Gracias a la magia de Somnus, todos nuestros protagonistas quedaron completamente congelados en el tiempo. Sus cuerpos permanecían suspendidos en mitad de movimientos inacabados: espadas a punto de chocar, hechizos a medio formar, miradas cargadas de intención detenidas para siempre en ese segundo inconcluso. De esta manera, serían incapaces de interferir en los planes de ejecución originales trazados por los Tottengräber.
El campo de batalla, que hasta hacía un instante era un caos de energía, gritos y destrucción, se transformó en una escena muda, como si el mundo entero hubiese sido convertido en una pintura. Sin embargo, no todos los Tottengräber estaban de acuerdo con aquella decisión.
Rin estaba bastante molesta por tener que parar el enfrentamiento con su hermano. La tensión que había acumulado, el orgullo herido… todo quedó suspendido junto a su espada. Sus ojos seguían clavados en él, congelados en una mezcla de rabia y determinación. Pero no era la única a la que aquella interrupción le resultaba insoportable.
Monday dio un puñetazo al suelo enfurecida, provocando un pequeño cráter bajo sus nudillos. El impacto resonó con violencia en el silencio artificial que ahora dominaba el lugar. Frente a ella se encontraba Ashley, completamente paralizada, lanzando una patada con la pierna alzada que jamás llegaría a completar.
"¡Joder! ¡Somnus! ¡¿Por qué te metes?!"
De pronto, la voz del cuarto ejecutor resonó en la cabeza de todos sus compañeros, clara y perfectamente audible pese a no proceder de ningún punto físico. No vibraba en el aire, sino directamente en sus pensamientos, como si hubiese nacido allí. Aquella hazaña era posible gracias a su magia de los sueños, capaz de atravesar las barreras de la mente con la misma facilidad con la que otros cruzan una puerta.
Como se explicó antes, Somnus posee una magia dimensional distinta de la habitual. No se limita a abrir portales o plegar el espacio: conecta el mundo real con el mundo de los sueños, un plano alternativo donde se almacena todo aquello que ha soñado a lo largo de su vida. Un archivo infinito de conceptos, formas, sensaciones y habilidades imaginadas. Además, tiene la capacidad de enviar todo aquello que se encuentre dentro del rango de su energía mágica hacia esa dimensión onírica, arrancándolo de la realidad tangible.
El tiempo y el alma de todos nuestros protagonistas fueron enviados directamente a ese espacio de ensueño, paralizando sus cuerpos en el mundo físico como meras cáscaras vacías. No estaban muertos, pero tampoco presentes. Era como si su existencia hubiese sido desplazada un paso fuera del tablero.
Y precisamente porque se trataba de una magia dimensional, Gretel —mago de la misma rama— logró escapar por los pelos. En el instante en que sintió la fractura espacial y de manera inconsciente, su propia afinidad le permitió deslizarse entre los pliegues del hechizo antes de quedar completamente atrapado.
Asimismo, con su habilidad Somnus también puede traer cosas que yacen en ese mundo onírico y que haya soñado previamente. No solo objetos o criaturas, sino conceptos enteros. En este caso, materializó la capacidad de la telepatía, un recurso que en otro contexto habría requerido una especialización concreta, pero que para él no era más que otro recuerdo extraído de su dominio.
"Sé que muchos estaréis molestos con esta decisión, pero fue el señor Bucanor quien dio la orden, así que si queréis cagaros en la estampa de alguien, que sea en la suya", comenzó a decir en las mentes de sus compañeros. "Ahora bien, la verdadera razón por la que os hablo es otra."
"¿Qué ocurre?", preguntó Remlin, recuperando su aspecto original mientras observaba a Cecily detenida en el tiempo, su expresión congelada en plena concentración.
"Es raro que hayas tenido problemas, tu magia es absoluta", comentó Monday, levantándose y sacudiéndose el polvo del golpe anterior.
"Sé que es difícil de creer, pero... uno de ellos ha escapado de mi magia por completo y, lo peor, se encuentra en la torre principal y no logramos dar con él", explicó.
"¿Cómo? ¿Ni siquiera León es capaz de encontrarlo?", comentó Straciatella, sentándose con despreocupación en la barandilla de aquella torre, balanceando ligeramente las piernas sobre el vacío.
A diferencia del resto, su reacción no fue de alarma inmediata, sino de curiosidad burlona. Si incluso León —cuya percepción rozaba lo omnisciente dentro del castillo— no podía localizarlo, entonces aquello ya no era un simple contratiempo, sino una anomalía seria.
"Así es. Cuando Somnus lanzó su hechizo notó su presencia en la torre principal, pero este se escapó de la magia y vaga libremente por el edificio. Suponemos que debe ser un mago dimensional, ya que sería el único que podría escapar de esta habilidad", explicaba él con una serenidad que contrastaba con la gravedad de la situación. "Y aunque no entiendo muy bien por qué mi magia no le detecta, lo que es seguro es que está aquí. Así que regresad todos y dividiros para encontrarle."
"¡Entendido!", dijo Straciatella, impulsándose hacia atrás con una sonrisa afilada antes de saltar hacia las escaleras.
Descendió con agilidad felina, subiendo después por el acceso interior que conducía al cuarto donde se encontraba el transportador mágico.
"¡Enseguida voy!", comentó Marson, ajustándose la camiseta y girando sobre sus talones.
"¡Y yo! ¡En menos de lo que canta un gallo, aparezco!", exclamó Remlin, tratando de aliviar la tensión con su habitual tono desenfadado.
"No contéis conmigo", dijo Rin. "Yo me quedo aquí."
Su voz no sonó caprichosa, sino firme. Sus ojos seguían clavados en la figura inmóvil de su hermano, congelado en mitad del combate.
"Yo igual", añadió Monday, visiblemente molesta.
"Haced lo que queráis, pero luego no pidáis un extra cuando cobréis", dijo León enfurecido.
La irritación se filtraba en cada palabra. La desobediencia no era algo que tolerara con facilidad, y menos en una situación que amenazaba el control absoluto del castillo. Aun así, no podía obligarlas físicamente sin deshacer la coordinación del resto.
"Me la suda", replicó Rin, mirando a su hermano y desconectándose de la telepatía. "Sé que él volverá... así que esperaré."
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Interior de la torre principal.
Gretel corría por los pasillos del castillo con la respiración descompuesta. Llevaba ya un buen rato huyendo desde que se lanzó el hechizo de Somnus, moviéndose entre escaleras, bifurcaciones y corredores idénticos que parecían diseñados para desorientar incluso al más atento.
El aire le quemaba los pulmones y las piernas empezaban a pesarle, pero no podía permitirse reducir el ritmo. No huía sin rumbo: quería llegar cuanto antes al lugar donde se encontraba Theo.
"¡Le encontré!", dijo Marson, saliendo de un pasillo lateral por el que nuestro protagonista acababa de cruzar apenas unos segundos antes.
Sus ojos brillaron al divisar la figura del joven al fondo del corredor, y sin perder tiempo comenzó a perseguirle, enviando la información telepáticamente al resto de ejecutores, que ya se encontraban en la torre principal, para coordinar la caza.
Marson aceleró el paso y, mientras corría, extendió ambas manos hacia el suelo. Su magia respondió al instante: el mármol comenzó a licuarse y transformarse en un espeso mar de chocolate que inundó el pasillo con violencia.
La marea dulce avanzaba con una rapidez antinatural, desbordándose contra las paredes y devorando la distancia que separaba a perseguidor y presa. Era tan veloz que lo atraparía en cuestión de segundos.
"¡Mierda! ¡Me encontraron!", pensó el joven al girar la cabeza y contemplar con horror la enorme ola de chocolate líquido que se le aproximaba, levantándose como un tsunami marrón que amenazaba con engullirlo.
"¡No temas! ¡Usa tu magia para atraer esa puerta hacia ti y usarla como tabla de surf!", le dijo Hansel en su interior.
La voz resonó clara, firme, como si nunca se hubiese ido.
"¡Hansel!", dijo emocionado. "¡Puedo escucharte de nuevo!"
"Lo sé... Parece que justo a tiempo podré ayudarte", exclamó.
Gretel apretó los dientes, dio un paso firme y estiró el brazo hacia una puerta de madera maciza que se encontraba varios metros por delante. Clavó la mirada en ella y, con un chasquido seco de sus dedos, activó su magia dimensional. El espacio se plegó un instante y la puerta desapareció de sus goznes para reaparecer justo bajo sus pies.
En el preciso momento en que la ola lo tragó, el joven emergió sobre la superficie, surfeándola con torpeza pero determinación, manteniendo el equilibrio sobre su improvisada tabla.
"Nada mal", dijo Marson, siguiéndolo sin perder la sonrisa, mientras patinaba con soltura sobre las olas de chocolate que él mismo controlaba, como si aquella marea fuese una extensión natural de su cuerpo.
"¡Joder! ¡No se cansa el calvo de los huevos!", pensó Gretel, sintiendo cómo el pánico se mezclaba con la adrenalina al comprobar que su perseguidor no solo lo había alcanzado, sino que se movía con total comodidad en aquel terreno.
"No temas, hermano", le dijo Hansel para calmarle, su voz actuando como ancla en medio del caos.
Marson movió los brazos con elegancia y la superficie del chocolate comenzó a burbujear. De ella emergieron algodones de azúcar que, al solidificarse, adoptaron forma de picas afiladas. Con un gesto brusco, las lanzó como proyectiles voladores hacia Gretel, cortando el aire con silbidos agudos.
Nuestro protagonista surcó las olas esquivando los proyectiles como pudo, inclinando la puerta hacia un lado y hacia otro, saltando pequeñas crestas de chocolate para evitar que las picas le alcanzaran. Logró esquivar varias por cuestión de centímetros.
Sin embargo, de pronto, Marson cayó frente a él desde una ola elevada, aterrizando directamente sobre la superficie líquida y ocupando parte del espacio de la puerta, con las manos a su espalda y el gesto confiado.
Sin darle margen de reacción, el ejecutor lanzó una patada rápida y precisa, dirigida al torso.
"¡Bloquea con tus brazos!", le ordenó Hansel.
Gretel reaccionó por instinto, cruzando ambos antebrazos frente a su pecho. La patada impactó con violencia, haciéndole crujir los huesos y enviando una onda de dolor por todo el cuerpo. Aunque consiguió bloquearla, el impulso fue suficiente para desequilibrarlo y lanzarlo fuera de la tabla, cayendo de espaldas a las olas de chocolate.
Mientras estaba hundido, el joven comenzó a ahogarse lentamente. El chocolate espeso invadía su boca y su nariz, dificultando cualquier intento de respirar. Intentó moverse, pero la densidad del líquido lo atrapaba como si fuera arena movediza.
Entonces, un proyectil de algodón de azúcar descendió en picado, perforándole el hombro y estampándolo contra el suelo sólido que yacía bajo la capa dulce. El impacto le arrancó un grito ahogado mientras sentía cómo la facultad de respiración se le escapaba poco a poco.
"¡Recuerda lo que has hecho con la puerta antes! ¡Hazlo contigo mismo!", le dijo Hansel.
Aguantando el dolor, con la visión comenzando a nublarse, Gretel intentó concentrarse. Si podía teletransportar objetos hacia él, también debía poder hacerlo consigo mismo.
Sin embargo, el océano de chocolate comenzó a abrirse en dos bajo el control de Marson, dejando su cuerpo visiblemente expuesto y clavado al suelo por el pincho de algodón de azúcar que atravesaba su hombro.
Desde lo alto de la ola que se elevaba a su alrededor, el Tottengräber generó más dulces afilados, moldeándolos en largas estacas brillantes. Sin vacilar, los disparó ipso facto hacia el joven, decidido a terminar de una vez con él.
Pero, justo a tiempo, Gretel desapareció al instante. Su cuerpo se desvaneció en una distorsión espacial antes de que las estacas impactaran, dejando que los proyectiles se incrustaran inútilmente en el suelo.
"Tsk, se fue", dijo Marson molesto, comunicándoselo telepáticamente a los demás mientras el mar de chocolate comenzaba a disiparse a su alrededor.
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Sala de Somnus.
Gretel cayó desde gran altura sobre la mesa principal de la sala, destrozándola con su propio cuerpo. La madera maciza estalló en astillas al recibir el impacto, levantando una nube de polvo y fragmentos que se esparcieron por la estancia. El golpe fue seco, brutal, y durante unos segundos el joven quedó tendido entre los restos, con la respiración errática y el cuerpo temblando por la violencia de la caída.
"No hace falta que busquéis más, chicos, está aquí", dijo telepáticamente Somnus, sentado aún sobre su alfombra voladora, flotando con tranquilidad en el centro de la sala. "Seré yo el que se encargue a partir de ahora."
"¡Joder! ¡Me duele la espalda, me duele el hombro, me duele todo! ¡¿Por qué hay tantos Tottengräber aquí!? ¡¿Dónde están mis compañeros!?", se quejaba Gretel mientras se ponía de pie lentamente.
Con un gesto de dolor, se arrancó un trozo de madera que se le había incrustado en el muslo, reprimiendo un gemido. Al alzar la vista, comprendió que ya no estaba en un pasillo cualquiera: había caído directamente en el dominio de su enemigo.
"Ellos han sido detenidos en el tiempo y, por desgracia, tú eres el único que ha escapado de mi magia", dijo Somnus.
"Mierda... es el barbas que se la pasa sobado... y, para colmo, tiene el número IV", comentó Gretel jadeando, reconociendo al ejecutor que flotaba ante él.
"Huye", dijo Hansel. "¡Vuelve a usar tu magia y huye! ¡ESE TÍO ES PELIGROSO, GRETEL, VETE!", gritó, perdiendo la paciencia.
Por primera vez, el tono de su hermano no era calmado ni estratégico, sino urgente. Había algo en Somnus que incluso él, desde dentro, percibía como una amenaza absoluta.
"¿Qué?"
Gretel apenas tuvo tiempo de procesarlo.
El Tottengräber sonrió levemente y, al instante, el aire a su alrededor se rasgó. Cientos de tentáculos envueltos en llamas surgieron de la nada, retorciéndose como serpientes ígneas que se cerraron sobre el cuerpo del joven.
En cuestión de segundos lo rodearon por completo, formando una prisión ardiente cuya temperatura comenzó a elevarse de forma insoportable. El calor distorsionaba el aire, prometiendo reducirlo a cenizas.
"Una vez soñé que pescaba un calamar hecho de fuego, y nunca pensé que me sería tan útil como hasta ahora", dijo el Tottengräber sin siquiera levantarse de su alfombra. "Siento mucho que tu muerte sea tan dolorosa como morir abrasado, pero... no hay mejor castigo para un cobarde como tú."
Las llamas rugían. La madera restante de la mesa comenzó a ennegrecerse y agrietarse por el calor. No obstante, no hubo gritos de dolor.
"¿En serio? ¿Esto es todo lo que tienes?", dijo nuestro protagonista desde el interior de la prisión ígnea.
"¿Cómo? ¡¿POR QUÉ NO ESTÁS GRITANDO DE DOLOR?! ¡¿Y TUS ALARIDOS?!", exclamó el ejecutor, incorporándose ligeramente.
Un chasquido de dedos resonó desde el interior de los tentáculos y, al instante, un tornado de viento estalló hacia afuera. La corriente giratoria desgarró las llamas, dispersando los tentáculos ardientes y reduciéndolos a ascuas que se apagaron al tocar el suelo.
Entre el humo y las brasas, una silueta permanecía en pie.
"Jajajajaja...", reía aquel chaval quitándose las gafas rotas, pero su mirada ya no era la misma de Gretel.
Sus ojos se habían vuelto más afilados, más fríos. No necesitaba los anteojos para ver, y de su cabellera había crecido una larga y fina coleta de cabello verde que se balanceaba con la brisa residual del tornado. Su postura era más firme, más segura, como si el cuerpo hubiese cambiado de dueño.
"Tú... ¡Tú no eres el chaval dimensional, pero al mismo tiempo sí! ¡¿QUÉ ERES?!", exclamó Somnus, visiblemente alterado.
Por primera vez, la serenidad del ejecutor se resquebrajaba.
"Soy Hansel", sonrió el hermano en el cuerpo de Gretel. "Y pienso darte una puta paliza por haber jugado así con mi hermanito, ¿me oyes, carapolla?", dijo señalándole de forma desafiante.
Continuará...
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