Han pasado dos días desde el genocidio de los ballure, y las noticias no tardaron en propagarse por cada rincón de Pythiria. Ciudades enteras permanecían en silencio, mientras en otras no se hablaba de otra cosa.
Todos deseaban presenciar el juicio que había sido anunciado con tanta solemnidad: la revelación del asesino capturado en Al-Amphoras. La expectación era absoluta, casi morbosa, pero aún quedaban unas horas para que la emisión mundial en directo comenzara, horas cargadas de tensión.
Al-Amphoras.
El cuerpo de Shouri fue enterrado en el subterráneo del palacio de Al-Amphoras. Allí, lejos del bullicio y del juicio que se avecinaba, descansaría en paz por toda la eternidad, convertida ya en una leyenda que trascendería generaciones. Frente a su tumba improvisada se encontraban sus dos discípulos.
Kanu permanecía de rodillas frente a la tumba, con la cabeza inclinada y las manos juntas en oración. Sus labios se movían apenas, como si temiera que al alzar la voz rompiera el frágil equilibrio del lugar. Fue entonces cuando Futao se acercó por detrás, caminando con cuidado, respetando el silencio.
"Ey." le dijo. "Sherezade y Faralalan ya han terminado de empacar sus cosas, nos vamos a Sylvapura con los demás."
"Sí... dame un minuto más para poder despedirme." dijo el arquero, sosteniendo entre sus manos el parche de su maestra, apretándolo con fuerza, como si fuera lo único que aún lo mantenía unido a ella.
Futao no insistió. Se sentó a su lado, apoyando una rodilla en el suelo, y ambos inclinaron la cabeza frente a la tumba. Permanecieron así durante varios segundos, compartiendo un silencio cargado de gratitud y dolor. Aquel era su último gesto de respeto hacia la mujer que no solo los entrenó, sino que les dio una nueva vida cuando ya no tenían nada.
"Hey." dijo Kanu, rompiendo finalmente el silencio.
"¿Qué ocurre?" preguntó el lancero, girando ligeramente la cabeza hacia él.
"Ahora... tenemos que continuar su viaje, pero... no somos tan fuertes como ella..." decía, tragando saliva. "Quizá deberíamos ir a entrenar y hacernos más poderosos antes de continuar."
Futao guardó silencio unos segundos, meditando aquellas palabras. Finalmente asintió despacio, aunque su expresión seguía siendo seria.
"Bueno, puedes tener razón." le dijo. "Pero ahora... no es el momento de pensar en eso, nuestros amigos pueden necesitar ayuda con lo de Theo." se levantó.
"Sí, tienes razón." se levantó también. "Ella me regañaría si supiese que he sido egoísta por un segundo." sonrió recordándola.
Futao respondió con una palmada firme en la espalda, un gesto sencillo pero lleno de apoyo. Sin decir nada más, ambos se dieron la vuelta y salieron del subterráneo juntos, sosteniéndose mutuamente. Sabían que, una vez emprendieran su viaje, les sería difícil volver a visitar a Shouri a menudo… pero su legado viajaría con ellos, grabado en cada decisión que tomaran.
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Sylvapura.
Al comprobar que Marco y los ballure habían tenido razón en sus advertencias, y cargando con una parte del peso de lo ocurrido, Draco no pudo evitar sentirse responsable. La cadena de decisiones que había tomado, aun creyendo obrar bien, había desembocado en una tragedia imposible de ignorar.
Por eso, con la intención sincera de ayudar y de compensar, aunque fuera mínimamente, lo sucedido, decidió acoger a nuestro protagonista, a su grupo y a los demás en su propio país, abriendo sus fronteras sin condiciones para ellos.
Les ofreció una antigua mansión abandonada, amplia y silenciosa, con suficientes habitaciones para todos. También puso a su disposición sanadores, víveres y personal para que pudieran curar sus heridas y recuperar fuerzas tras lo vivido.
Era un gesto claro de hospitalidad y arrepentimiento. Sin embargo, no todos se alojaron en la mansión: Ashley decidió pasar ese tiempo junto a sus padres, aprovechando la oportunidad para reunirse con ellos tras lo ocurrido.
En esos momentos, Draco se encontraba reunido con Marco en su despacho. La estancia estaba en calma, demasiado quizá, mientras aguardaban a que todos regresaran para presenciar el juicio de Theo a través de la retransmisión global. El ambiente estaba cargado de una tensión distinta, más íntima, lejos del ruido de la guerra y del caos reciente.
Sentado tras su escritorio, el gobernador de los hombres bestia se mostraba inquieto. Sus dedos golpeaban suavemente la madera mientras buscaba las palabras adecuadas. No sabía cómo iniciar una conversación con quien había sido su rival no hacía tanto tiempo. Nuestro protagonista, por su parte, permanecía en silencio, con la mirada perdida, como si su mente estuviera en otro lugar.
"O-Oye." dijo tímidamente.
"¿Qué pasó?" preguntó Marco.
"Sé que ya es un poco tarde para eso, pero... siento haber sido tan cabezota contigo cuando nos estuvimos enfrentando." respondió. "Solamente quería creer que había una salida de verdad para todo esto."
"No te preocupes, es normal." dijo con seguridad y calma. "Y al final, a la hora de valorar a la gente hay que tener en cuenta los sucesos a posteriori de un conflicto. Tú te diste cuenta de que todo lo hecho estaba mal y, cuando secuestraron a Theo delante nuestra, nos diste calma y ofreciste un hogar donde descansar nuestras heridas."
Draco bajó la mirada, apretando ligeramente los dientes, dejando que aquellas palabras calaran.
"Yo... solo hice lo que pensé que era correcto... para ser perdonado." respondió con sinceridad.
"Y ya solo con eso demuestras que no eres un tirano como pensábamos... Aceptar que la cagaste es mucho más difícil de lo que parece, y eso... lo admiro de ti." sonrió Marco. "Eres un buen gobernador, aunque hayas tenido errores, Draco." le felicitaba.
El hombre-bestia alzó la vista, claramente sorprendido por aquellas palabras, y su expresión se suavizó.
"Gracias, es todo un honor viniendo de ti." dijo él. "La verdad es que me sorprende tu forma de ser. Pareces un líder innato, un gobernador en sí."
Marco suspiró y dejó escapar una pequeña sonrisa, cansada, como si llevara demasiado tiempo guardándose algo. Sin decir nada, se quitó el guante y le mostró la marca del emperador, visible y clara.
"Eso... es porque lo soy." dijo.
"¿QUÉ? ¿E-ERES EL... EMPERADOR?" se sorprendió Draco, poniéndose de pie de golpe.
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Ashley se encontraba en casa con sus padres, terminando de prepararse para salir rumbo al palacio, donde se reuniría con sus compañeros para presenciar el juicio.
El ambiente era tranquilo, casi hogareño, algo que no había podido disfrutar en mucho tiempo. Mientras se colocaba las botas y ajustaba el short con cuidado, aprovechaba esos últimos minutos para hablar con sus progenitores, consciente de lo mucho que significaba estar allí.
"¿Seguro no queréis venir también?" preguntó ella.
"No, hija, nos quedaremos en casita tranquilos." respondió su madre con una sonrisa, abrazada a su marido.
Eugene asintió despacio, respirando hondo antes de hablar, como si aquellas palabras llevaran tiempo acumulándose en su pecho.
"Ya sabes que he tenido suficiente de ser un Zodiaco y de luchar por el gobierno cada dos por tres, es por eso dejé mi cargo ayer mismo. Y por ende, me apetece desconectar un poco más de tiempo de todo esto... y eso incluye, ver a mis jefes jajaja." dijo Eugene con sinceridad, soltando una sonrisa cansada.
"Está bien, es entendible." sonrió ella. "Además, dijiste que un colega te contrató en su taller, ¿no?"
"Sí, empiezo pasado mañana, tengo ganas... al fin podré separarme de las misiones y la guerra, y podré llevar una vida normal. Algo más ajustada económicamente, pero... lejos del combate... siento que eso es más para ti, hija."
"Pues sí, ya sabes que soy una chica durísima y poderosa." sonrió ella.
Tras despedirse con un último abrazo, Ashley salió de casa y cerró la puerta con cuidado. Al cruzar el patio, el aire exterior le devolvió de golpe la sensación de realidad. Allí, apoyado despreocupadamente, se encontraba Keipi, con Priscilla en forma de polluelo descansando sobre su cabeza.
"¿Todo bien?" le dijo el monje.
"No hacía falta que vinieras a buscarme, hombre, sé ir sola." dijo ella, avanzando con las manos en los bolsillos.
"Lo sé, pero... me apetecía compartir de nuevo tiempo con mi amiga." sonreía Keipi, siguiéndola.
Ambos continuaron caminando por la capital de Sylvapura, dejando que el bullicio quedara atrás poco a poco. Atravesaron zonas donde la naturaleza se fundía con la arquitectura, árboles integrados en las calles y senderos de piedra cubiertos por sombras suaves.
Al llegar al puente que cruzaba el río que dividía la ciudad, el sol se reflejaba en el agua, creando destellos que rompían momentáneamente la pesadez que Ashley llevaba dentro.
"Qué gracioso que la capital de Sylvapura se llame también Sylvapura, jajaja." dijo el monje con una carcajada. "Nunca lo había visto antes."
La potenciadora se detuvo en seco. El sonido del río continuó fluyendo, indiferente, mientras ella permanecía inmóvil. Aún cargaba con demasiadas cosas dentro como para fingir normalidad, y ya no pudo contenerse más. Se giró lentamente hacia él.
"¿Estás seguro de que no quieres decir nada más?" se giró y le preguntó.
"¿A qué te refieres?" dijo el monje, sorprendido.
"Sé que lo que hablamos en la pelea fueron tus verdaderos sentimientos sobre la situación... pero al final, no puedo dejar de sentirme fatal con todo lo ocurrido." respondió ella con sinceridad, retomando el camino. "Aunque aún os consideraba mis amigos, os traicioné al ponerme del lado del enemigo. Hasta me enfrenté a ti y a Marco en batallas que claramente no eran entrenamientos... y aun así, con todo eso... ¡¿por qué me perdonasteis tan fácilmente?! ¡¿Por qué puedes seguir confiando en mí y mirándome a la cara con esa sonrisa tonta que te cargas?!"
Keipi guardó silencio durante un segundo. Se llevó ambas manos a la nuca y esbozó una sonrisa tranquila, como si la respuesta nunca hubiera estado en duda.
"Porque eres mi amiga."
Ashley cayó de rodillas ante aquella respuesta, con un dolor punzante en el pecho. No era capaz de aceptar algo tan simple como válido.
"No... No es suficiente, yo..." insistía.
"¿Te arrepientes?" preguntó el monje.
"¡Pues claro!" respondió.
"¿Volverás a traicionarnos?"
"¡NUNCA!" replicó.
"Entonces, ¿por qué debería dudar de ti por cometer un solo error?"
"Yo..."
Keipi se acercó y le tendió la mano, ayudándola a levantarse con un gesto firme y cercano.
"Hemos vivido muchas aventuras juntos, ¿crees que un pequeño desajuste en el que entendemos por qué tomaste esa decisión va a cambiar algo? ¡Pues no!" dijo él. "Ashley... sigue siendo Ashley."
Las lágrimas de felicidad comenzaron a deslizarse por el rostro de la joven, incapaz de contenerlas.
"Gracias..." dijo en voz baja.
"¿Qué dijiste?" preguntó el monje, incapaz de escucharlo.
"¡QUE ME MOLESTA ESA SONRISA DESPREOCUPADA!" replicó, saltando hacia él y haciéndole una llave en medio del puente, como era costumbre.
"¡JAJAJAJA!" reía el monje, sin oponer resistencia.
Continuará...
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