Torre de cristal, ahora derruida.
Lily lloraba aferrada al cuerpo de Marco, con los dedos pequeños hundidos en su ropa. Sus alas temblaban sin control, todavía agitadas por el miedo reciente. A su lado, Nicole mantenía las manos apoyadas sobre el torso del joven, dejando que una luz cálida y verdosa brotara de sus palmas. La magia sanadora recorría las heridas abiertas, cerrándolas poco a poco.
"Por un momento... casi vuelves a ser el chico que conocí en Fémina." dice la sanadora.
Nuestro protagonista bajó la mirada al escucharla. Con una mano libre, acarició la cabeza de Lily, deslizando el índice con suavidad entre su cabello para tranquilizarla. Luego soltó un suspiro largo, pesado, como si expulsara el último resto de rabia que aún le quemaba el pecho.
"Lo peor... es que lo sé." dijo sin pensarlo demasiado. "Me dejé llevar por la ira y la rabia; sentí como si algo me consumiese por dentro al ver que ese tío seguirá viviendo su día a día mientras que Shouri ya no estará con nosotros."
Nicole apretó ligeramente los labios, pero no apartó las manos. En lugar de intensificar el hechizo, simplemente las apoyó con firmeza en la espalda de Marco, manteniéndolas ahí. La magia siguió fluyendo al mismo ritmo constante, aunque el contacto directo hizo que las heridas comenzaran a cerrarse un poco más deprisa.
Más que poder, lo que transmitía era calor: una calidez suave que atravesaba la tela y la piel, envolviéndolo en una sensación reconfortante que poco a poco fue apaciguando el temblor que aún quedaba en su interior.
"Me alegro de que hayas podido entrar en razón a tiempo." sonrió la sanadora.
"¡Si no me habría enfadado mucho!" dijo Lily, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, aunque su voz todavía temblaba.
"No os preocupéis, no volverá a pasar." sonrió nuestro protagonista, aunque en su expresión había más cansancio que ligereza.
Nicole le dio un golpecito suave en la cabeza, más cariñoso que reprimenda, y después apoyó su frente en uno de sus hombros sin dejar de canalizar la magia. El contacto fue breve, pero sincero; un gesto silencioso que decía más que cualquier discurso.
"Eso espero." dijo ella.
"Lo haré." respondió Marco, acariciándole la cabellera con delicadeza, mientras la última de sus heridas terminaba de cerrarse y el peso del momento comenzaba, poco a poco, a asentarse en su interior.
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En un país lejano, Straciatella nació en el seno de una familia circense. El circo no era solo su hogar: era su mundo entero, un universo ambulante de carpas de colores, luces cálidas y aplausos nocturnos.
Su padre era un domador de bestias salvajes, un hombre de voz firme y mirada serena que parecía capaz de someter con un gesto incluso al animal más indómito. Su madre, en cambio, era una de las payasas más divertidas de la historia de aquel circo, una artista capaz de transformar cualquier tropiezo en carcajadas y cualquier lágrima en risa contagiosa.
Entre el rugido de las fieras y el sonido de los cascabeles, Straciatella creció envuelta en espectáculo.
Criada junto a los demás hijos de los miembros del circo y educada por un profesor que los acompañaba de ciudad en ciudad, la pequeña recibió una formación peculiar pero completa. Aprendía matemáticas entre ensayos, literatura tras las funciones y geografía mientras recorría caminos polvorientos hacia la siguiente ciudad.
Desde muy temprano, se le inculcó que el escenario sería su destino. No era una opción, sino una herencia. Cada caída, cada aplauso, cada mirada del público formaban parte de una educación destinada a convertirla en una estrella circense.
Bajo la tutela de sus padres se sometió a distintas pruebas para descubrir cuál podría ser su especialidad. Probó con la doma, pero los animales no respondían a ella como a su padre. Intentó la comedia, aunque su risa no provocaba la misma magia que la de su madre. Falló en muchas disciplinas, acumulando raspones, frustraciones y silencios incómodos.
Sin embargo, había algo en lo que destacaba de forma inquietante: tenía un don natural para leer las cartas del tarot, como si pudiera ver más allá de las imágenes impresas, y poseía un equilibrio extraordinario cuando se encontraba en las alturas, como si el vacío bajo sus pies no significara nada.
Como los videntes habían quedado un poco atrás en la era que vivían y el público ya no se dejaba impresionar tan fácilmente por predicciones y misterios, sus padres decidieron encaminar su talento hacia algo más vistoso. Fue formada como equilibrista, y su marca registrada consistía en recorrer la cuerda floja sosteniendo un elegante paraguas.
Aquella imagen —una niña diminuta avanzando sobre el vacío con una sonrisa tranquila— conquistó al público. Con tan solo diez años, Straciatella se convirtió en una de las estrellas del espectáculo, recibiendo aplausos que retumbaban en su pecho como una segunda respiración.
Hasta ahí, toda su historia era la de una niña normal dentro de un mundo extraordinario. Había disciplina, sueños y esfuerzo. Pero también había algo más, algo que permanecía oculto, dormido en lo más profundo de su corazón, esperando el momento adecuado para despertar.
Ese momento llegó una noche que nadie olvidaría. En medio de un espectáculo abarrotado, una de las bestias de su padre logró liberarse. El rugido que resonó bajo la carpa no formaba parte del número.
El animal saltó hacia las gradas y atacó a uno de los espectadores, arrancándole uno de los brazos ante la mirada horrorizada del público. Los gritos se multiplicaron, el pánico se extendió como fuego y la música se detuvo de golpe, sustituida por el caos.
Y mientras todos mostraban miedo, dolor y desesperación, Straciatella solo pudo hacer una cosa: reír.
Oculta tras la cortina, con el corazón latiendo con una intensidad desconocida, se reía a lágrima viva. No era nerviosismo ni histeria; era una risa auténtica, profunda, casi liberadora. Algo en ella disfrutaba de los rostros deformados por el terror, de los gritos desgarrados, de la desesperación que llenaba el aire. Aquella escena no la horrorizaba. La fascinaba.
En ese instante comprendió, aunque no supiera ponerlo en palabras, que en su interior habitaba algo distinto. Algo oscuro. Algo que no buscaba aplausos ni sonrisas, sino estremecimiento y caos.
Straciatella no solo había nacido para el espectáculo. Había nacido para el mal.
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Presente.
Ryan juntó sus manos contra el suelo con un golpe seco. La piedra se resquebrajó bajo sus dedos y, desde las grietas, emergieron cientos de cadenas atadas a picos afilados. Se alzaron como serpientes metálicas, vibrando con un chirrido estridente antes de abalanzarse hacia Straciatella desde todos los ángulos posibles, buscando apresarla y atravesarla sin piedad.
Pero la ejecutora ya había previsto el movimiento. Con una calma casi burlona, alzó una de sus cartas: la Luna. La magia se activó con un destello plateado bajo sus pies, y su cuerpo se volvió ligero como el aire.
Ascendió dando saltos antigravitatorios, impulsándose en direcciones imposibles, cambiando de eje en mitad del aire como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Las cadenas silbaban al pasar a escasos centímetros de su cuerpo, pero ella las esquivaba con suma precisión, girando el paraguas como si danzara en un escenario.
Sin embargo, entre el entramado metálico, Nathalie vio su oportunidad. Se impulsó hacia arriba agarrándose a una de las cadenas en pleno movimiento, ascendiendo con agilidad felina. En mitad del impulso materializó su guadaña de sombras, cuya hoja se curvó en un arco oscuro y denso. Con un giro violento de su torso, lanzó un poderoso corte oscuro hacia Straciatella, una media luna negra que desgarró el aire.
La ejecutora reaccionó al instante. La carta de la Luna se apagó entre sus dedos como una vela sofocada, anulando su propia magia deliberadamente. Sin el efecto antigravitatorio sosteniéndola, su cuerpo descendió por pura inercia, dejando que el tajo sombrío pasara por el espacio que ocupaba un segundo antes.
La joven cayó con elegancia sobre la barandilla de las escaleras de la torre. Se arrodilló sobre el estrecho soporte metálico con un equilibrio imposible, apoyó los codos con parsimonia y volvió a agarrar su paraguas como si nada hubiera ocurrido, balanceándolo suavemente.
"De verdad, esperaba mucho más de vosotros." suspiró.
Ryan y Nathalie intercambiaron una mirada tensa mientras ella descendía de nuevo a la base de la torre.
"Tsk, nosotros tampoco esperábamos tener que colaborar para enfrentarnos a ti, lerda." pensaba el hijo de la dragona, enfurecido, apretando los dientes mientras las cadenas dejaban de reptar a su alrededor.
"Siendo un dos contra uno, es obvio que no vamos a dar el todo por el todo... sobre todo con más enemigos a la vista rondando." le comentó Nathalie, aterrizando con un ligero derrape que levantó polvo a su alrededor. "Es obvio que no vamos a darlo todo contra ti."
"Es una pena." dijo Straciatella levantándose lentamente, sacudiéndose el polvo imaginario del vestido. "Pero la verdad es que quería luchar contra vosotros al máximo para que, al menos, cuando os mate, pueda sentir algo de placer por ello."
"¿Matarnos?" se burló Ryan, alzando una ceja con incredulidad.
"¡Pues claro!" le sacó la lengua con descaro. "¿Por qué crees que soy una Tottengräber? ¡Pues porque puedo matar legalmente a quien me salga del coño! ¡Jajajajaja!"
"Está zumbada..." dijo Nathalie, suspirando mientras reajustaba el agarre de su guadaña.
"Sí... esa tía está rodeada de oscuridad." musitó Ryan, notando cómo el aire a su alrededor parecía volverse más denso.
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Torre de cristal, ahora derruida.
Al alzar la mirada, Nicole observó las pantallas flotantes que se encontraban en el cielo. Las cámaras del recinto comenzaban a enfocar con mayor precisión la zona donde se encontraban.
El zoom avanzó entre restos de piedra y polvo suspendido hasta detenerse en una imagen clara: el cuerpo de Sergiv, completamente inconsciente y malherido, yacía en el suelo, inmóvil.
"Ya están aquí..." dijo Lily, mirándolas con el ceño fruncido, consciente de lo que significaba aquella transmisión pública.
Las imágenes no tardarían en llegar al resto. El impacto sería inmediato.
"Ahora... ellos empezarán a moverse con cautela y dejarán de subestimarnos." dijo Marco, intentando incorporarse pese al dolor que aún recorría su cuerpo.
Nicole apoyó una mano firme sobre su pecho y lo obligó a recostarse de nuevo con suavidad pero sin opción a réplica.
"Tú no te mueves de aquí hasta que te cure. Hay algo... que deberías saber." le dijo con seriedad.
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Mientras tanto, la imagen del Tottengräber número VIII se proyectó en múltiples pantallas repartidas por el Der Fliegende y otras zonas del recinto. El rostro inconsciente de Sergiv, uno de los ejecutores más temidos, generó todo tipo de reacciones entre aliados y enemigos.
"Vaya..." suspiró Marson mientras caminaba por los patios del Der Fliegende con las manos en los bolsillos, observando una de las retransmisiones con aparente indiferencia, aunque su mirada se había vuelto más aguda.
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"¡No! ¡Sergiv, tío! ¡Vaya paliza te han dado!" gritó Remlin, cuyos cuernos crecieron como raíces vivas, alargándose y retorciéndose en dirección a Cecily.
La ladrona los esquivaba dando ágiles saltos hacia atrás, cubierta entera de electricidad.
"¡Je! ¡Eso significa que Marco le ganó!" sonrió la ladrona, con un brillo pícaro en los ojos mientras evitaba otro embate. "¡Venga! ¡Que ya sois uno menos!"
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Ryan y Nathalie también observaron la escena reflejada en una de las pantallas cercanas. Sonrieron al ver al enemigo derrotado, pensando que aquello podría desestabilizar mentalmente a su rival. Que quizá la hiciera dudar.
Pero, en lugar de eso... ella empezó a reírse.
"¡Eso te pasa por inútil, Sergiv! ¡JAJAJAJA!" se burlaba Straciatella sin el menor atisbo de preocupación.
"¡Está loca!" comentó Ryan, incrédulo ante la reacción.
"Sí... pero... por eso mismo, no debemos seguir subestimándola." dijo Nathalie, clavando la mirada en la ejecutora con renovada atención. "Además, ahora que uno de los suyos ha caído, seguramente cambien su forma de atacar y dejen de tener la guardia baja."
"Sí, tendremos que hacer alg-"
Ryan no pudo terminar la frase.
Straciatella apareció de pronto ante ambos, a escasos centímetros, inclinando la cabeza con una sonrisa infantil.
"¡Cucú!" sonrió mientras apagaba la carta de El Loco, que le permitía hacerse invisible.
"Se hizo invisible mientras bajamos la guardia..." pensó la semidemonia, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
La carta entre sus manos cambió con un giro ágil a la de La Fuerza, cuyo símbolo brilló con intensidad carmesí. Una presión invisible se expandió a su alrededor. Sus músculos se tensaron bajo la tela, cargados de poder sobrehumano.
Con un movimiento brutal, lanzó una doble patada que impactó contra ambos a la vez. Ryan y Nathalie salieron despedidos contra la pared de la torre, que se resquebrajó bajo el impacto antes de derrumbarse por completo. Los escombros se precipitaron hacia el exterior, y los dos rodaron por el suelo tras atravesar el boquete, dejando un rastro de polvo y fragmentos de piedra.
"Mierda..." pensó el hijo de la dragona, intentando recuperar el aire.
Straciatella cruzó el agujero recién abierto con pasos ligeros, con el paraguas girando despreocupadamente entre sus dedos. La luz exterior iluminó su silueta mientras su sombra se proyectaba sobre los escombros.
"Venga, venga... ¡Que esto solo acaba de empezar!" dijo con una siniestra sonrisa.
Continuará...
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