mi fuego es poderoso, pero no tanto para abarcar un enemigo de tales dimensiones como lo eres tú. Así que recurrí a otra estrategia: aumento mi poder al absorber el calor de todo mi entorno." sonrió él.
Tras él, el mundo se convertía en un paisaje gélido y cristalizado. Todo estaba congelado, hasta el aire. Frente a él, en cambio, una luz comenzó a brillar con intensidad en la palma de la mano, pulsando como un sol comprimido.
"¡NO! ¡NO PUEDE SER!" gruñó, abriendo sus fauces con desesperación.
"¡HOT&COLD!" gritó nuestro protagonista.
El cañón de energía se liberó en un instante. Un torrente denso de fuego azul y blanco estalló hacia delante, tan inmenso que superaba en tamaño al propio Draco.
El impacto fue absoluto. El dragón salió disparado por los aires, elevándose todavía más mientras su cuerpo comenzaba a perder forma, descomponiéndose en una explosión de luz hasta recuperar su apariencia humana.
Inconsciente y gravemente herido, cayó pesadamente sobre la superficie congelada del Animalia, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
Marco descendió lentamente, apagando las llamas de su cuerpo, y se detuvo frente a él.
"Nunca podrás ser un buen líder si no eres capaz de escuchar y comprender a los que te rodean, Draco." dijo Marco.
Batalla en el exterior del Animalia.
Marco vs Draco, el dragón lunar.
Ganador: Marco.
Todo tembló de nuevo. No fue una sacudida aislada, sino un estremecimiento profundo, violento, que recorrió el Animalia de arriba abajo. El suelo vibró bajo los pies de nuestro protagonista y una grieta se abrió a pocos metros de él, obligándolo a dar un paso atrás con sorpresa.
"¿Qué está pasando ahora? ¿No detuvieron su descenso?" dijo él, con el ceño fruncido.
Las colosales manos de roca que sostenían el castillo comenzaron a resquebrajarse. Profundas grietas recorrían los dedos pétreos, desprendiendo fragmentos del tamaño de casas que caían al vacío envueltos en una lluvia de polvo y escombros.
El rugido de la piedra al partirse era ensordecedor. Solo era cuestión de segundos que aquellas manos cedieran por completo… y que el Animalia se desplomara, aplastando sin piedad el palacio de Al-Amphoras bajo su peso.
Abajo, en la superficie, nadie era capaz de apartar la vista. Ballure, guerreros, hombres-bestia y seres vivos por igual observaban con el corazón en un puño cómo la gigantesca construcción comenzaba a inclinarse lentamente, proyectando una sombra mortal sobre el edificio. El aire estaba cargado de pánico y desesperación.
"Mierda… Se acaba el tiempo que nos dio Shouri…" pensaba Theo, apretando el puño con furia mientras sentía cómo el sudor frío le recorría la espalda.
Pero las manos no eran lo único que se estaba rompiendo. Los gigantes de piedra que sellaban a los dos Tottengräber en su interior, comenzaron también a agrietarse.
El peligro aún no había desaparecido por completo.
Continuará…
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