jueves, 29 de enero de 2026

Ch. 303 - El juicio II

Sylvapura.

La sala quedó sumida en un silencio tenso tras lo que acababan de presenciar en la pantalla. Nadie necesitaba decirlo en voz alta: su amigo, su compañero, estaba siendo humillado públicamente. 

El juicio no tenía el más mínimo aire de justicia; cada gesto, cada palabra del tribunal parecía empujar a Theo hacia una condena ya decidida de antemano. La impotencia se mascaba en el ambiente, pesada, asfixiante.

"¡Hijos de puta!" exclamó Ashley, descargando toda su rabia en un puñetazo contra la mesa, que se partió en dos con un estruendo seco.

"¡¿Ni siquiera le han dado un abogado para poder defenderse?! ¡¿De qué van?!" gritó Keipi, con los dientes apretados y los puños temblándole de furia.

"¡Y para colmo le han soltado una descarga eléctrica sin aviso!" añadió Cecily, llevándose una mano al pecho, aún incapaz de creerse lo que había visto.

"¡Cabrones del gobierno!" escupió Ryan, con la mirada endurecida y la voz cargada de desprecio.

"Theo..." murmuró Marco, apretando los puños con tanta fuerza que le temblaban los brazos. Sentía una mezcla de rabia, culpa y miedo que no lograba ordenar.

Entonces, la sorpresa golpeó a todos al mismo tiempo. La atención del tribunal se centró en la testigo que acababa de ser llamada a declarar. Cuando su figura apareció en pantalla, un escalofrío recorrió la sala del palacio secundario.

"¡¿Qué hace esa tía ahí?!" exclamó Belial, completamente sorprendido.

"¡Shimuna!" dijo Draco, con los ojos muy abiertos, incapaz de articular nada más.

"¿Por qué? ¿Por qué está ella haciendo de testigo?" preguntó Nicole, anonadada, sintiendo un nudo formarse en su estómago.

"No me jodas que va a vender a Theo..." dijo Nathalie, bajando la cerveza lentamente, perdiendo de golpe cualquier rastro de humor.

"¿A qué te refieres?" preguntó Marco, girándose hacia ella, desconcertado por aquella afirmación.

"Eso." añadió Lily, incorporándose ligeramente, atenta.

"En estos juicios no tratan a los testigos de manera verbal, sino que..." Nathalie hizo una pausa, clavando la mirada en la pantalla. "…leen sus recuerdos y los proyectan ante el público para asegurarse de que no mienten."

"¡Y ella estaba presente cuando Theo rompió la Gema!" añadió Sherezade, con el rostro pálido.

"Oh no..." susurró Faralalan, apenada, llevándose ambas manos a la boca.

"Cabrones..." gruñó Kanu, apretando la mandíbula con furia contenida.

"Pero... ¿por qué ella haría esto?" preguntó Draco, con la voz cargada de confusión y una creciente sensación de traición, mientras todos volvían la mirada a la pantalla, temiendo ya la respuesta.

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El día anterior, en casa de Shimuna.

Shimuna permanecía tumbada en el sofá de su pequeño apartamento, con todas las luces apagadas. El silencio era espeso, solo roto por su respiración lenta y cansada. Finalmente se incorporó, apartó la manta y dejó al descubierto su pijama de verano.

Caminó descalza hasta la cocina, aún con el cuerpo dolorido, y abrió la nevera. Tomó un refresco frío y bebió un largo trago. Las vendas que cubrían parte de su rostro seguían ahí.

El sonido del timbre la sobresaltó. Frunció el ceño y avanzó por el pasillo, desconfiada. Se detuvo frente a la puerta. "¿Quién es?" preguntó, sin abrir.

No hubo respuesta. Tras unos segundos de silencio incómodo, suspiró con resignación y giró el pestillo. Al abrir, se encontró con dos hombres vestidos de negro, ambos con gafas de sol pese a estar de noche. Su porte era rígido, profesional. No necesitó más para entenderlo: eran agentes del gobierno imperial.

"¿Qué desean?" preguntó ella, con el refresco aún en la mano.

"Venimos de parte del gobierno imperial. Solicitamos tu presencia como testigo en el juicio de mañana que se llevará a cabo en contra del portador de la Biblioteca de Horacio." dijo uno de ellos, con tono neutro.

"Me niego." respondió ella ipso facto, sin titubear.

Shimuna intentó cerrar la puerta de inmediato, pero uno de los agentes adelantó el brazo y la detuvo justo a tiempo, evitando que se cerrara por completo.

"¿También te negarás aun sabiendo que puedes salvar a tu país?" insistió el hombre, bajando ligeramente la voz.

"¿Cómo?" preguntó ella, sorprendida, clavando los ojos en él. Aquellas palabras habían conseguido captar su atención.

"El hijo del emperador Gaspar, el joven Melchor, nos ha otorgado estos papeles oficiales." continuó, sacando unos documentos. "En ellos se redacta una reducción especial de los impuestos en Sylvapura, con la única condición de que vengas con nosotros y te presentes mañana como testigo en el juicio." dijo mientras se los mostraba.

Shimuna se quedó completamente anonadada. Aquella oferta no era poca cosa: podía significar un respiro real para su país, una salida a la crisis que llevaba demasiado tiempo asfixiándolo. Y, siendo sincera consigo misma, no le debía nada a aquel niño. Aunque ahora se llevaran mejor, seguía siendo alguien que había aparecido de repente, cuyo grupo había arruinado sus planes.

Aun así, dudaba. Sabía que no estaba bien vender a un niño de esa manera. Ella había visto lo ocurrido desde la distancia, había presenciado el momento en que la Gema fue destruida. No escuchó palabras, no entendió las razones… pero supo al instante que algo no encajaba, que aquello no había sido tan simple.

"Tu país depende de ti." añadió el segundo agente, presionando sin rodeos.

Shimuna se mordió el labio inferior. Miró hacia atrás, al interior de su apartamento: paredes apagadas, muebles viejos, un hogar miserable para alguien que, en teoría, era una soldado de alto nivel. Sintió un nudo en el pecho. Pensó en Sylvapura. Pensó en sí misma. En que quizá, solo quizá, merecía algo mejor.

Con la mano temblorosa, tomó el bolígrafo.

Y firmó.

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Tribunal, presente.

Shimuna avanzó lentamente por el largo pasillo del tribunal, escoltada por uno de los guardias. Cada paso resonaba con eco sobre el suelo de piedra, aumentando la tensión en el ambiente. Mientras se dirigía hacia la silla situada en el centro de la sala —frente al estrado—, el juez comenzó a explicar con voz solemne el procedimiento que estaba a punto de llevarse a cabo.

El mago lector de mentes introduciría su conciencia en los recuerdos de la testigo y proyectaría dichas memorias ante todos los presentes. De ese modo, el tribunal podría observar con sus propios ojos lo ocurrido en el momento del genocidio y tomar una decisión basada en hechos, no en declaraciones.

Aquel método se utilizaba porque los recuerdos eran considerados más fiables que las palabras. Alterar la memoria era extremadamente difícil sin una magia muy concreta y especializada. Incluso si una persona había olvidado detalles específicos, la verdad seguía enterrada en lo más profundo de su mente, y un mago de alto nivel era capaz de extraerla sin error.

Antes de sentarse, Shimuna desvió la mirada hacia Theo. Lo vio herido, tembloroso, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo marcado por los castigos del tribunal. Durante un breve instante, la culpa la atravesó de lleno. Aquello no estaba bien. 

Pero al poner en la balanza el futuro de todo su país frente a la vida de un solo niño, la decisión se volvió cruelmente clara. Apartó la mirada lo más rápido posible, negándose a dejar que esa imagen la debilitara.

La mujer bestia tomó asiento en la silla. El mago lector de mentes se colocó detrás de ella y apoyó ambas manos sobre su cabeza. Cerró los ojos y comenzó el proceso. El tribunal quedó en absoluto silencio mientras él rastreaba sus recuerdos, atravesando capas de memoria, emociones y sensaciones. Pasaron un par de minutos eternos hasta que, finalmente, abrió los ojos.

"Encontrados." dijo con voz firme. "Procedo a proyectarlos."

Una pantalla se materializó en el centro del tribunal. La imagen cobró forma, mostrando con total claridad aquel instante fatídico. Theo avanzaba hacia la Gema Infinita, sostenida entre las manos de su compañero Gretel, y sin apenas vacilación, la destrozaba.

Un escalofrío recorrió la sala. Muchos palidecieron al instante. No había lugar para dudas: lo que veían era la verdad absoluta, grabada en la memoria de la testigo.

"Yo... no era yo... de verdad..." lloraba Theo, con la voz quebrada, mientras el peso de aquella imagen caía sobre él como una sentencia inevitable.

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Palacio de Longerville.

La reina Cynthia se puso de pie de golpe, incapaz de asimilar lo que acababa de ver. Sus manos temblaban mientras la imagen seguía grabada en la pantalla, y su voz estalló cargada de rabia y desesperación.

"¡No puede ser cierto! ¡Alguien tuvo que manipularlo!" exclamó, con los ojos ardiendo de furia.

"Y seguro que fue así... No me cabe duda." añadió Charlie a su lado, frunciendo el ceño con firmeza mientras observaba el juicio con desconfianza.

"Además... todo es muy raro..." intervino Adriana, llevándose una mano al pecho. "Demasiado limpio, demasiado directo…"

"Sí..." continuó Ernest, asintiendo con gravedad. "Es como si todo estuviera pactado para declararle culpable desde el principio."

Las fuerzas abandonaron por completo a Cynthia. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas sobre el frío suelo del salón del trono. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control, empapándole el rostro mientras apretaba los puños contra el suelo.

"No sé qué ha pasado en todos estos meses... no sé por qué mi hermano tiene ahora ese cabello azul ni por qué quieren declararle culpable de este genocidio..." sollozaba, con la voz rota. "Pero por favor... Marco... ¡Sálvale! ¡Sálvale, por favor!"

Su ruego resonó en la estancia, haciendo que incluso los más duros bajaran la mirada, contagiados por el dolor de una hermana que veía cómo le arrebataban a su único familiar.

"Lo harán..." dijo Kevin con una sonrisa suave, intentando transmitir calma. "También tienen a Keipi de su lado."

"¡Eso!" añadió Lalami con convicción, asintiendo con fuerza. "No está solo."

Aunque el miedo seguía presente, aquellas palabras lograron que Cynthia alzara ligeramente la mirada, aferrándose a esa pequeña chispa de esperanza como si fuera lo único que le quedaba

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Tribunal.

Pese a los gritos, las súplicas y el llanto desconsolado de Theo, el juez no mostró ni un ápice de duda. Su rostro permanecía impasible, como si lo que acababa de presenciar no hubiera sido más que un trámite inevitable. Alzó el martillo con parsimonia y lo dejó caer con un golpe seco que resonó en todo el tribunal.

"Theo Laplace, es condenado como CULPABLE del genocidio de los Ballure. Su pena será la de muerte, ejecutado en tres días con retransmisión global en el Der Fliegende, a manos de los Tottengräber." sentenció con voz firme. "¡Se levanta la sesión!"

El sonido del martillo fue como una sentencia final que aplastó cualquier esperanza. Theo forcejeó con los guardias, arrastrado sin miramientos mientras su voz se quebraba entre sollozos y pánico.

"¡No! ¡Por favor! ¡No quiero morir! ¡No hice eso!" rogaba desesperado, estirando los brazos esposados. "¡Debe ser un error! ¡Lo es!"

Sus gritos se fueron apagando mientras lo conducían hacia el transporte que lo llevaría directamente al Der Fliegende, dejando tras de sí un tribunal cargado de silencio y miradas incómodas.

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En Sylvapura, la retransmisión se cortó y la sala quedó sumida en un mutismo absoluto. Nadie habló durante varios segundos. Todos habían temido ese final… y aun así, escucharlo fue como recibir un golpe directo al pecho.

"Tres días..." murmuró Gretel, tragando saliva con dificultad.

"No es mucho tiempo." añadió Cecily, con la voz tensa y las manos entrelazadas.

"No hay manera de que podamos llegar al Der Fliegende en menos de una semana, imagina en solo tres días de mierda..." añadió Nathalie con crudeza, dejándose caer sobre una silla y pasándose una mano por el rostro.

Sherezade bajó la mirada. Sus ojos parecían perdidos, como si estuviera conectando piezas que aún no se atrevía a verbalizar. Había algo en su expresión que delataba una idea peligrosa… pero todavía no dijo nada.

"Da igual, chicos... ¡Vamos a salvarle!" dijo Marco de pronto, levantándose de golpe. Sus ojos ardían con una determinación feroz.

"¿Estás seguro?" preguntó Draco, observándolo con preocupación.

"Nunca lo he estado tanto como ahora." respondió sin dudar. "Estoy harto de este gobierno imperial, pero ahora que han tocado a mi gente, todavía más. ¡Es hora de declararle la guerra al sistema!"

"Cuenta conmigo." sonrió Keipi, cruzándose de brazos con absoluta serenidad.

"Y sin duda alguna, conmigo." añadió Ashley, crujiéndose los nudillos con una sonrisa peligrosa.

"No, cuenta con todos tus paladines." dijo Ryan con firmeza, colocándose junto a Cecily.

"Y conmigo." añadió Gretel, apretando los dientes. "Hasta que regrese mi hermano… tengo que cumplir su papel."

Draco negó lentamente con la cabeza, todavía incrédulo ante lo que estaba escuchando. "Estáis locos... no hay manera de que lleguéis allí en tan poco tiempo."

"Sí la hay..." dijo Sherezade al fin, levantándose de su asiento y alzando la mirada.

Todas las miradas se clavaron en ella.

Continuará…

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