Animalia, sala del bosque.
Desde uno de los túneles del castillo, Cecily salió despedida y cayó varios metros hasta aterrizar con sorprendente suavidad sobre un enorme matorral. Las hojas se agitaron y amortiguaron el impacto, envolviéndola en un aroma fresco y húmedo, impropio de una fortaleza flotante.
Tardó unos segundos en incorporarse, aún aturdida. Lo primero que la desconcertó fue comprobar que aquel arbusto estaba vivo, palpitante, cubierto de un verdor intenso y casi luminoso. Resultaba antinatural encontrar algo tan orgánico y vibrante en el interior de una construcción tan colosal y opresiva como el Animalia.