jueves, 26 de febrero de 2026

Ch. 319 - Abre los ojos

Sherezade permanecía agotada, tendida sobre el techo metálico del tren detenido entre montañas de hielo. La gélida brisa le revolvía el cabello mientras alzaba la mano para cubrirse del sol que le golpeaba directamente en los ojos.

A su lado, arrodillada con serenidad absoluta, Faralalan continuaba sanando sus heridas; una luz tenue y cálida brotaba de sus manos, cerrando cortes y aliviando la inflamación con una delicadeza casi maternal.

"Ojalá ser tan fuerte como Nicole..." comentó la pequeña, con la mirada baja.

El hielo crujió bajo unas pisadas apresuradas. Futao se acercó tras mojar un paño en uno de los bloques helados que rodeaban la vía del tren. Con un gesto torpe pero lleno de cuidado, lo colocó sobre la frente de la princesa.

El contacto hizo que Sherezade entrecerrara los ojos y soltara un leve suspiro. El frío ayudaba a despejar su mente y a bajar la fiebre que el esfuerzo le había provocado.

De pronto, un grito rompió la calma.

Kanu, con la boca completamente abierta, señalaba el cielo. Sobre ellos, la enorme pantalla mágica que proyectaba los combates mostraba ahora la imagen de Sergiv, completamente derrotado, inconsciente y tendido entre escombros.

"Lo ha hecho..." dijo el joven con los ojos mojados. "¡Marco le ha dado una paliza y ha vengado a nuestra maestra!"

Su voz se quebró en la última palabra. No era solo victoria lo que veía en esa imagen, sino justicia. Una reparación simbólica de una herida que aún seguía abierta.

"¡Eso es! ¡Jódete!" gritaba Futao emocionado, apretando el puño con una sonrisa amplia y casi infantil.

Durante un instante, el grupo permitió que la euforia los invadiera. El viento helado ya no parecía tan frío. La luz del sol ya no quemaba tanto. Aquella imagen en el cielo era un recordatorio de que podían resistir.

Pero Sherezade, aún recostada, apartó ligeramente el paño de su frente y habló con calma.

"Aún es pronto para cantar victoria..." dijo ella, siendo completamente realista.

Sabía demasiado bien que una batalla ganada no significaba una guerra decidida. Su voz no apagaba la esperanza; simplemente la anclaba a la prudencia.

"Sí, pero... hay que celebrar cada avance. Es algo que aprendí de ellos." dijo Faralalan, dirigiendo su mirada a la gran pantalla.

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Muralla del Der Fliegende.

Rin corría por lo alto de la muralla con la agilidad de una sombra desatada. Sus pies apenas rozaban la piedra antes de impulsarse de nuevo hacia delante. A su espalda, un dragón de agua se alzaba rugiendo, formado por torrentes en espiral que arrasaban almenas y pilares a su paso. La criatura acuática abrió sus fauces y se lanzó contra ella, desbordando el borde de la muralla como una ola viva.

La ejecutora no dudó. Saltó en el último segundo, girando sobre sí misma en el aire. El dragón, incapaz de frenar su embestida líquida, se estampó contra el pico afilado de una torre, deshaciéndose en una explosión de agua que cayó como lluvia pesada sobre el campo de batalla.

Aprovechando el impulso, Rin apoyó un pie en la pared vertical de la torre y cambió su trayectoria, corriendo unos pasos en perpendicular antes de girar su cuerpo en el aire. Su espada silbó al cortar el viento, y de su hoja brotaron cientos de aves formadas por corrientes afiladas.

Los pájaros de viento descendieron en bandada hacia su hermano, pero Keipi no redujo la velocidad.

Agarró su espada con ambas manos y, con un movimiento firme, la dividió en dos copias idénticas. Sin perder el ritmo de su carrera, comenzó a ejecutar movimientos precisos y calculados. Cada tajo interceptaba un ave antes de que pudiera alcanzarlo, deshaciéndolas en ráfagas dispersas.

El aire se llenó de estallidos y corrientes descontroladas mientras nuestro protagonista avanzaba paso a paso, bloqueando, desviando y cortando cada proyectil con una concentración absoluta. Sus ojos no se apartaban de Rin ni un solo instante.

Ambos dieron un salto casi al mismo tiempo.

Se elevaron desde extremos opuestos de la muralla, atravesando el espacio que los separaba. Sus siluetas se recortaron contra el cielo, y durante un segundo todo pareció ralentizarse.

Sus espadas chocaron en el aire.

En las pantallas repartidas por el campo aún permanecía la imagen de Sergiv derrotado. Su caída era un símbolo, un acontecimiento que estaba alterando el ánimo de muchos. Pero ninguno de los dos hermanos podía permitirse el lujo de desviar la atención hacia ese foco.

Ambos tenían algo más importante en mente. Y era... la persona con la que estaban luchando.

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Despacho de Bucanor.

Bucanor permanecía de pie frente a la gran pantalla, el rostro desencajado por la incredulidad. Sus dedos temblaban ligeramente cuando se quitó el sombrero con brusquedad y, tras pasarse un paño por la frente, secó el sudor que empezaba a acumularse bajo el ala. 

La derrota de Sergiv no era solo una pérdida estratégica; era un golpe directo a su orgullo. Sus labios se fruncieron, y su mandíbula se tensó hasta casi rechinar.

Finalmente, avanzó hacia su silla y se dejó caer en ella con más fuerza de la necesaria. El asiento giró por el impulso, dando una vuelta completa sobre su eje mientras él seguía mirando fijamente la pantalla. Cuando se detuvo, aún tenía los ojos clavados en la imagen del ejecutor derrotado, como si esperara que esta cambiara por arte de magia.

"¿Cómo que ha perdido Sergiv? ¡E-Esto no puede estar pasando!" comentó.

A un lado de la sala, Theo, visiblemente herido por la paliza recibida con anterioridad, esbozó una sonrisa ladeada. A pesar de los vendajes y la sangre en sus ropajes, había en su mirada una chispa de satisfacción difícil de ocultar.

"¡Te lo dije!" sonrió el pequeño.

Bucanor giró la cabeza con violencia hacia él, clavándole una mirada cargada de rabia.

"¡Cierra la boca! ¡Solo ha caído uno!" replicó él, enfurecido, poniéndose de pie de un salto. "¡León!"

El nombre resonó en la estancia con autoridad.

Al instante, el suelo comenzó a vibrar suavemente. Una masa de agua emergió desde las losas, extendiéndose como una marea invertida que desafiaba la gravedad. El líquido se alzó y tomó forma humana, perfilando poco a poco la silueta del primer ejecutor. El agua se solidificó en contornos definidos hasta revelar su figura completa, aún goteando.

El portador de la biblioteca de Horacio abrió los ojos con sorpresa ante aquella aparición repentina.

"¿Me ha llamado?" dijo él.

Bucanor avanzó unos pasos, incapaz de contener la furia que le recorría el cuerpo.

"¡Se acabaron las tonterías! ¡Todo el mundo nos está mirando y han visto cómo han derrotado a Sergiv! ¡Vamos a perder el respeto y la autoridad que tenemos, y es algo que no pienso tolerar!" dijo enrabietado, dando pequeños saltos de pura frustración. "¡DESPIERTA A SOMNUS Y QUE ACABE CON TODOS LOS INTRUSOS DE UNA PUTA VEZ!"

La sala pareció estremecerse con su grito.

"¡Sí, señor!" dijo León, tomando una pose de afirmación antes de disolverse nuevamente en agua y desaparecer bajo el suelo como si nunca hubiera estado allí.

Theo tragó saliva.

"¿Somnus? ¿No era el tipo que dormía sobre una alfombra?" pensaba Theo, preocupado.

Bucanor volvió a girarse hacia la pantalla, su expresión ahora deformada por una sonrisa torcida.

"Ahora sí... ¡Os vais a cagar todos! ¡Nunca podréis con la magia de sueño del número IV!" exclamó.

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Las tres torres conversas.

En cuestión de segundos, León emergió desde el suelo como una corriente ascendente y apareció en la sala donde descansaba Somnus. 

La estancia era amplia, silenciosa y apenas iluminada por una luz tenue que parecía no tener origen definido. En el centro, flotando con absoluta calma sobre una alfombra ornamentada, se encontraba el número IV. Su cuerpo permanecía suspendido en el aire, inmóvil, con los brazos relajados y la respiración lenta, sumido en un sueño profundo que parecía ajeno al caos exterior.

"Hey." dijo el ejecutor dando un paso al frente. "Abre los ojos."

No hizo falta nada más.

Como si aquella orden atravesara directamente el velo de su subconsciente, Somnus abrió los ojos al instante. No hubo sobresalto ni confusión física. Sus pupilas simplemente enfocaron el techo, y luego descendieron hasta León, como si no llevara días enteros durmiendo.

"¿Qué ocurre?" preguntó él, sin terminar de enterarse de la situación.

León cruzó los brazos con cierta impaciencia.

"La ejecución del portador ha sido detenida y estamos en batalla contra el verdadero emperador y su grupito." explicaba rápidamente. "Sergiv ha perdido y, para evitar que sigamos haciendo el ridículo, el jefe Bucanor me ha pedido que actives tu magia y hagas... eso."

Somnus lo miró fijamente durante unos segundos. Sus ojos, todavía pesados por el sueño, no reflejaban preocupación ni urgencia. Bostezó con exageración, llevándose una mano a la boca, y con una voz aguda y despreocupada aceptó.

"Valiii."

León se rascó la nuca, como si incluso para él resultara incómodo depender de aquel poder. 

Luego, su compañero chasqueó los dedos con firmeza. "¡Mundo del sueño eterno!"

El aura de Somnus se expandió en todas direcciones como una ola invisible. La energía atravesó muros, torres y patios, envolviendo todo el Der Fliegende en cuestión de segundos. La realidad comenzó a distorsionarse levemente, como si el aire mismo se volviera líquido.

El castillo blanco, símbolo de pureza y solemnidad, se tornó completamente negro durante unos instantes. No era oscuridad común; era como si otra dimensión hubiese superpuesto su sombra sobre el mundo real.

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En ese preciso instante, todos nuestros protagonistas quedaron congelados en el tiempo. Incluso aquellos que estaban luchando quedaron suspendidos en mitad del combate, como figuras atrapadas en una pintura.

"¡Vamos! ¡No me jodas, Somnus! ¡No detengas mi combate con mi hermano!" exclamó Rin, enfurecida, al ver cómo Keipi se quedaba completamente quieto frente a ella, con la mirada perdida y el cuerpo inmóvil.

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La magia de Somnus no detenía simplemente los cuerpos: conectaba el mundo real con el mundo de sus sueños. Había trasladado la consciencia y el tiempo interno de sus víctimas al plano onírico, dejando sus cuerpos anclados y paralizados en la realidad. Sus ataques quedaron interrumpidos, sus decisiones suspendidas, sus voluntades atrapadas en un lugar donde Somnus era absoluto.

Segundos después, el Der Fliegende recuperó su blanco natural, como si nada hubiese ocurrido.

Pero la diferencia era evidente. Todos nuestros protagonistas permanecían congelados en el tiempo. Ryan, Cecily, Nathalie, Lily, Nicole, Keipi, Ashley y Marco… todos detenidos, con la vida suspendida en una fracción de segundo interminable.

"Ahora... ya podremos ejecutar sin problemas al enano." dijo León sonriente.

Somnus ladeó ligeramente la cabeza. "No..."

León frunció el ceño. "¿Cómo?"

Somnus parpadeó un par de veces, como si estuviera escuchando algo que los demás no podían percibir.

"No entiendo muy bien el por qué... pero..." comentó él. "¡Alguien escapó de mi magia!"

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Pasillos de la Torre Principal.

Mientras el resto del castillo permanecía atrapado en un silencio antinatural, una figura corría con determinación por los corredores. Sin saberlo, él se había convertido en la única esperanza de nuestros protagonistas. Todo estaba en manos de Gretel.

Sus pasos resonaban firmes contra el suelo de mármol, y su mirada no mostraba ni rastro de confusión.

"No sé por qué todo se puso negro durante unos segundos pero... nada impedirá que salve a Theo." sonrió desafiante.

Continuará...

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