miércoles, 21 de enero de 2026

Ch. 300 - Ballure para siempre

Un par de minutos antes de que se produjera la ruptura de la Gema Infinita, cuando toda la atención de los ballure estaba completamente centrada en el Animalia y en cómo las colosales manos rocosas de Shouri comenzaban a resquebrajarse, algo mucho más discreto —pero no menos peligroso— estaba ocurriendo lejos de las miradas.

Los gigantes de piedra que hasta entonces habían servido como prisiones vivientes empezaban a fallar desde dentro. Las grietas recorrían sus cuerpos lentamente, no por la magia que los mantenía en pie, sino por la que ya no podía sostenerlos. Y con cada crujido, los Tottengräber sellados en su interior recuperaban la libertad.

Por la espalda de uno de aquellos colosos, a través de una estrecha fisura que se abría como una herida mal cerrada, emergió poco a poco Straciatella. Primero asomó el rostro, empapado en sudor y polvo, luego los hombros y finalmente los brazos, que clavó en la roca para impulsarse hacia arriba con un gruñido. Cuando logró salir hasta la cintura, dejó escapar un largo suspiro de alivio, dejando caer la cabeza hacia atrás.

"Joder, ya era hora de que la palmase la piba esa." suspiró molesta. "Por un momento hasta llegué a pensar que moriría ahí dentro… y para colmo, huele horrible."

Con un último esfuerzo, Straciatella forzó la apertura de nuevas grietas y terminó de liberarse, cayendo pesadamente sobre la arena. El impacto levantó una pequeña nube de polvo que enseguida se sacudió de encima con gesto fastidiado. Sin perder el tiempo, sacó una carta del tarot marcada con el símbolo de la luna y la activó entre sus dedos. La gravedad a su alrededor se distorsionó al instante, volviéndose ligera.

Gracias a ello, la joven dio un salto imposible, elevándose varios metros en el aire con una facilidad antinatural. Desde su posición, observó brevemente cómo el Animalia era desplazado por el impacto del dragón de agua, alejándose de la ciudad entre estruendos y columnas de arena. Nadie reparó en ella. Nadie miró hacia atrás. Exactamente como había planeado.

Antes de que la atención de los ballure pudiera siquiera rozarla, Straciatella ya se encontraba sobre la estatua que aprisionaba a su compañero. Se deslizó hasta una grieta abierta en el torso del gigante y, sin dudarlo, se introdujo en su interior. El descenso fue rápido, casi ingrávido, hasta que alcanzó la cavidad donde Sergiv permanecía inmóvil, encadenado por la magia residual del sello.

"Salgamos de aquí." dijo sin rodeos, despertándolo mientras le agarraba la mano con fuerza.

"Con lo a gustito que estaba durmiendo sin tener que trabajar." suspiró el Tottengräber número VIII, dejando escapar un bostezo mientras su cuerpo era arrastrado. La gravedad alterada de Straciatella lo impulsó hacia arriba sin darle opción a protestar demasiado.

En apenas un pestañeo, ambos emergieron por una grieta abierta en el hombro del gigante. Se apoyaron sobre la superficie de piedra agrietada, observando desde lo alto el caos que aún reinaba en la distancia. El viento del desierto les golpeó el rostro.

"¿Cuál es el plan?" preguntó Sergiv, soltando otro bostezo mientras se sentaba con desgana sobre el hombro del gigante de piedra, balanceando una pierna en el aire.

"Viendo que la incursión sorpresa no nos ha salido del todo bien debido a esos chicos y a la señora de las rocas, por lo que tocará usar el plan B." respondió Straciatella, llevándose una mano a la frente para protegerse del sol mientras observaba a la distancia cómo el grupo de los protagonistas se reunía alrededor de Marco y Draco.

"¿El plan B? ¿Acaso has podido hacerle beber la sangre del señor Bucanor?" preguntó el joven, abriendo los ojos con súbita sorpresa.

"¿Por quién me tomas?" sonrió ella, relamiéndose el labio con evidente satisfacción. "Fingí ser una más y me amisté rápidamente con Cecily. Logré acercarme a ellos y regalarles un refresco; sin embargo, el del portador de la Biblioteca de Horacio era especial."

"Contenía la sangre de nuestro jefe, Bucanor, quien puede manipular la mente y darle una orden una sola vez a todo aquel que la haya consumido." añadió Sergiv, esbozando una sonrisa mientras se ponía de pie sobre el hombro del coloso.

"En efecto." confirmó Straciatella, manifestando entre sus dedos la carta del tarot de El Papa, cuyo símbolo brilló con una luz opaca y solemne.

Aquella carta permitía la comunicación directa con cualquier persona que poseyera un duplicado de la misma, sin importar la distancia ni las barreras mágicas. Y quien tenía su reflejo no era otro que el líder de los Tottengräber, que en ese mismo instante se encontraba con total tranquilidad en el Der Fliegende.

Cuando la carta del tarot estableció conexión con su duplicado, el grupo de Marco se hallaba reunido cerca del cuerpo sin vida de Shouri, aún sin ser consciente de la tragedia que estaba a punto de desencadenarse.

"Jefe, necesitamos llevar a cabo el plan B, y ahora es un buen momento para que des la orden." dijo Straciatella a través de la carta, con un tono tan casual como letal.

"Entendido." respondió la voz al otro lado.

Desde su despacho en el Der Fliegende, y con una sonrisa siniestra dibujada en el rostro, el hombre que lideraba a los Tottengräber activó su magia de manipulación mental. Su poder se deslizó a través de la sangre compartida, buscando un único objetivo: aquel que la había consumido sin saberlo.

Theo.

"Destruye la Gema Infinita." ordenó.

Y fue en ese preciso instante en el que Gretel extendió el brazo para observar la gema, cuando la orden alcanzó la mente del portador de la deidad. Sus ojos se vaciaron por un segundo. Perdió todo control. Sin mediar palabra, liberó un simple movimiento de magia que redujo la Gema Infinita a fragmentos.

"¿Qué?" murmuró el gemelo, completamente anonadado.

Un silencio sepulcral se extendió entre los ballure y los presentes. Nadie entendía lo que acababa de ocurrir. Nadie podía creerlo.

"¡THEO! ¡¿QUÉ HACES?!" gritó Marco, con la furia y la incredulidad mezclándose en su voz.

Theo volvió en sí de golpe. Sus pupilas recuperaron el brillo y, apenas un segundo después, su cuerpo comenzó a temblar sin control. Bajó la mirada hacia sus manos, aún extendidas, y entonces comprendió lo que acababa de hacer. El silencio a su alrededor pesaba como una losa bajo la mirada atónita de todos sus amigos.

"N-No he sido yo…" dijo con la voz rota, los ojos llenándose de lágrimas.

"Pero… si acabamos de verlo…" comentó Lily, incapaz de ocultar la confusión.

"¿Por qué has hecho eso?" preguntó Ashley, aún incrédula.

Las piernas del joven cedieron y cayó sentado sobre la arena, golpeándose con torpeza. Las lágrimas comenzaron a caerle sin freno mientras trataba desesperadamente de justificarse.

"Te-Tenéis que creerme… algo tomó mi mente durante un instante e hizo eso… ¡de verdad!" exclamó, llevándose las manos a la cabeza.

"Theo…" murmuró Marco, frunciendo el ceño al darse cuenta de que, tal vez, el pequeño decía la verdad.

Pero no hubo tiempo para nada más. Una barrera de cristal rojo emergió violentamente del suelo frente al chico, alzándose como un muro imposible y separándolo del resto del grupo.

"¡THEO!" gritaron todos a la vez.

Desde lo alto, los dos Tottengräber descendieron del gigante con la gravedad alterada gracias a la carta de la Luna. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sergiv apareció tras el muchacho y, con un golpe limpio en la nuca, lo dejó inconsciente.

Un puñetazo de Ashley impactó contra la barrera de cristal, que se hizo añicos al instante. Sin embargo, fue demasiado tarde.

El grupo quedó paralizado al ver a sus enemigos ya en retirada, cargando con el cuerpo inconsciente de Theo, que colgaba sin fuerzas sobre el hombro del número VIII.

"¡¡SOLTADLE!!" exclamó Marco, con la voz cargada de furia.

Keipi, Ryan y Nathalie se lanzaron al ataque al unísono. El monje recubrió su espada y disparó un dragón de agua; el hijo de la dragona lanzó varias cadenas; y la semidemonio proyectó el filo de su guadaña de sombras.

Straciatella se adelantó un paso y manifestó la carta de El Juicio. Una fuerza invisible surgió frente a ellos, repeliendo todos los ataques como si hubieran chocado contra un muro intangible.

"Lo siento, pero tal y como acabáis de ver… el pequeño portador de la Biblioteca de Horacio acaba de cometer un genocidio general y será sometido a juicio por su crimen en el Der Fliegende, donde seguramente acabe con una pena de ejecución." sonrió la número V.

"¡ELLA! ¡¿TODO LO QUE VIVIMOS ESTOS DÍAS FUE UNA MENTIRA?!" exclamó Cecily, con la voz cargada de rabia y traición, clavando la mirada en quien hasta hacía nada había considerado una amiga.

La joven no respondió. En su lugar, le sacó la lengua con descaro y bajó lentamente el párpado en un gesto de puro desdén, una provocación silenciosa que terminó de encender a la ladrona.

"Eso es. Todo lo que hicimos mientras tuvimos el cristal pegado a la frente fue una mera mentira." añadió el Tottengräber traidor con absoluta frialdad, como si hablara de un trámite sin importancia.

"¡Sergiv…!" exclamó Sherezade.

"¡THEO NO HIZO ESO! ¡FUE MANIPULADO POR ALGUIEN!" gritó Marco.

"¡POR VOSOTROS!" añadió Lily con rabia.

"¿Cómo?" dijo Cecily, sorprendida.

"¿A qué te refieres?" preguntó Ashley.

"¡ELLA DIJO QUE TENÍAN UN PAR DE PLANES! ¡UNO ERA DESTRUIR LA GEMA INFINITA Y ESTOY SEGURA DE QUE EL OTRO ERA HACERSE CON HORACIO!" gritó la hada.

"¿Y por qué?" preguntó Gretel, completamente anonadado.

"No lo sé, pero tiene sentido…" intervino Keipi, apuntando a sus enemigos con la katana. "¿Por qué el gobierno imperial querría destruir la Gema Infinita sabiendo la verdad que hay tras ella?"

"Porque…" dijo Marco, abriendo los ojos de golpe al encajar las piezas. "Quieren resucitar a Yumeith."

"¡JAJAJAJAJA!" estalló Straciatella en carcajadas. "¡No necesitamos resucitarlo, Yumeith siempre ha estado vivo, idiotas!" sonrió con crueldad. "¡Solo necesitaba recuperar su poder, y gracias a este crío se ha conseguido!"

"Sin embargo…" continuó Sergiv, dedicándoles una mirada cargada de desprecio, "ver el futuro es un riesgo demasiado grande para los planes de nuestro señor. Así que celebraremos un juicio falso, retransmitido a todo el mundo, donde culparemos a este chaval de la muerte de los ballure. Después, lo ejecutaremos sin contemplaciones, asegurándonos de que jamás pueda transmitir la deidad a un descendiente."

Al escuchar la palabra ejecutar, algo estalló.

Todos los paladines, Marco e incluso Kanu y Futao se lanzaron al ataque sin pensarlo. La magia y el poder convergieron en un mismo instante, saltando todos a la vez hacia sus enemigos.

Pero Straciatella sacó una última carta. El Mundo.

La carta brilló con un resplandor absoluto, envolviendo a los tres en una luz cegadora. Su poder le permitía teletransportarse junto a quienes deseara a cualquier punto del planeta… una vez al mes.

"Adiós, putitas." sonrió ella.

Y desaparecieron.

Los ataques se cancelaron en el aire, disipándose sin objetivo alguno. El silencio que quedó fue ensordecedor.

"¡JODER!" gritó Marco, clavando el puño con rabia en la arena.

"¡Chicos!" gritó Sherezade, llamándolos con desesperación.

Aun con Theo secuestrado por el gobierno imperial, la sensación de peligro no había desaparecido. Al girarse, el grupo fue testigo de algo que ninguno de ellos habría podido imaginar, ni siquiera en sus peores pesadillas.

Los ballure comenzaron a resquebrajarse.

Primero fueron pequeñas grietas en la piel, como fisuras en porcelana antigua. Luego, fragmentos enteros empezaron a desprenderse de sus cuerpos, deshaciéndose en partículas brillantes que el viento se llevaba lentamente. La destrucción de la Gema Infinita había roto el último lazo que los mantenía con vida.

"¡ABUELO! ¡FÁTIMA! ¡YUSSEF! ¡NOOOOO!" gritó Faralalan entre sollozos, aferrándose con todas sus fuerzas a su abuelo y a sus hermanos adoptivos, como si su abrazo pudiera impedir que desaparecieran.

"Parece…" dijo Judas, con la voz rota, mientras su cuerpo comenzaba a quebrarse como cristal bajo presión, "que es nuestro final."

Las lágrimas recorrían su rostro mientras fragmentos de su brazo caían al suelo y se convertían en polvo.

"Me habría gustado mucho…" sonrió Fátima entre lágrimas, aunque sus ojos reflejaban una tristeza infinita, "ir al instituto contigo… comprarnos ropa chula… y hablar de novios…" Sus dedos, ya cuarteados, acariciaron con ternura la cabellera de Faralalan.

"Fuiste…" añadió Yussef con un hilo de voz, "una hermana perfecta, Fara."

"¡POR FAVOR, NO! ¡NO QUIERO SEGUIR PERDIENDO GENTE! ¡¿POR QUÉ TENÉIS QUE MORIR TODOS?!" gritó ella, llorando sin ningún pudor, con la voz desgarrada.

Los tres la rodearon con un último abrazo, cálido, sincero, desesperado.

"Te queremos, Fara…" dijo Judas con una sonrisa llena de orgullo. "Sigue viviendo por nosotros. Llévanos siempre en tu corazón."

Y entonces, sin más, se deshicieron en polvo entre sus brazos.

"¡NOOOOOOO!" gritó Faralalan, cayendo de rodillas sobre la arena mientras el viento se llevaba lo poco que quedaba de ellos.

Pero no eran los únicos. Por todo Luore, los ballure comenzaban a desaparecer lentamente, uno tras otro, despidiéndose del mundo que habían intentado proteger.

"Princesa…" dijo Najaf, ajustándose las gafas por última vez mientras uno de sus brazos se desprendía y se convertía en polvo. "Gracias por dejarme conocerla. Fuiste… una buena jefa y amiga."

"¡CHICOS!" lloró Sherezade, avanzando hacia ellos. "¡LO SIENTO!"

"No te disculpes." respondió Rachid con serenidad, aunque su cuerpo ya se fragmentaba. "Estamos orgullosos de hasta dónde hemos llegado… y de todo lo bien que hemos vivido a tu lado."

"De lo único que nos arrepentimos…" añadió Yelena con una sonrisa triste, "es de no haber sido lo suficientemente fuertes para evitar esto."

Sherezade corrió hacia ellos, con los brazos extendidos, pero antes de poder alcanzarlos, sus awsiyas se deshicieron en polvo frente a sus ojos. La princesa cayó al suelo, llorando desconsoladamente sobre la arena aún tibia.

No muy lejos de allí, Gartana, líder del escuadrón militar, también comenzaba a desaparecer. Nathalie se acercó sin decir nada y chocó su mano con la de él.

"Gracias por tu ayuda, colega." sonrió la semi-demonio.

"Un placer haberte echado un cable." respondió el militar, antes de desvanecerse por completo.

Y entonces… el bullicio cesó.

No hubo gritos, ni pasos, ni voces. Solo el sonido del viento recorriendo las dunas.

Toda la población de Luore —salvo Faralalan y Sherezade— había sido reducida a polvo tras la destrucción de la Gema Infinita.

Marco y los demás permanecían en silencio, incapaces de decir nada, con las lágrimas cayendo libremente mientras compartían un pésame absoluto, impotente.

"Chicos…" sollozaba Nicole, de rodillas en el suelo, con las manos temblando.

"Así que…" murmuró Draco, observando el polvo que aún flotaba en el aire, cerrando el puño con fuerza, "tenían razón con lo de la Gema…"

Alzó la mirada, con una determinación naciendo entre la culpa y el dolor. "Tengo…" tragó saliva, "que hacer algo para ayudarles."

Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario